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11-M

Si son premios, es el infierno

Los que vendieron la dinamita del 11-M eran confidentes de un inspector al que protegía el jefe de la Policía de Asturias. A este último lo envía el gobierno a la embajada en Lisboa y alguien califica la decisión de “premio”. Como el destino en Roma del principal especialista policial en terrorismo islamista, como el ascenso a general de la cabeza de la Guardia Civil en el Principado y como la embajada ante la Santa Sede para quien dirigía el CNI. Pero nadie premia a hombres que han fracasado objetivamente en sus anteriores destinos. Así que si elegimos el vocablo “premio” abrimos una teoría, damos por hecho que el gobierno no considera que fracasaran, sino al revés.
 
¿Y si se tratara de patadas hacia arriba? Vale la pena considerar la posibilidad, aunque sólo sea porque la lógica del premio nos conduce al infierno. Para tomar en serio la patada estratégica hacia arriba, debería constatarse en el pasado reciente algo parecido a una gestión decente, sensata y coherente de cuantas investigaciones deben su estímulo al ejecutivo. Encontraremos esto: la contaminación del testimonio del portero de Alcalá, la preparación de las declaraciones de un importante testigo de la seguridad del Estado en una sede del PSOE, el bloqueo en la Comisión del 11 M de las cincuenta comparecencias solicitadas por el Partido Popular, la inacción de los ministros de Defensa y de Interior ante un intento de destrucción de pruebas por parte de un guardia civil en Oviedo y ante un posible soplo a Kalaji por parte de algún agente policial (ambos extremos recogidos en sendos informes emitidos por la seguridad del Estado), el cierre de la Comisión con conclusiones que reproducen los presupuestos iniciales del PSOE.
 
Del Burgo ha formulado algo terrible: todos los implicados en el 11-M, o bien eran confidentes policiales, o bien estaban siendo investigados, escuchados y observados por las fuerzas de seguridad en cumplimiento de mandatos judiciales. Y algunas escuchas cesaron inmediatamente después de los atentados. Del Burgo recoge la hipótesis de la “conspiración interior”, puntualizando que no cree en ella, y el director de El Mundo titula su carta del domingo “¿Y si lo hizo un policía?”.
 
He defendido que el resultado de las elecciones generales fue legítimo. Y también que lo sucedido durante la jornada de reflexión estuvo orquestado y constituyó una asonada (“reunión tumultuaria y violenta para conseguir algún fin, por lo común político”). Ambas cosas son compatibles. Otras no lo serían. Por ejemplo, las que derivan de llevar hasta sus últimas consecuencias la lógica de los “premios”. No es de recibo dar el primer paso, indicar el camino y detenerse a la espera de que otros abran las puertas del infierno.