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Alexander Solzhenitzin ha muerto a los ochenta y nueve años de edad. Seguro de que Dios lo tendrá en su gloria, aunque yo me siento un poco huérfano. Este luchador por la libertad ha sido uno de los testimonios vivos de las hieles del marxismo. Su mera presencia conmovía las conciencias de los acomodados y revolvía las tripas de los marxistas de casa bien, algo muy español por otra parte.
Uno de sus textos más conmovedores es sin duda su autobiográfico Archipiélago Gulag. Gulag no es un lugar, sino un acrónimo que viene del ruso "Glavnoye Upravleniye Ispravitelno-trudovykh Lagerey", que significa "Directorio Supremo de Campos Correccionales de Trabajo" y designa al conjunto de campos de concentración que el servicio de seguridad política soviético (sucesivamente denominado OGPU, NKVD MGB/MVD y finalmente KGB) tenía diseminados en forma de "archipiélago" por todo el territorio de la URSS.
Solzhenitzin pudo saborear los horrores de los correccionales marxistas por haber osado criticar alguna decisión de Stalin en una carta personal a un amigo. Tras una supuesta recopilación de pruebas, obtenidas en un registro domiciliario efectuado sin ninguna garantía, fue llevado ante la policía política, entonces NKVD. Tras un kafkiano proceso, fue sentenciado en su ausencia a ocho años en un campo de trabajo. Tras varios traslados entre campos, y una vez cumplida la pena, fue exiliado de por vida a Kok-Kerek en el Sur de Kazakistán.
Hasta 1961 no ve la luz su primera obra, Un Día en la Vida de Iván Denisovich. Fue gracias a la colaboración de Tvardovsky, publicación que, por supuesto fue secuestrada. El resto de su biografía transcurre entre persecuciones, prohibiciones y arrestos. Pese a todo lo anterior, sus obras consiguieron traspasar el telón de acero. En 1970 le fue otorgado el Premio Nobel. Los liberticidas del Kremlin le impidieron asistir a recibirlo y le obsequiaron con la deportación a la entonces República Popular Alemana (Alemania Oriental). Unos años después, cuando publicó El Archipiélago Gulag, los soviéticos le retiraron la ciudadanía. Acabó emigrando a los Estados Unidos. Solzhenitzin no regresó a su país natal hasta 1994.
Cuando por fin pudo dirigirse a los miembros de la Academia sueca que le habían concedido el Nobel, en su discurso de brindis dijo: "Cuando me estaba preparando para venir aquí en 1970 para la ocasión de subir a la primer tribuna libre de mi vida, no había lugar en mi pecho ni cantidad de papel suficiente para contener todo lo que tenía en la mente. Para un escritor que viene de un país sin libertad, su primera tribuna y su primer discurso es sobre todas las cosas del mundo, sobre todos los sufrimientos de su país."
Dirigido a todos los que se creen que la cultura no es más que un instrumento al servicio de una determinada ideología, como es el caso de los pseudoartistas patrios que viven de la subvención de la incultura, Solzhenitzin señalaba: "la obra de un artista no puede ser confinada a la mísera dimensión de la política. Porque esa dimensión no puede contener la totalidad de nuestra vida y no debemos restringir nuestra conciencia social a sus límites."
Descanse en paz Alexander Solzhenitzin, gracias a él muchos de nosotros somos enfermizos amantes de la libertad.
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