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Columna publicada el 06-10-2003
No envidio lo más mínimo a los periodistas que disfrutan de un trato personal con los políticos de quienes luego tienen que hablar. Me parece que es preferible no conocerlos, porque de lo contrario, si los alabas, siempre quedará la duda de si es para cobrarte favores futuros; si los criticas, fácilmente podrá entenderse como una vendetta personal; y si les tienes cariño y lo hacen mal, te resultará doloroso tener que censurarlo.
Me dolería escribir para censurar la actuación de Jorge Pérez. Cuando vi su fotografía en Libertad Digital (creo que fuimos los primeros en dar la noticia) y me enteré de su nombramiento como Director General de Telecomunicaciones y para el Desarrollo de la Sociedad de la Información, me llevé una alegría. Aparte de que últimamente las Telecomunicaciones en España han estado gestionadas por abogados y economistas y no creo que venga nada mal contar por fin con alguien que además de Sociólogo y Licenciado en Políticas es también Ingeniero de Telecomunicación, con lo que entenderá mejor las connotaciones más técnicas de los problemas, la alegría me resulta doble por haber tenido ocasión de conocerle bien cuando fue profesor mío en sendas asignaturas de primer y último curso de carrera.
De la primera se me ha quedado grabado un comentario que nos hizo entonces hablando de lo que significa la ingeniería y el arte de resolver problemas. Según él, ante éstos existen dos actitudes: la primera se asienta en un criterio conservador, de mínimo riesgo, que trata de adaptar soluciones que ya han funcionado razonablemente bien en problemas parecidos y que, pese a no dar muchas veces una solución óptima –al fin y al cabo el problema es distinto–, sí ofrece al menos una cierta garantía de eludir el fracaso. La segunda es una actitud propia de emprendedores, "para valientes", porque opta por caminos no convencionales y ante problemas novedosos apuesta por soluciones también novedosas, no probadas, arriesgadas por tanto, que cuando fallan lo hacen estrepitosamente pero que de funcionar arrojan un éxito infinitamente mayor.
No se puede decir que una actitud sea mejor que la otra en todos los casos: con problemas perfectamente estudiados y resueltos sería seguramente suicida ensayar soluciones creativas, pero ocioso es decir que la mayoría de la gente se decanta siempre por la actitud de mínimo riesgo. De ello tenemos sobrados ejemplos en política. En el periodo de incertidumbre asociado a la sucesión de Aznar hemos visto unos cuantos casos: el miedo al fracaso en cualquier problema que sobrepasara lo meramente cotidiano atenazaba a todos con la parálisis a la espera de que el más leve guiño, mueca o gesto del jefe diera alguna pista sobre por dónde tirar.
Yo no le deseo, no sólo a Jorge Pérez, sino tampoco al desarrollo de la sociedad de la información en España, ese camino. Al contrario, creo que tiene tablas más que suficientes para escoger el segundo y hacerlo bien. Lo creo y lo deseo. Aunque si me equivoco, no habrá más remedio que criticarlo: parafraseando a nuestro editor, "con Jorge Pérez y contra Jorge Pérez". ¡Qué le vamos a hacer!

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