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Es digno de encomio que el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales haya honrado la memoria de Clara Campoamor con motivo del día internacional de las mujeres. No lo es tanto que, como ha observado Cristina Losada, aparezca en la publicidad institucional la efigie de la madrileña sin adscripción de partido. Tampoco que el ministerio "de la igualdad" mezcle en sus anuncios la velocidad histórica del voto femenino con el tocino propagandístico de la democracia paritaria. Cuando en 1931 Clara Campoamor defendió el sufragio universal en las Cortes, pertenecía al Partido Radical de Alejandro Lerroux. Para orientación de inadvertidos, subrayemos, siguiendo a don Federico, que "ni ella era socialista ni [había aceptado] la colaboración del PSOE con la Dictadura [de Primo de Rivera]".
Sin derecho de sufragio al nacer la República, las mujeres podían sin embargo ser elegidas diputadas. Y lo fueron, además de la citada, Victoria Kent por el Partido Radical Socialista y la socialista Margarita Nelken. La Kent, opuesta al voto femenino, se enfrentó a Clara Campoamor en vibrantes discusiones que le parecieron a Manuel Azaña "muy divertidas". Los azañistas, así como el líder socialista Indalecio Prieto y sus partidarios, se oponían a ampliar el sufragio a las mujeres, pero Campoamor se salió con la suya. Fue aplicado por primera vez en las elecciones a doble vuelta de 19 de noviembre y 3 de diciembre de 1933, con la victoria de las derechas (115 diputados para la CEDA) y del centro (104 diputados para el Partido Radical). El PSOE salió muy mal parado, no porque le fallaran las expectativas en el voto sino porque la legislación electoral con la que Azaña había querido perjudicar a la derecha acabó por favorecerla.
Azaña, con ocho diputados, se consideraba infinitamente más representativo que el vencedor Gil Robles. Al día siguiente de celebrada la segunda vuelta trató de convencer sin éxito al jefe de gobierno Martínez Barrio y al presidente Alcalá Zamora para que anularan el resultado electoral. A mediados del 34 volvió a intentar su "pronunciamiento civil": su propuesta golpista fue discutida por los dirigentes del PSOE. Embarcados en los preparativos de la insurrección armada de octubre y distanciados de Azaña, la rechazaron. Pío Moa halló entre los papeles de Largo Caballero la prueba documental de esta traición a la República por parte de su estrella más fulgurante. Pero esa ya es otra historia.
El caso es que Clara Campoamor fue señalada por los perdedores del 33 como la responsable de su derrota: ¡ya le habían advertido que las mujeres, influidas por la Iglesia, votaban a la derecha! Cuando en el 34 quiso incorporarse al partido de Azaña, fue rechazada. Renunció a volver a España en pleno franquismo para no ser juzgada por cargos que no le habrían supuesto un gran problema. Años atrás, en 1936, había tenido que huir de Madrid. Más exactamente, había tenido que huir del Frente Popular.

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