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El editorial ya ha consignado el evidente disgusto de alguna morralla por la supervivencia de Esperanza Aguirre en Bombay. Pocas veces ha quedado tan patente el verdadero concepto de confrontación política que tienen el estratega del progrerío, algún engreído don nadie del nacionalismo resentido e, incluso, un mezquino pedacito del liberalismo simpático. Pedacito que resulta estar muy arriba, aunque por poco tiempo.
Constatada esta desgracia cainita, no todo es desconsuelo. Hay motivos para el despiporre, pues nadie prudente presume de valor. Eso del "yo en su lugar habría hecho..." y del "si llego a ser yo, les aseguro...", reproduce el cliché del bravucón de barra de bar, el valiente virtual, y da un alipori tremendo. Hay uno que se ve de capitán de barco, sin haber empatado a nadie, y aprovecha para colgarse una medalla en su trajecito de marinero de comunión a cuenta de la casualidad de haberse quedado atrapado en un restaurante. Otros querrían que Esperanza Aguirre se hubiera arrojado sobre los terroristas en un cuerpo a cuerpo sangriento, y cualquier otra opción les parece poco. En realidad acusan un profundo respeto hacia la presidenta, aunque no lo sepan.
Lo desternillante es que un voceras socialista con la mente, la hoja de servicios patrióticos y el expediente académico en blanco, quiera pintar de cobarde a la mujer que todos vimos salir de un accidente de helicóptero animando a un demudado Rajoy, preocupándose por el piloto y más fresca que una lechuga. Los socialistas deberían callarse la boquita en estos asuntos del valor y el miedo. Cuando el 23-F, la UCD salvó la dignidad con Suárez, el ejército con Gutiérrez Mellado, los comunistas con Carrillo y la derecha con Fraga. Ni un socialista se quedó sentado, ni mucho menos se levantó entre el tiroteo. De 350 diputados, 346 se echaron al suelo en confuso montón. Ya que se pone así el PSOE, no hay más remedio que recordárselo: ustedes, cuando las cosas se ponen feas, se jiñan. Menos humos.
Esperanza Aguirre, como José María Aznar, no tiene que inventar hipótesis de valentía como el nieto de Cambó, ni ha de dar prueba de nada al pobre Blanco. El helicóptero está ahí; la bomba del coche está ahí. Así que dejen de ponerse en ridículo con sus jactancias de matasietes. Si no tienen la entereza suficiente para reconocer virtudes en los adversarios, al menos no exhiban tan obscenamente sus ganas de verlos muertos.
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