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Columna publicada el 19-06-2003
Tapies, tras recibir el Premio Velázquez, fue contemplando, acompañado del príncipe Felipe, los tizianos reunidos en el Museo del Prado. Por todo comentario, el pintor catalán exclamó: ¡caray, caray! Puede que esa parquedad ambigua, o esa ambigüedad parca, sea coherente con los postulados del arte “povera”.
Un rasgo común caracteriza al mundillo de la cultura, incluyendo críticos, funcionarios y afines: son tan sectarios y tenaces que han logrado confinar al silencio y al olvido a quienes no comulgan con su discurso, hilvanado con los prejuicios progres de una juventud supuestamente combativa. Una misma clase marca la norma de la cultura en todo el continente europeo. Con Inglaterra no han podido, no en balde es heredera de los nominalistas medievales, que negaron la realidad de los universales. Gracias a ello han quedado para siempre inmunizados contra la vacuidad de los grandes conceptos. Quizá por eso su ministro de cultura, Kim Howells, pudo exclamar al ver las obras finalistas del premio Turner en la Tate Gallery: “si esta mierda es el mejor arte inglés actual, estamos perdidos”. Jamás un ministro español se atreverá a decir algo semejante. Primero tendría que tener una opinión propia, y después estar dispuesto a que lo crucificaran.
La jerga infumable de los parásitos de las artes plásticas sólo impresiona a quienes jamás han experimentado la emoción genuina ante una obra, y la masa acrítica que los aplaude recuerda a los indígenas que entregaban su oro a los conquistadores a cambio de espejitos y lentejuelas. Qué decir de la gente del cine y el teatro, que se considera exenta de las leyes del mercado y sublima su temor a perder la subvención erigiéndose en valedora de la moral política. Mientras, los músicos que venden menos discos de lo que creen merecer se atrincheran en la SGAE exhibiendo un apetito desmedido y una ferocidad tal que los convierte en los mejores perros guardianes de los intereses de las discográficas.
El mundo de la cultura se aprovecha de la existencia de una masa crédula e impresionable que considera sagrado al artista, literato o creador de cualquier especie. Pero sólo a los analfabetos funcionales les fascina alguien por el mero hecho de publicar libros, y sólo los ignorantes acomplejados se dejan engañar con aquelarres “performativos” como el que ha venido denigrando a España en la Bienal de Venecia con nuestro dinero y con el beneplácito de nuestro gobierno, felicitación incluida del Presidente.
Los Premios Príncipe de Asturias confirman la hegemonía de la izquierda en ese universo. El premio de las ciencias sociales va a parar a Jürgen Habermas, después de otorgarse el año pasado a Anthony Giddens. El de las letras se concede a Susan Sontag y a Fátima Mernissi. Ahora, un jurado que cuenta con la inquietante presencia de Barón, Cassinello y Sartorius le entrega a Lula el de cooperación internacional. Lo premian por su discurso, pues hechos aún no hay, y a ese discurso le llaman lucha contra la pobreza, la desigualdad y la corrupción. Le avala, como señala el editorial de LD de 19 de junio, el haber militado siempre en la extrema izquierda. O quizá lo que les ha gustado de Lula es que se rodee de economistas muy poco revolucionarios, de donde se derivaría que la izquierda reconoce lo atinado de traicionar sus ideas. Aunque en realidad las ideas no importan; sólo importa el vaniloquio de la secta.

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