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Columna publicada el 13-12-2002
La idea que tienen algunos de José Jiménez Lozano está rodeada de equívocos. Para empezar, suelen creer que es vallisoletano, cuando nació en Langa (Ávila), dato ciertamente irrelevante pues lo que importa es otra cosa, pero conviene explicarlo por ciertas afinidades que hacen las personas maliciosas entre las identidades regionales y los premios, sobre todo cuando se trata del Cervantes y “toca” escritor español. Más acertada es su reputación de “solitario de Port-Royal”, como llamaban en Francia, en la segunda mitad del siglo XVII, a aquellos “señores” que vivían austeramente cerca de la abadía de ese nombre. Según la leyenda, Jiménez Lozano ha convertido su casa de Alcazarén (Valladolid) en una especie de fortaleza-refugio donde vive alejado del mundanal ruido y dedicado a sus filosofías o pejiguerías, como diría él mismo, lo cual sin ser falso del todo, tampoco es cierto.
A sus setenta y dos años, José Jiménez Lozano vive retirado, pero no desvinculado, en tan apacible lugar, enriquecido por una previa y comprometida vida pública y tras haber desplegado una actividad lo suficientemente intensa como para proseguir desde ahí, y a mayor abundamiento, su esmerada tarea de análisis y denuncia de las causas que están acabando con los valores más comunes (también en los dos sentidos de la palabra), de eso que conocemos por humanismo y que caracterizan a la civilización a la que por ahora pertenecemos. Deducir de ello que es un humanista sería demasiado simple y pretencioso. Se trata simplemente de un hombre de letras, de un profesional, un periodista que fue en su día responsable de importantes publicaciones, como director de “El Norte de Castilla” y que conoce a fondo la realidad nacional e internacional.
Artículo a artículo, libro a libro ha ido construyendo a lo largo de tantos años de trabajo una obra de una coherencia absoluta. En ella, por encima de sus ponderadas excelencias estilísticas, prevalece una intención ética, tanto en el sentido moral como filosófico. Quienes lo seguimos sabemos hasta qué punto, en su caso, los criterios formales, de expresión, están al servicio de esos otros, más universales, más perennes, que se traducen en todos sus escritos, ya se trate de la descripción e interpretación de una realidad artística de Castilla o de la lejana Flandes, de la investigación sobre la religión, en donde destaca su labor para el mejor conocimiento de los judíos en España y, por supuesto, de sus novelas y cuentos, penetrados de una ironía bondadosa, aprendida en la mejor escuela (más de treinta volúmenes en total, de los cuales El viaje de Jonás, publicado en Ediciones de El Bronce es el más reciente y lo recomendamos precisamente la semana pasada en La Linterna), y de su delicada obra poética que “recrea y enamora”, y me remito al espléndido libro que ha publicado hace poco Pre-Textos, titulado Elegías menores.
Este premio que acaba de recibir, el Premio Cervantes, es el colofón natural de una serie de merecidos galardones: premio Castilla y León de las Letras en 1988, Premio Nacional de las Letras Españolas en 1992, Premio Nacional de la Crítica de Narrativa en 1988 y la Medalla de oro al mérito en las Bellas Artes 1998. La caravana sigue.

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