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Columna publicada el 21-12-2003
Se marcha al fin, entre el elogio unánime. Pero hay que estar aquí, conocer los códigos sutiles, el divorcio sociológico, el pesebre patriótico para hacerse una idea de la estela que deja. Veinticuatro años de clientelismo y un intervencionismo asfixiante han instalado el miedo reverencial y un estricto sentido de lo correcto.
No ha dejado de repartir certificados de catalanidad, ni de comprar o sentenciar a quien pudiera estorbar su idea de Cataluña, caprichosamente diseñada a la medida de su imaginación y de sus muchos complejos. En esa idea nunca cupo la ambigüedad o el matiz ni, muchísimo menos, la discrepancia respecto a ciertas señas de identidad, lo bastante simples como para facilitar el acceso a su Matrix particular a cualquiera que lo deseara. Esta facilidad de adscripción se ha confundido con la generosidad, pero basta con leer alguna obrita suya previa a la toma del poder para hacerse una idea exacta del desprecio que sentía por el inmigrante, a quien llegaba a negar incluso el alma. Como un dios oportuno, él se la iba a dar.
En Matrix impera la línea clara, y los grandes nombres catalanes cuya sombra podía revelar la engañifa fueron meticulosamente sometidos al olvido. Por diversas razones, no siempre fáciles de entender, le desagradaban Pla, Foix, Espriu, y el vacío se hizo sobre ellos. A pesar de haber dejado una obra en catalán homologable con cualquier gran literatura del mundo. El nombre de D’Ors le producía urticaria. Así que no defendía la cultura catalana sino la parte de ésta que encajaba en su cama de Procustro. Tampoco soportaba a Dalí, pero su condición de icono de masas le impedía borrarlo del programa. Cataluña, que tiene una indudable condición cosmopolita, se convertía en sus manos en la patria plana del Barça y el excursionismo.
Su sentido patrimonialista del poder ha permitido que florecieran la corrupción y el amiguismo sin tener que pagar un precio por ello. Ventajas de ir cubierto con la bandera. Todo parecía tan natural que nadie se escandalizó cuando él mismo dio la pista de los incontables negocios montados por su familia a la sombra de los naranjos. Si no se arredró ante el nepotismo, menos aún en el manejo de competencias (prisiones, por ejemplo) como un reyezuelo que administra o intercambia favores.
La normalización del independentismo en Cataluña, su actual penetración en ambientes universitarios, es el lógico resultado de su forma de entender la educación, que él jamás ha distinguido del adoctrinamiento. Tarradellas, hombre prudente, siempre desconfió de él. Nos deja una Cataluña ensimismada donde los no nacionalistas nos sentimos incómodos y frecuentemente insultados por los medios de comunicación bajo su control directo o indirecto, que son casi todos. Hasta el mismísimo Carod tiene una visión de la sociedad catalana más justa y objetiva que la suya.

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