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Columna publicada el 17-03-2004
Cataluña ha sido clave en la derrota del PP, pero aquí el ambiente empezó a hacerse irrespirable a mediados de febrero, cuando los medios de comunicación, con especial intensidad TV3, le dieron la vuelta como a un calcetín a la reunión francesa de Carod. Las consignas de la izquierda se difundieron a la perfección: periodistas y políticos se manifestaron indignados ante el escándalo vivido, pero hete aquí que el escándalo no era la merienda de Perpiñán sino que los servicios de inteligencia españoles se hubieran enterado de la misma y no hubieran hecho nada al respecto. ERC exigió la inmediata dimisión de Aznar. Obvia manipulación, pero eficaz cuando se ha silenciado toda discrepancia.
Cuando dos encapuchados de ETA aparecieron en televisión con una bandera independentista catalana declarando la tregua parcial, la sospecha de un acuerdo Carod-ETA parecía confirmada. En un primer momento, la oleada de declaraciones indignadas hizo pensar que se había recuperado la cordura. Sabiendo cómo se las gasta la izquierda española en el capítulo de la desinformación, aposté con un compañero de LD cuánto tardarían en echarle la culpa al PP. Ganó él, que limitó el plazo a unas pocas horas. Segunda vuelta de calcetín: todo el asunto de ETA favorecía electoralmente al PP. La táctica del cui prodest se extendió efectivamente como una mancha de aceite y muy pronto los diarios, las emisoras de radio y las televisiones, con especial virulencia TV3, denunciaron al unísono la instrumentalización del terrorismo por parte del gobierno de España.
Desalojar al PP del poder era el único objetivo, y aunque muchos en el PSOE o en CiU pensaran que el de la Generalitat era un gobierno contaminado por una grave crisis que no quisieron desactivar, se aceptaba el riesgo. No dejaba de complacerles ese poder desafiante tan genuinamente antiespañol, tan entrañablemente encastillado, tan consolador. Como prevención, había que lavarse la cara, y se convocó la insólita manifestación-trampa que las víctimas de ETA rechazaron indignadas. El portavoz de ERC había dicho que a la manifestación estaba invitado “incluso el PP”, que por lo visto era el menos indicado para pronunciarse contra el terrorismo. El objetivo común a todos los partidos de oposición era que, a partir de ese ritual, no se hablara más de terrorismo en toda la campaña.
El portavoz de esquerra en el Parlamento catalán, Carles Bonet, había dicho días antes: “España está democráticamente enferma por una bacteria maligna que es el PP, en general, y José María Aznar en particular”. En los medios catalanes, los columnistas se recreaban con una comparación infame: ETA y el PP compartían intereses. ¿Por qué? Porque el PP seguía hablando de terrorismo, es decir, por hacer la centésima parte de lo que hicieron todos ellos desde la negra mañana del 11 M hasta las ocho de la tarde del domingo. Sin cesar, sin respetar la jornada de reflexión, echando los muertos a los pies de Aznar, canalizando la ira, conduciéndola orquestadamente a las sedes del PP. Que nadie se engañe: aunque no hubiera aparecido Al Qaeda, también le habrían dado la vuelta al calcetín. ¿O es que acaso conocían la autoría islamista los manifestantes barceloneses que amenazaron, zarandearon, insultaron y echaron a Rato y a Piqué del Paseo de Gracia? Repito, que nadie se engañe: en Cataluña, los resultados habrían sido los mismos si ETA hubiera puesto las bombas de Madrid, porque la manipulación, por burda que sea, funciona cuando se ha silenciado toda discrepancia.

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