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'EL LINCHAMIENTO'

A por Federico

No exagero diciendo que El linchamiento es un libro importante. Confieso que tuve sensaciones diversas mientras lo leía: me reí a carcajadas, sentí ganas de vomitar, incluso lloré... de rabia y de pesar. Me llevó incluso a recuperar el recuerdo de episodios que, piadosamente, mi memoria había borrado.

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Ésta es una obra magnífica, documentada, sólida y muy bien escrita. Casi me atrevería a decir que constituye una auténtica Comedia humana de la España de los últimos años. Es en esta España, sí, sometida a un cambio no deseado y hurtado a la voluntad popular, donde se engrana la acción de El linchamiento, porque cuando se ha decidido llevar a cabo un plan de semejante envergadura hay que acabar con quien se enfrente con él.

Tucídides ya dejó de manifiesto lo difícil que era saber cuándo empezaba una guerra. Creo que lo mismo sucede aquí. Se podría decir que el linchamiento comenzó cuando el Rey, en el curso de una cena, manifestó su malestar con Federico. Como diría Esperanza Aguirre, si se hubiera tratado de Iñaki Gabilondo, el Rey lo hubiera invitado a comer. Era Federico y los medios se apresuraron a repetirlo.

Se podría decir que el linchamiento se gestó cuando la COPE se convirtió, con Federico a la cabeza, en lo que el hispanista Stanley G. Payne definió como la única oposición a ZP tras el 11-M. Se podría decir que el linchamiento se fue decantando a medida que personas relevantes, muy relevantes, de la Administración socialista se lo solicitaron a algunos obispos, por supuesto no de manera gratuita. Y se podría decir que el linchamiento se sentenció en aquel congreso del PP en Valencia en que Mariano Rajoy anunció que en su partido no había lugar para los liberales.

Yo, la deformación del historiador profesional me obliga a ello, creo, como haría Tucídides, que, en realidad, el linchamiento se convirtió en una acción inevitable desde el mismo día en que se gestó un plan para alterar el curso del sistema constitucional vigente a fin de cambiarlo por otro que favorecería a minorías agresivas y despiadadas, terroristas incluidos. Ese plan tuvo uno de sus momentos culminantes en los atentados del 11-M, manipulados por las izquierdas y los nacionalistas para cambiar el resultado de las elecciones y que llevaron al poder a ZP.

Durante la primera legislatura de ZP, los ataques contra Federico y otras personas fueron terribles, pero en su mayoría se trató de embestidas frontales que procedían de aquellos que podría darse por supuesto eran adversarios. Sin embargo, la segunda victoria electoral de ZP provocó cambios incluso en aquellos que, por definición, debían oponerse a lo que estaba sucediendo en España.

Hasta entonces los ataques habían venido de la izquierda y de los nacionalistas, que, por ejemplo, llegaron a crear en Cataluña un comité cuya finalidad real era impedir la difusión de los programas de COPE. Cómo sería de claro su objetivo que el primer informe que emitió estuvo dirigido única y exclusivamente a atacar a La Mañana, que dirigía Federico Jiménez Losantos, y a La Linterna, cuyo director era a la sazón un servidor de ustedes.

Sin embargo, tras aquella segunda victoria electoral, el PP de Rajoy cambió, y también lo hicieron –justo es decirlo– la Conferencia Episcopal y la dirección de COPE; dirección de COPE, por cierto, que, a tenor del último EGM, si hubiera tenido en sus manos el destino de España la habría dejado peor que ZP, que ya es decir. Baste decir que ZP y sus cuates, a pesar de su dañina gestión, jamás aniquilaron ni de lejos el 70% de la capacidad productiva del país, que fue lo que hizo precisamente la dirección de COPE cuando despidió a Federico.

 Federico –que había sido casi idolatrado, al que invitaban a comer los obispos (soy testigo: lo acompañé en alguna de esas comidas), al que los comerciales agradecían los incomparables resultados económicos (entonces lo eran sin los periodistas de deportes de la SER), al que no pocos periodistas y anejos pedían entrar en sus tertulias– se convirtió en blanco de las calumnias y las insidias, los ataques y los navajazos, las querellas y las amenazas de todos.

No sólo es que el PSOE y los nacionalistas arremetieran contra él. Insisto: eso se daba por supuesto. También lo hizo el sector de la policía más afectado por las investigaciones del 11-M (presumiblemente, algunos se sentarán en breve en el banquillo), el sector del PP más ambicioso y menos convencido ideológicamente (¿o acaso alguien conoce las convicciones ideológicas de Gallardón?) y, al fin y a la postre, la propia gente de COPE y personajes nada carentes de importancia de la Conferencia Episcopal. En este último caso, sólo un ejercicio disciplinado de caridad me impide entrar en detalles, porque pocas, muy pocas veces he sido testigo de tanta ingratitud y cicatería con alguien del que sólo se habían recibido beneficios. Baste decir que los que se mostraron año tras año ridícula y miserablemente mezquinos a la hora de renovar los contratos de Federico en COPE no tardaron en suscribir uno por una duración de tres años –algo que nunca tuvo Federico– con un director de La Mañana que apenas ha alcanzado la mitad de la audiencia que en su día tuvo aquél.

Quizá el único consuelo es que, en todos y cada uno de los casos, los que así actuaron recibieron más de treinta monedas de plata... siquiera por la inflación.

Cualquiera que repase las jugosas páginas de este libro verá con transparente y cristalina claridad que al olor de la sangre acudieron no pocos; entre ellos hubo algún pseudo-exorcista (subrayo lo de pseudo porque no he podido comprobar que ninguna autoridad eclesial le haya encomendado tan delicado encargo), algún sacerdote decidido a hacer carrera y que acabó iniciando un procedimiento legal contra unos humoristas simplemente porque habían aparecido unas fotos en internet donde se divertía en una piscina con unos jovencitos –fotos totalmente inocentes, quiero insistir en ello– y buena parte de los que debían sus salarios y sus pluses al trabajo de Federico y a la audiencia que tenía, o que, simplemente, se sentían desairados porque no les había franqueado la puerta de COPE.

Recuerdo haber vivido aquellos años en un estado de guerra encarnizado y, por encima de todo, constante, en el que los peores ataques no nos venían de frente sino por la espalda. Las anécdotas son numerosas y Federico cuenta no pocas aquí. Yo recuerdo alguna en especial, como cuando, tras anunciarse que echaban a Federico, me apresuré a manifestar desde los micrófonos que me parecía un disparate. Se produjo entonces un episodio que no es conocido y en el que me vi presionado por uno de los directivos de la casa de una manera que nunca hubiera podido imaginar. En cualquiera de los casos, no lo sientan ustedes por el personaje. Abandonó sus funciones llevándose una indemnización extraordinaria, a diferencia de lo que sucedió con Federico o conmigo, que nunca recibimos un euro en ese sentido.

Resumiendo: al final, los adversarios eran muchos y sólo podíamos aspirar a ser derrotados con honor; derrotados, pero ni vencidos ni eliminados. Por el contrario, estábamos dispuestos a seguir dando la batalla desde un nuevo medio, que recibió el nombre de esRadio.

Me consta que cuando comenzamos esRadio la mayoría nos daba por amortizados, así me lo señaló un importante personaje de los medios de comunicación, que, no obstante, me hizo saber que aquella apreciación era errónea... y me recomendaba invertir en esRadio porque tenía futuro. Incluso se ofreció a prestarme dinero con ese fin... No lo acepté, pero la anécdota indica hasta qué punto había gente que sabía que no estábamos liquidados.

Por fin, el 7 a las 7 comenzaba esRadio. Allí estaba Federico, por supuesto; el equipo de Libertad Digital, con Javier Rubio, Javier Somalo y Dieter Brandau, entre otros; Isabel y Rosana; Luis Herrero, que, pasada su etapa de eurodiputado, regresaba felizmente a los medios, y, como no podía ser menos, un servidor de ustedes.

Muchos, muchísimos habían decidido –¡han decidido!– entregar España a un propósito maligno simplemente porque de ello dependían y dependen su medro y sus intereses personales. Sinceramente, daba igual que llevaran al cinto una pistola, un escaño, una columna o un crucifijo. Nosotros, sin embargo, teníamos otro compromiso: el de defender España y la libertad. En eso estábamos, en eso seguimos y, Dios mediante, seguiremos.

Para finalizar esta reseña, quisiera dar las gracias a todos los que nos han perseguido y calumniado, a todos los que se han querellado contra nosotros y han buscado nuestra extinción.

Tendrán que permitirme que les cuente una historia para que comprendan el por qué de mi agradecimiento.

Cuando los envidiosos hijos del patriarca Jacob decidieron vender a su hermano José a unos mercaderes que se encaminaban a Egipto, soñaron con haber eliminado de manera definitiva a alguien al que injustamente odiaban; simplemente porque era mejor que ellos. Sin embargo, Dios, en su sabia Providencia, hizo que aquella acción, perversa e inicua como pocas, se convirtiera en la antesala del triunfo de José, que acabó siendo visir del faraón y viéndose precedido por un siervo que gritaba "Abrek Abrek" para que le dejaran paso. Me han dicho que lo mismo sucede hoy en día con algún asesor de Gallardón, pero no he podido contrastar el dato. En cualquier caso, y por volver a la historia, no me cabe duda de que sin nuestros enemigos, sin los enemigos sobre todo de Federico que nos echaron de COPE, nunca habríamos podido crear esRadio, que, a día de hoy, es la radio más libre de España. Tampoco se habría podido escribir este libro extraordinario que debemos a Federico Jiménez Losantos.

Creo yo que son dos motivos más que suficientes para estarles agradecidos.

 

NOTA: Este texto está basado en la presentación que de EL LINCHAMIENTO hizo CÉSAR VIDAL en la presentación del libro, celebrada el pasado día 1 en un hotel de Madrid.

FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS: EL LINCHAMIENTO. La Esfera (Madrid), 2011, 656 páginas.

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