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¿Pueden ganar todos en la bolsa?

Sólo si pensáramos, como ya hiciera Tertuliano en el siglo III o el Club de Roma hace 50 años, que ya hemos alcanzado los límites de nuestro desarrollo económico, podríamos afirmar con coherencia que no todos los inversores pueden ganar en bolsa.

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Siguiendo con nuestra reciente discusión acerca de la viabilidad del mercado de valores como un instrumento de inversión a largo plazo, otra de las objeciones que suele aparecer sobre la mesa es: "no todos pueden ganar en bolsa", "si alguien gana es porque le ha comprado barato o le ha vendido caro a otro y, por tanto, ese otro estará perdiendo". El temor es un trasunto de la extendida visión mercantilista de que la economía es un juego de suma cero. Mas, tras tres siglos, ya debería ser evidente que merced al crecimiento económico todos los miembros de una sociedad pueden salir ganando. ¿Por qué motivo entonces no se entiende que en la bolsa todos los inversores puedan salir también ganando?

Probablemente, el motivo de la incomprensión surja de desconocer la exacta naturaleza de las acciones bursátiles. Una acción no es más que una parte del derecho de propiedad de una empresa: aquel que compre todas las acciones, se convertirá en el dueño único de la compañía; quien adquiera un 10%, tendrá derecho a quedarse con el 10% de los activos de la empresa y con el 10% de sus beneficios futuros; y lo mismo con quien posea el 0,00001% (otro asunto son los distintos controles de cada cual sobre la dirección).

La explicación podría parecer trivial pero no lo es: quien compra una acción compra parte de un negocio; de sus propiedades y de su producción futura. O por decirlo de otro modo, quien compra una acción no está comprando un ticket de lotería o una entrada a un casino... cuestión distinta es que la utilice como tal (todo objeto es susceptible de emplearse de manera especulativa). En los juegos de azar, en efecto, no todo el mundo puede salir ganando, pues son juegos que no generan riqueza y cuyo único propósito es redistribuir el dinero de sus partícipes.

En el mercado de valores, sin embargo, las cosas funcionan de otro modo. Los accionistas con mentalidad largoplacista no entran a la bolsa para redistribuir una riqueza ya existente, sino para apropiarse de la riqueza futura que las compañías generarán. Los beneficios continuados de una empresa –que no son más que la expresión monetaria de estar fabricando unos bienes o servicios más valiosos que lo que cuesta producirlos– o bien enriquecen directamente al accionista (vía dividendos) o bien lo enriquecen indirectamente al incrementar el patrimonio neto de la empresa de la que él es propietario (reinversión, recompra de acciones, amortización de deuda...).

¿Pueden todas las empresas crecer a largo plazo? Indudablemente sí, por pura Ley de Say: la producción compra producción; los incrementos de la oferta de iPads –y las rentas de ahí derivadas– constituyen la demanda para absorber los incrementos de oferta de, por ejemplo, carbón chino.

¿Van todas las empresas a crecer a largo plazo? Muy probablemente no, porque el ser humano es falible y comete errores de inversión –muchas veces, inducidos políticamente–, pero las equivocaciones de una empresa constituyen las oportunidades de ganancia de otra. Por eso, invertir en una acción concreta –en una empresa concreta– sin demasiados conocimientos sobre el tema puede ser muy arriesgado y puede dar lugar a que otros se lucren a nuestra costa. Sin embargo, invertir periódicamente en una selección de las mejores acciones de un país (en un índice bursátil como el Dow Jones o el Standard and Poor’s) asegura que las pérdidas de unas sean compensadas por los beneficios extraordinarios de otras a lo largo del tiempo. Ya lo he dicho más veces: la media histórica después de inflación de la bolsa estadounidense se sitúe en torno al 7%... aun cuando en los últimos 200 años decenas de miles de empresas estadounidenses hayan quebrado.

Si en estos últimos 200 años más gente hubiese ahorrado y hubiese metido más dinero en bolsa no es que ese 7% de rentabilidad se hubiese repartido entre más cabezas, sino que toda la economía estadounidense se hubiese capitalizado todavía más, las empresas producirían más bienes y servicios y un mayor número de accionistas serían más ricos. Nunca olvidemos que, al contrario de lo que sostienen las supercherías keynesianas, el ahorro es el motor de la inversión y de la acumulación de capital.

A largo plazo, pues, sí es posible que todos ganen en bolsa por análogas razones a las que sí resulta posible que todo el mundo mejore sus estándares de vida en una economía de mercado. Sólo si pensáramos, como ya hiciera Tertuliano en el siglo III o el Club de Roma hace 50 años, que ya hemos alcanzado los límites de nuestro desarrollo económico, podríamos afirmar con coherencia que no todos los inversores pueden ganar a largo plazo en bolsa. Pero esa, afortunadamente, es una hipótesis muy poco verosímil que, por cierto, todavía haría más inviable un sistema público de pensiones.

Y llegados a este punto, si me lo permiten otro día les hablo del supuesto "riesgo" de la bolsa y de por qué los fondos de pensiones suelen ser un pésimo instrumento de inversión en España.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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