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¿Y ahora España?

La diferencia más notable en nuestra contra es que el Gobierno irlandés está dispuesto a hacer las reformas que la economía necesita. Nosotros no tenemos un Gobierno así ni es previsible que lo tengamos.

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Finalmente, como todo parecía indicar, Irlanda será rescatada por sus socios monetarios; todo según lo esperado, incluso el día del acuerdo, el tradicional domingo de descanso. Los políticos europeos siguen considerando inaceptable una quiebra soberana –que a buen seguro afectaría al valor de la moneda única– y continúan tapando agujeros con el dinero del contribuyente alemán (y en este caso también del inglés, cuyos gobernantes miran por sus propios bancos y por la libra).

Aprovechando la coyuntura, en los próximos días oiremos –ya hemos oído– insistentemente dos razonamientos por parte de los propagandistas habituales cuyas falacias o medias verdades conviene aclarar y refutar desde ahora mismo.

Por un lado escucharemos que la quiebra de Irlanda demuestra, una vez más, el fracaso del modelo neoliberal de impuestos bajos para estimular el desarrollo, de austeridad presupuestaria como remedio contra la crisis e incluso de tipos de cambio fijos como paradigma de internacionalismo monetario. No se crean ninguna de estas tres consignas.

Primero, el espectacular desarrollo de Irlanda gracias a los impuestos bajos sigue siendo tan irrefutable como fríos son los datos. Bajo cualquier estándar la burbuja inmobiliaria irlandesa y la hipertrofia de su sector financiero comenzaron en el s. XXI, justo cuando el Banco Central Europeo comenzó a inflar artificialmente la oferta de crédito barato con su política de bajos tipos de interés. Hasta entonces Irlanda había experimentado, en parte gracias a ese clima de impuestos moderados, un impresionante crecimiento: su renta per capita entre 1989 y 2000 se multiplicó por dos en términos reales (desde 17.000 euros a 34.000), en comparación con una renqueante España que merced a sus progresistas altos impuestos y a sus rigidísimas regulaciones de los mercados sólo logró aumentarla en un 30% (desde 10.000 a 13.000).

Por consiguiente, los bajos impuestos no fueron ni condición necesaria ni suficiente para la burbuja financiera: España ha sufrido la misma burbuja con impuestos mucho mayores (y a Suecia le sucedió lo propio a principios de los 90) e Irlanda no la padeció, con impuestos bajos, hasta que Frankfurt promovió la expansión artificial del crédito. El milagro irlandés sigue siendo tan milagroso como tenebrosas son las consecuencias del monopolio monetario de los bancos centrales.

Segundo, Irlanda no está peor, si no mejor, merced a los planes de austeridad. Otra cuestión es que, tomada la decisión de recapitalizar con fondos públicos a su banca, la situación de su sector público sólo podía orientarse hacia la quiebra.

Y tercero, los problemas de Irlanda no están relacionados esencialmente con el euro o los tipos de cambio fijos, sino con el envilecedor régimen de dinero fiduciario. Hay países fuera del euro que han sufrido expansiones crediticias mayores a las de Irlanda (Islandia, sin ir más lejos) y la actual situación de quiebra del tigre celta no se hubiese solucionado en nada de haber contado con una moneda propia.

Por consiguiente, la quiebra de Irlanda, lejos de ser un fracaso del libre mercado, lo es nuevamente del intervencionismo monetario que padecemos: un sistema que es capaz de multiplicar casi hasta el infinito la cantidad de crédito disponible sin amarrarlo a ninguna base real como el oro. El volumen de crédito depende de nuestra capacidad para prometer que cumpliremos con nuestras obligaciones, sea mucha, poca o ninguna nuestra liquidez o solvencia. Tal es el endiablado régimen monetario que hemos creado; y no, esto no se soluciona con más regulación sino ligando la oferta máxima de crédito a las disponibilidades de bienes presentes prestables.

Por otro lado, es previsible que durante estos días también oigamos recurrentemente desde el Gobierno y sus aledaños que España no es Irlanda (claro que Irlanda tampoco era Grecia y así ha terminado). Por desgracia, esta autocomplaciente afirmación es sólo una media verdad.

Es cierto que nuestro sistema financiero no ha alcanzado ni mucho menos un tamaño tan desproporcionado como el irlandés (el nuestro sólo es tres veces superior al PIB, frente a las 10 veces del irlandés). Pero, al mismo tiempo, nuestra economía también es mucho menos competitiva que la irlandesa: su déficit exterior en ningún momento de la burbuja financiera superó el 5% (nosotros llegamos al 10%) y su tasa de desempleo, incluso ante la quiebra de su economía, no ha superado el 14%.

Pero quizá la diferencia más notable sea que el Gobierno irlandés está dispuesto a hacer las reformas que la economía necesita –a falta de que su ciudadanía le deje y de que Bruselas no le imponga un plan de ajuste estrambótico como sería forzarle a subir el impuesto de sociedades–. Nosotros ni tenemos un Gobierno así ni es previsible que lo tengamos. Por consiguiente, aunque Irlanda se hunda, resurgirá de sus cenizas; es más, en cierto modo, tras toda una década de malas inversiones generalizadas en el ladrillo y la banca, el hundimiento puede ser la única purga que les permita recomponerse. En cambio nosotros seguimos arrastrando unas perspectivas de crecimiento pobres o nulas por culpa de una clase política que se empeña en que no se reajuste nada en nuestro sector productivo.

Nuestra perspectiva sería la de estancamiento y lento declinar como Japón, pero exhibimos una diferencia notable: padecemos un déficit anual de en torno al 10% del PIB que sin reestructurarnos tendremos muy difícil recortar. No somos Irlanda en lo malo, pero tampoco en lo bueno. Ellos van a ser rescatados hoy. Veremos si mañana existe voluntad y capacidad para rescatarnos desde Bruselas, porque desde luego ni Zapatero ni Rajoy parecen decididos a ahorrarles ese coste a los alemanes y, por supuesto, a los españoles.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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