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El terrorismo islámico, de vuelta al pasado

Lo que Occidente debe comprender es que no se puede bajar ni un solo minuto la guardia, ni en los recursos ni en el discurso.

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Cordon Press

El atentado de Londres contiene elementos distintos a los que hemos visto en Europa recientemente. No se han utilizado ni kalashnikovs como en París,ni bombas como en Bruselas, ni siquiera camiones como en Niza o Berlín.

En Jerusalén o Tel Aviv están desgraciadamente familiarizados con lo que es un terrorista salafista que coge un coche y empieza a atropellar peatones. Por allí llevan año y medio conviviendo con laIntifada de los Cuchillos, iniciada en septiembre del 2015 y que ha dejado más de 40 víctimas. Este tipo de atentados (que forman parte de la vida de los israelíes) siempre termina de la misma forma, con el terrorista abatido por la Policía.Ni siquiera un país como Israel, que cuenta con el ejército más preparado del mundo contra el terrorismo, ha sido capaz de contener la embestida de este tipo de amenaza, que asesina con elementos tan accesibles como un coche o un cuchillo.

El terrorismo islámico está cambiando. Quienes lo promueven son conscientes del enorme coste económico y operativo que tiene la organización de un atentado a gran escala, y de que la organización de este tipo de masacres comporta no sólo un gasto económico, sino una inversión logística que deja rastro y facilita la investigación de quienes los persiguen. Uno de los procedimientos habituales de los servicios de inteligencia es intentar hacer una aproximación al dinero que cuesta cometer una masacre. Un informe de laComisión Nacional sobre Ataques Terroristas en EEUU estimó que los atentados del 11-S en Nueva York y Washington, en los que fueron asesinadas más de 3.000 personas, costaron unos 400.000 euros. Una cifra residual si lo comparamos con la inversión estadounidense en lucha antiterrorista.

Los Gobiernos de Francia y Bélgica gastarán más de 1.000 millones de euros en reforzar la seguridad antiterrorista, monto que contrasta con los escasos 7.000 euros que costaron los atentados del pasado 13 de noviembre el París, donde fueron asesinadas 130 personas.

A pesar de que los países de Occidente han aumentado considerablemente su intensidad operativa, el enemigo se ha percatado de que se enfrenta a individuos del futuro. De manera que han llegado a la conclusión de que si uno vive en el pasado y se comporta al margen de las nuevas tecnologías, a la gente del futuro le resulta extremadamente difícil dar con ellos, porque no encuentra rastros o indicios.

El Estado Islámico ha llegado a la conclusión de que, si se vive sin teléfono móvil, sin correos electrónicos, si se dan las instrucciones cara a cara, las directrices se ponen en un papel que pasa de mano en mano y, sobre todo, ya no se compran armas, sino que se utilizan coches o cuchillos, se multiplica el número de terroristas potenciales con capacidad para golpearnos. Lo único que hace falta es el adoctrinamiento de una persona que esté dispuesta a morir matando.

Y lo que Occidente debe comprender es que no se puede bajar ni un solo minuto la guardia, ni en los recursos ni en el discurso. Porque si le quitamos el pie de la garganta a este enemigo un solo minuto, nuestro mundo puede cambiar por completo.

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