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Obama busca su chivo expiatorio

Si quieren proteger a los inversores acaben con los privilegios de la banca, pero no nos vendan una falsa y demagógica dureza para seguir esquilmando con impuestos y regulaciones a los ciudadanos.

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Uno podría estar de acuerdo con que los damnificados por los presuntos fraudes de Goldman Sachs sentaran a la entidad ante los tribunales. Desde hace años es un secreto a voces que las compañías financieras en general y los bancos de inversión en particular practicaban una ingeniería financiera, digamos, "curiosa" para maquillar sus cuentas y, por tanto, mentir a sus accionistas y acreedores.

Ahí está el caso de Lehman Brothers y su famoso "repo 105" por el que la futura mayor quiebra empresarial de la historia extraía de su balance alrededor de 50.000 millones de dólares en deuda pocos días antes de cerrar el ejercicio. No es que existiese una diferencia abismal entre el Lehman sin el repo 105 y el Lehman con el repo 105, pero en cualquier caso no es de recibo –ni siquiera estatutariamente– que se manipularan las cuentas.

También plantea serios problemas, cuando menos morales, que Goldman Sachs estuviera vendiendo a sus clientes unos productos financieros contra los que él mismo estaba apostando. Que la banca de inversión se postulara como una especie de asesoría para inversores chirría con el hecho de que los asesorara en contra de sus expectativas. Si bien, dicho sea a renglón seguido, a toro pasado resulta muy fácil ver en esta operación un conflicto de intereses; pero dudo de que si los inversores hubiesen ganado dinero y Goldman lo hubiese perdido, alguien hubiese protestado por algo.

Digo, que a uno podría parecerle bien que empuraran a Goldman, uno de los pocos bancos de inversión que logró sobrevivir a la quiebra de Lehman gracias a la ayuda del Gobierno pero que casi con total seguridad habría sobrevivido también sin ella. Pero de toda esta operación se desprende ese típico tufillo populista al que es tan adicta la izquierda y que me lleva a recelar de que una agencia gubernamental como la SEC cargue contra una empresa privada como Goldman.

Porque con este golpe de propaganda no sólo se pretende redimir de sus responsabilidades a toda una clase inversora que, por lo visto, había sido capaz de amasar una fortuna suficiente como para que se la administrara Goldman Sachs pero que era tan inepta financieramente como para ignorar que no debía invertir en el infladísimo mercado inmobiliario estadounidense. Digo yo que algo de responsabilidad tendrán también aquellos que compraron ese producto financiero tan biensonante como ABACUS y que no era más que la deuda de una sociedad instrumental dedicada a asegurar que no se producirían impagos entre las hipotecas subprime. ¿Que nadie podía prever que los impagos en las hipotecas subprime iban a estallar en apenas pocos meses? Bueno, pues entonces tampoco acusemos a Goldman de saber qué iba a pasar y lucrarse con ello.

Pero, sobre todo, me preocupa esta vuelta de tuerca de la estrategia política de Obama: la crisis es culpa de la desregulación del mercado; los inversores han estado desprotegidos frente a la voracidad y a la opacidad del sector financiero; las grandes empresas intentan aprovecharse de los débiles. No, es cierto que la crisis tiene numerosos culpables, pero los más importantes se encuentran en las filas del sector público: a saber, la política monetaria expansiva de la Reserva Federal, la regulación de la SEC (que no desregulación: la SEC no dejó de regular, impuso otras regulaciones más favorables a la banca) y el gasto desbocado del Gobierno federal.

Nada de todo esto ha cambiado con Obama. La Fed sigue tomada por la misma filosofía inflacionista que nos llevó a esta crisis (Alan Bernanke o Ben Greenspan), la SEC sólo planea regular aún más y no retirar regulaciones (ahí está el absurdo caso de las agencias de calificación) y Obama ha vuelto pequeños los monstruosos déficits de Bush. Es más, los mismos altos cargos de Goldman Sachs que tan perversamente engañaron a los indefensos inversores según Obama han colonizado su secretaría del Tesoro. No se trata ya de que Henry Paulson fuera el CEO de Goldman, sino que el jefe de personal de Geithner, Mark Patterson, es un antiguo lobbysta de Goldman.

Lo siento, pero no me lo trago. Se trata de la misma operación cosmética de siempre dedicada a encumbrar la imagen de falsa bondad y ecuanimidad del Estado y de emponzoñar la del mercado, pero a su vez colocando dentro de la administración a los mismos a quienes se acusa de delincuentes. No, no es eso. Si los demócratas quieren proteger a los inversores, que acaben con los privilegios de la banca (que tome ejemplo de otro demócrata, Andrew Jackson, quien cerró el segundo banco central de EEUU), pero no nos vendan una falsa y demagógica dureza para seguir esquilmando con impuestos y regulaciones a los ciudadanos. Ni la crisis empezó porque Lehman falseara sus cuentas, ni porque Goldman siguiera estrategias financieras poco éticas. En cambio sí lo hizo porque la Fed expandió el crédito, la SEC permitió que los bancos multiplicaran su apalancamiento y el Gobierno federal gastara sín límites. No, busquen dentro de su casa y hallarán la respuesta. Claro que no les veo llevándose a usted mismos ante los tribunales.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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