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Columna publicada el 01-03-2004
La reacción de la prensa catalana al reciente éxito policial que ha evitado una masacre sin precedentes da para una tesis. Quien no esté acostumbrado a esta diaria vejación del intelecto se sublevará ante los titulares torticeros, desfallecerá frente a tantas columnas de opinión como vienen a eludir lo importante, a silenciar el abrazo de Perpiñán y a señalar con el dedo al gobierno de España y a cuatro medios de comunicación. “La Brunete mediática”, los llaman. Nos llaman.
Lo de las dos ratas cazadas en Cuenca y la feliz frustración de la catástrofe que planeaban se presenta como un hecho de la naturaleza: ha nevado en Barcelona y se ha evitado que volaran un edificio en Madrid. No es que la racionalidad democrática, la lealtad a España y la defensa de los valores constitucionales no existan en Cataluña. Sí existen, pero casi no se nota porque un gran sector de esta sociedad no tiene voz.
El empresariado catalán suele adoptar posiciones atinadas, quizá porque valora en su justa medida la importancia de la estabilidad política en la marcha de la economía. Si alzaran un poquito más la voz, la gente se enteraría de lo que piensan del tripartito, de Carod, de la tregua parcial, del estilo de Maragall, de su amenazante conseller de industria, de las sanciones a la rotulación en castellano, de la ampliación de la inmersión lingüística y del poder institucional que inmerecidamente ostentan los independentistas. Pero prefieren susurrárselo al oído a los decisores políticos nacionales en cenas privadas y clubs selectos. Algunos individuos valientes consiguen hacerse oír cuando lo desean, y su credibilidad queda excepcionalmente a salvo, como es el caso de Albert Boadella, porque se pronuncian desde ámbitos alejados de la política y porque mantienen una relación directa y sin interferencias con su público.
Cualquier asociación que se enfrente al estado de cosas reinante organizando actos públicos o lanzando manifiestos conocerá uno de estos tres destinos: si es posible, el boicot; si no, el sofocamiento a base de subrayar su obediencia o proximidad al Partido Popular. Las víctimas del terrorismo en Cataluña son un caso paradigmático. Se las ignora en las convocatorias, se las descalifica en privado, se las estigmatiza como algo ajeno a nuestra peculiar forma de ser, como algo molesto y siempre inoportuno. Cuando no hay más remedio, se les da la mano y se contextualizan sus posiciones. Acaba pareciendo lógico lo que no es sino un insulto que se añade a su tragedia. A saber: haber sido víctima del terrorismo distorsiona su visión de las cosas.
Cuanto más se cierra en sí mismo un entorno, más razonables parecen las aberraciones. Está haciendo falta mucho aire fresco en Cataluña. Precisamente lo que prometió ERC al llegar al poder, inmediatamente antes de cerrar todas las puertas a cal y canto, ponerle travesaños a las ventanas y apagar la luz.

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