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G-20

La hipocresía de Bernanke y Obama

Juan Ramón Rallo

&quote&quoteSi al final cada cual va a devaluar por su cuenta como ya sucediera en los años 30, ¿para qué todas estas cumbres internacionales de opereta? Desglobalicémonos y listos. La inflación bien vale una nueva Gran Depresión.

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Los inflacionistas de todos los partidos no cesar de aplaudir a Bernanke por sus contraproducentes monetizaciones de activos, su Quantitative Easing 2. Sus dogmas, al igual que les pasa a sus primos hermanos los keynesianos con el gasto público, los impulsan a creer que la solución a todos los problemas pasa por refinanciar todas las deudas, por impedir caiga que el endeudamiento (medido a través de esa sopa de agregados que son la M1, M2, M3, M4...), pese a que llevemos tres años de crisis y tres años de fracaso de monetarismo y keynesianismo (¿o cómo es que seguimos en crisis?).

Pero al margen de que la recuperación económica pase necesariamente por el reajuste de los balances privados (reduciendo el brutal apalancamiento de bancos, familias y empresas) y de que, por tanto, las políticas monetarias expansivas sólo prolongan durante más tiempo la agonía sin proporcionar ninguno de los remedios que necesitamos, sí me interesa constatar el doble lenguaje que están empleando las autoridades estadounidenses, con Geithner y Bernanke a la cabeza, para justificar sus despropósitos.

Estados Unidos lleva una década acusando a China de mercantilista por negarse a revaluar su moneda. Según argumentan, el "brutal" déficit comercial de Estados Unidos con China (el 1,5% del PIB estadounidense) se debe esencialmente a que los chinos mantienen su tipo de cambio demasiado bajo; si el dólar se depreciara con respecto al renminbi, los estadounidenses comprarían menos y venderían más a China. Todo muy sencillo, ¿verdad? Bueno quizá no tanto.

Primero, que China mantenga su tipo de cambio artificialmente bajo es equivalente a ofrecerles descuentos a los estadounidenses. ¿Conoce a alguien que se empobrezca por comprar más barato? Yo no. Cuando Estados Unidos le compra más barato a China, también libera dentro de su país factores productivos que le permitirían especializarse en fabricar productos que vender a China y al resto del mundo de manera más competitiva. Se llama división del trabajo y ventaja comparativa, no es tan complicado. Lo descubrió un tal David Ricardo hace más de 200 años.

Segundo, ¿alguien se ha preocupado por mirar cuáles son los productos que China vende a Estados Unidos? Al fin y al cabo, si Estados Unidos desea depreciar el dólar es porque pretende que sus consumidores compren menos fuera para que compren más dentro (lo que se viene conociendo como "política de sustitución de importaciones"). Con datos de 2009: el 50% de todo lo que importa Estados Unidos de China no son bienes de consumo, sino bienes de capital (ordenadores, equipo de telecomunicaciones, aparatos electrónicos, semiconductores, motores...) y materias primas. ¿Realmente Estados Unidos se está empobreciendo por que China le regale las herramientas con las que generar riqueza? ¿La recuperación de Estados Unidos pasa por producir todo esto (o directamente no producirlo) de manera más cara?

Tercero, si, como es obvio, la crisis estadounidense no se debe a que China le esté regalando bienes de capital extraordinariamente baratos o porque, oh, le esté haciendo dumping con 150.000 millones de dólares al año en bienes de consumo (el 1% de su PIB), ¿dónde está el problema? Pues el problema está donde siempre: Estados Unidos, merced a las dádivas chinas debería haber cambiado su estructura productiva para poder exportar más y a lo que se dedicó durante la década pasada fue a vivir del crédito barato que Greenspan y Bernanke proporcionaron y siguen proporcionando a manos llenas. En lugar de cambiar su modelo productivo y sus patrones de especialización, se dedicó a construir viviendas y a consumir a crédito durante una década (no es que China no tuviera ninguna responsabilidad en esto, pero no se debió a su política de tipos de cambios fijos). Ahora toca hacer acto de constricción. Pero Bernanke y Geithner prefiere juguetear con el dólar antes de permitir que la economía se reajuste.

Cuarto, pedirle a China que acepte una depreciación del dólar es un robo a mano armada. En la actualidad, el gigante asiático posee alrededor de 1,5 billones de dólares en deuda estadounidense. Revaluar el renminbi en un 20% obliga a forzarles a aceptar pérdidas de 300.000 millones, el 6% de su PIB. Sin embargo, a Estados Unidos –especialmente a su Gobierno– no le importó demasiado durante años que China adquiriera su deuda y promoviera tipos de interés artificialmente bajos: "primero te coloco mi deuda y luego te la impago". La honradez al poder.

Y quinto, si Estados Unidos considera que es malísimo que China mantenga su moneda artificialmente depreciada, ¿no será al menos igual de malo para el resto del mundo que ahora ellos deprecien artificialmente la suya? Pues no, aparentemente el envilecimiento del dólar es el culmen de la sensatez. Nunca hubo una política tan necesaria para acelerar la recuperación. Luego, claro, se quejarán si China o la zona del euro buscan cambiar de moneda de reserva internacional: les acusarán de insolidarios y de no trabajar en pos de la recuperación mundial. ¿Pero hay una política monetaria menos internacionalista que las devaluaciones competitivas?

Me temo que del G-20 no va a salir nada bueno, en esencia porque Estados Unidos ya ha fijado unilateralmente su agenda inflacionista. Se podrá justificar tal movimiento en la soberanía monetaria de cada país, pero que yo prefiero llamarlo por su nombre: defraudar a sus acreedores; al cabo, también Madoff podría argumentar que hizo uso de su soberanía financiera. Pero si al final cada cual va a devaluar por su cuenta como ya sucediera en los años 30, ¿para qué todas estas cumbres internacionales de opereta? Desglobalicémonos y listos. La inflación bien vale una nueva Gran Depresión.

Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y de ISEAD y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores, galardonado con el Premio Libre Empresa 2010.

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