Reforma

¿Por qué el patrón oro?

Los inflacionistas suelen argumentar que los liberales que defienden el patrón oro se aferran a una suerte de sentimiento irracional y supersticioso hacia el metal amarillo. ¿Qué tiene de especial el oro? ¿Por qué es tan importante regresar a él para evitar los ciclos económicos? ¿Acaso el sistema actual de papel moneda no resulta más barato y flexible? Y de todas formas, puestos a vincular nuestras divisas nacionales a algún bien económico, ¿por qué el oro? ¿Por qué no la plata, el hierro, el aluminio o el petróleo?

Por supuesto sería absurdo tratar de exponer todas las razones que justifican el regreso al patrón oro en un artículo de apenas unos cientos de palabras. Sin embargo, este breve espacio sí basta para dejar asentadas dos cuestiones esenciales.

La primera se refiere a si conviene tener un patrón monetario o no. A efectos prácticos, un patrón monetario implica ligar el valor del dinero a algún bien económico presente, preferiblemente a través de su convertibilidad (cada billete constituye un derecho a recibir una determinada cantidad de oro, plata, cobre...). En el sistema fiduciario actual, el valor del papel moneda está ligado a la deuda: cuanta más deuda decide monetizar el banco central, más dinero hay en circulación. Basta con acudir al balance de cualquier banco central para comprobar que sus pasivos (nuestros billetes de euros, dólares, yenes...) se corresponden con unos activos compuestos en su práctica totalidad por deuda pública o privada.

Esto es diabólicamente problemático por dos motivos. Uno es que la deuda debe saldarse con dinero, pero si el dinero se basa en deuda, en última instancia nuestras deudas se pagan con más deudas, sin que por tanto lleguen nunca a retirarse de la circulación. Se vuelve así imposible discriminar entre buenas o malas deudas, ya que las segundas –que en un sistema financiero sano deberían darse inmediatamente de baja del balance para que no se acumulen durante décadas hasta provocar el colapso económico– siempre pueden reinflarse creando dinero a partir de ellas. A eso se dedican precisamente los bancos centrales en nuestra era del papel moneda: a refinanciar permanentemente las deudas que no puede atender la banca privada mediante la creación temporal de dinero-deuda; posibilidad que tendrían muy limitada en un patrón monetario.

El otro motivo deriva del anterior: las deudas no son otra cosa que promesas a entregar bienes futuros y ya sabemos que la facundia humana es potencialmente infinita. Con el papel moneda, la cantidad de nuestros medios de pago pasa a depender de nuestra capacidad para endeudarnos –de prometer que entregaremos muchos bienes en el futuro– y nuestra capacidad para endeudarnos pasa a depender, sí, de nuestra capacidad para crear medios de pago. Supongo que ya ve dónde nos conduce este sistema monetario de Juan Palomo. Pero hay más: si el papel moneda está basado en la deuda y la deuda son bienes futuros, el valor del papel moneda dependerá obviamente del valor de esos bienes futuros. Problema: el dinero lo utilizamos para adquirir bienes presentes; por consiguiente, estamos comprando bienes actualmente existentes con cargo a bienes que, tal vez,–díganselo a los subprime o a los griegos– produciremos en el futuro, pero que en todo caso no están disponibles en el presente. Así, si la cantidad de dinero-deuda crece con base a los bienes futuros y la cantidad de bienes presentes se mantiene más o menos inflexible, ya puede intuir la consecuencia de ello: inflación (la cantidad de dinero crece muy por encima de la de bienes presentes, así que los precios de estos últimos se disparan). Los patrones monetarios son algo más honrados: los bienes presentes se compran con otros bienes presentes (oro, plata, cobre...). Algo es algo.

Ahora bien, siendo preferibles los patrones monetarios al papel moneda, nos queda por resolver la otra cuestión que planteábamos al comienzo: ¿por qué un patrón oro y no un patrón plata o cobre? Muy sencillo, para que el dinero pueda cumplir con sus funciones básicas (medio de cambio, depósito de valor y unidad de cuenta), debe exhibir ciertas propiedades objetivas que el oro posee de manera óptima, a diferencia de lo que sucede con otros metales y otros bienes económicos. Así de fácil.

Por todo lo anterior, si queremos terminar con los ciclos económicos, hay que regresar al patrón oro. O mejor aún, hay que desregular (de verdad) el sistema bancario para que las propias entidades, en competencia, pueden emitir su propio dinero... convertible en oro.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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