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Columna publicada el 28-09-2003
En España se usa la palabra fascista con tanta frecuencia como desconocimiento, y habitualmente con el sentido de "toda persona que no opina como yo". Me preocupa ver que en el entorno del software libre hay también una tendencia –que algunas declaraciones en el Congreso Hispalinux celebrado estos días no hacen sino confirmar– a llamar fascista a todo el mundo: el Gobierno es, naturalmente, fascista, todo el que no quiere poner software libre en su empresa o adoptarlo en la comunidad autónoma que preside es fascista, el que no ve claro algún aspecto de ese modelo de desarrollo es un fascista redomado y el que como con estas líneas critica a los más exaltados del movimiento (¡cómo suena eso!) es el más fascista de todos. ¡Así, haciendo amigos! ¡Qué mejor manera de ganar adeptos para la causa que llamarles fascistas!
Lo peor es que gracias a este descalificativo comodín y fruto de la repulsión que produce el término se pone una frontera insalvable con el discordante que conjunta el desprecio integral por él y sus opiniones ("¿qué importa lo que diga ese? ¡es un fascista!") con la renuncia total a convencerle ("yo con ese no me hablo: ¡es un fascista!"). Imposible el acercamiento.
Dice Paul Johnson que "la historia demuestra que todos los movimientos pacifistas llegan a un punto en el que el elemento más militante se siente frustrado ante la falta de progreso y recurre a la desobediencia civil y a actos de violencia". Sin llegar a esos extremos –espero–, sí que es verdad que hasta ahora los defensores del software libre se habían distinguido por ofrecer hechos en lugar de palabras, por presentar resultados en lugar de descalificaciones y por convencer en lugar de imponer. Y animada por la fuerza y la presencia que les ha ido dando esa razonable estrategia, es posible que vaya habiendo gente que crea que podría ir más rápido por otros caminos.
Por el bien del software libre –que no importaría demasiado si no fuera porque creo que efectivamente es beneficioso para el individuo y su libertad– pienso que es necesario mantenerse en el vencer convenciendo. Y no asustando ni insultando.

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