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"ETA está escribiendo sus últimas páginas, terribles, desgraciadas, pero sus últimas páginas", vaticinó Ibarretxe el 11 de marzo de 2004 a las 9.30 de la mañana. También sostuvo que los autores de la carnicería no eran vascos sino asesinos. Aparte de la ligera molestia que la disyuntiva subyacente ocasionó a la lógica aristotélica, las palabras de don Juan José sólo significaban una cosa: estaba convencido de que los asesinos eran vascos.
En cuestión de minutos, Otegi dio una rueda de prensa y dudó de la autoría etarra. Estaba lanzando dos salvavidas. Uno, pequeño y suficiente, para la ETA. Otro, más grande, para el llamado nacionalismo moderado y la izquierda española, que lo alcanzó tras varias horas de angustioso nado.
Otegi era el único que entonces dudaba (negar no era posible: habría sido tanto como hablar en nombre de la ETA). Aducía el carácter indiscriminado de los atentados y su "modus operandi". Es decir, mentía al fundar sus dudas. Mentía porque la ETA había realizado antes atentados indiscriminados. Mentía porque el "modus operandi" de la reciente masacre resultaba familiar. Así, las mochilas en la nieve de Baqueira. Así, el traslado etarra de centenares de kilos de explosivos para un gran atentado, operación en la que Rodríguez Ibarra no creía. Qué curioso, hay dudas que encajan con asombrosa perfección. Hablamos del mismo Rodríguez Ibarra que, según el diario El Mundo, inmediatamente después de la masacre dispuso un despachito para que el delincuente Vera gestionara algo. Con urgencia.
Otegi no sólo fue el primero en dudar de la autoría etarra. También fue pionero en la tesis islamista: apuntó, por usar sus propias palabras, a "la resistencia árabe". Los salvavidas de Otegi eran de buena calidad y venían con todas las garantías. Merece más atención de la que se le ha dedicado aquella comparecencia del jefe batasuno. Se la despacha así: No es raro que fuera el primero y que acertara, ¿quién más informado que él? Sin embargo, entonces nadie le dio crédito. A pesar de que estaba condenando los atentados. La obviedad, por tanto, es a toro pasado.
Puede que Rodríguez sólo viera el formidable salvavidas después de otras señales: las cintas de la furgoneta, las pistas de la mochila, etc. O puede que lo viera desde el primer momento. O que unos cuantos socorristas, desde oscuros despachos, evitaran su ahogamiento fabricando las señales ad hoc. Entonces se trataría de pruebas falsas, construidas y, por su función inequívoca, golpistas.
No hace falta insistir en que las pruebas troncales del 11-M no soportan el rigor analítico, y mucho menos el procesal. No hace falta porque el juicio ya está en marcha. Y ninguna campaña mediática, por agresiva que sea, va a alterar una lógica demasiado fría y demasiado rígida como para ser modelada por efecto del calor. No se pongan nerviosos, es inútil. Todo se sabrá tarde o temprano. Hay infamias posibles en cualquier lugar, como una matanza. Y hay infamias imposibles en una sociedad abierta.

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