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Agentes de todos los cuerpos le han cogido un cariño tremendo a Pizarro. En cuanto están fuera de servicio, o incluso robando horas a otros cometidos, corren por su cuenta y riesgo a vigilar al presidente de Endesa para que no le pase nada. Se presentan por parejas y en coche.
Con admirable altruismo, han puesto a Pizarro por delante de sus familias, de sus gimnasios y de su bricolaje. Sociólogos, psicólogos y antropólogos están estudiando el fenómeno, que se presenta ya en congresos de especialistas como una tendencia subcultural irrefrenable. Se compara con la repentina y absurda afición de los vendedores por la enología y de los contables por el golf.
No hay uniformado o espía en España que deje de consagrar sus horas de esparcimiento a Pizarro. Los más afortunados "mantienen contacto visual", por usar su jerga. El resto sueña con visitar por vacaciones esos nuevos santuarios policiales en que se han convertido la casa y el despacho del turolense.
En torno al súbito fervor han florecido imaginativos negocios. Emprendedores inspirados por el cine han supuesto a los vigilantes ciertas aficiones, como la de devorar perritos calientes con mucha mostaza y la de tener úlcera de estómago. De inmediato, los alrededores de los santuarios se han llenado de carritos de salchichas, tipo Ignatius Reilly, y de tenderetes de parafarmacia con todas las marcas de antiácidos. Una cadena de ropa está a punto de inaugurar varias tiendas de gabardinas arrugadas y una gran óptica va a instalar exhibidores giratorios de gafas oscuras.
Observadores resabiados insisten en vincular la masiva vigilancia a Pizarro con su resistencia a dejarse comprar por voraces entidades financieras e industriales que gozarían del favor del Gobierno. Pero los portavoces oficiales lo desmienten, y de la palabra de personas como Rubalcaba no cabe dudar.
No queda pues más explicación que la que ofrecen los trend hunters y la moderna psicología. Vigilar a Pizarro es una compulsión profesional, una espontánea extensión vocacional que confiere sentido al tiempo libre de todos los que llevan placa. Etólogos alemanes y mercadotécnicos americanos, tras visitar Madrid, se han visto forzados a revisar sus teorías.
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