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EL FLAUBERT DE MAUPASSANT

A vueltas con el idiota de la familia

Ana Nuño

Sartre no pudo con él: en casi cuatro mil páginas de estrábico desvarío sobre la neurosis flaubertiana, parió un ratoncillo imperfecto, con la cola cortada y sin hocico. A Maupassant le bastaron dos ensayos, que caben en un centenar de páginas, para fijar la estampa del "novelista para novelistas", como lo llamaba Henry James.

La joven editorial Periférica ha tenido la buena idea de reunir esos dos textos de Maupassant. Son desiguales. El primero y más extenso sirvió de prólogo, cuatro años después de la muerte de Flaubert, a la primera edición de la correspondencia entre "Madame Bovary, soy yo" y George Sand. No por novedoso, ya que retoma lo previamente expuesto en tres artículos, uno de ellos publicado en vida de Flaubert, sino por ofrecer el más completo resumen del alegato de Maupassant, ha quedado como compendio de las virtudes del escritor normando. El segundo es un artículo publicado en noviembre de 1890 en L'Écho de Paris, del que son de agradecer la brevedad y la evocación de dos o tres momentos compartidos.

La imagen de Flaubert más persistente es obra de Maupassant, y precisamente es la que se desprende de estos ensayos. A tal punto lo es que podría decirse que el ruanés fue uno de los personajes más redondos del autor de El Horla. El Flaubert de Maupassant es un gigante solitario, incomprendido y hasta traicionado, aun por sus amigos (empezando por Maxime du Camp), inmune a las humanas pasiones y devorado por un ideal al que se consagró en cuerpo y alma: "El apóstol más ferviente de la impersonalidad en el arte". Con él, con este personaje de Maupassant, ingresó en el panteón de las letras el escritor puro, ese héroe ceñudo en permanente lucha contra los dos dragones del siglo XIX: el romanticismo y el realismo.

Basta con leer las seis novelas de Flaubert y los tres cuentos de Tres cuentos para comprender que lo que escribía Flaubert nada tenía que ver con "el empalagoso jarabe de las novelas elegantes y las inverosímiles aventuras de las novelas rocambolescas", y también que reducir a esto el romanticismo es una operación un tanto fraudulenta. Como lo es también afirmar: "Realista es aquel que no se preocupa más que del hecho en bruto sin comprender su importancia relativa y sin darse cuenta de sus repercusiones". Estas definiciones no son de Flaubert, sino del personaje Flaubert creado por Maupassant. Que, hélas, ha acabado sobreimponiéndose a la comprensión de la obra de Flaubert, mucho más compleja y bastarda.

El mérito de Maupassant, al menos en su ensayo de 1884, es otro: atreverse, por primera vez, a abarcar con la mirada toda la obra narrativa de Flaubert. Pero tampoco aquí supo resistirse a la tentación de crear un tipo psicológico. Para explicar lo dispares que son Salambó y La tentación de San Antonio, por un lado, y, por otro lado, Madame Bovary y La educación sentimental, Maupassant cede a la facilidad de la polaridad. Flaubert se habría pasado la vida oscilando, "como consecuencia de una de esas reacciones instintivas de su mente", entre la descripción "sobria y perfecta" de la "minuciosa existencia" cotidiana y el "lirismo", lo "poético" y "operático" de ambiciosos temas históricos.

En suma: el Flaubert de Maupassant era una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde que, en bata y pantuflas encerrado en su gabinete de Croisset, se consagró a la búsqueda del elixir de la literatura pura, libre al fin de escorias sentimentales y naturalistas. Este titán doméstico habría dado con su fórmula magistral en su última tentativa, que la muerte, a sus 59 años, dejó inconclusa: Bouvard y Pécuchet.

Parece mentira, pero este personaje de ficción sigue fatigando las páginas de los manuales escolares de literatura al uso en Francia. Aderezado con las canónicas referencias biográficas (padre prestigioso y distante, madre dominadora y fría, hermanos más listos y exitosos) y una temprana epilepsia que proporciona el conveniente toque de malditismo que sólo las personas sanas se atreven a atribuir a los estados patológicos, este es el Flaubert de manual: genio solitario, oficiante de la literatura pura (y dura), alejado a conciencia y sabiamente del mundanal ruido.

Hubiese sido interesante, además de estos dos textos fundacionales de San Flaubert, recoger otras miradas, tal vez menos imaginativas pero no menos prestigiosas. Por ejemplo, la que pasea Sainte-Beuve por Madame Bovary en una de sus Causeries du lundi (4 de mayo de 1857). Cargada de moral, como siempre en este crítico, pero también, como a menudo, de observaciones muy pertinentes. Por ejemplo, en esta pregunta, que me parece que fue Sainte-Beuve el primero en hacerse, sobre la dichosa "impersonalidad" de la más famosa novela de Flaubert: ¿por qué, entre tantos personajes "tan reales y llenos de vida, no hay uno solo al que pueda suponérsele que su autor haya querido parecerse"? O en este apunte sobre la obsesiva fidelidad de Flaubert a "la verdad": "Puestos a buscarla y a no buscar otra cosa, no es verdad que hayamos de encontrarla siempre ni necesariamente en el mal, o en la estupidez y la perversidad humana".

Y está, desde luego, el gran prefacio de Henry James a Madame Bovary, de 1902, retomado infinidad de veces (la primera, en Notes on Novelists, dos años antes de la muerte de James). Que es mucho más que eso, ya que su autor aprovecha la ocasión para repasar toda la obra de Flaubert y, además, relatar los breves encuentros que sostuvieron en París. Como James tiene fama, no inmerecida, de haber aprendido dos o tres lecciones del maestro de Croisset, el prefacio tiene el atractivo añadido de que, a diferencia de los panegíricos de Maupassant, es un repaso crítico de toda la obra, escrito con la acostumbrada ironía de James y alguna que otra genialidad. Justamente, sobre la "dualidad" de la obra de Flaubert, o su aspecto Dr. Jekyll y Mr. Hyde, se le ocurre a James esta tremenda imagen: el caparazón de un escarabajo, "un insecto raro y espléndido, que se apoya en dos alas de diferentes colores: la de la derecha, pongamos, de un rojo encendido, y la de la izquierda de un no menos explícito amarillo". Por supuesto, afecto a las simetrías como era James, decidió que "Bouvard et Pécuchet podría hacer las veces de cola (en caso de que los escarabajos llegaran algún día a tenerla) de nuestro análogo insecto. Sólo que, en tal caso, habríamos de rematar su punta con el pequeño tomo de los Tres cuentos, esencialmente de un color dramáticamente imaginativo".

Y por qué no incluir, en esta imaginaria colección de textos sobre Flaubert, las tremendas reconvenciones de Paul Valéry. A quien era imposible que le gustara Flaubert, sencillamente porque no podía ver en él a un clásico. Y clásico, para Valéry, es "todo arte que se impone la tarea de dominar una teoría o unos principios definidos, y que no se basa enteramente en la búsqueda del efecto, sino en una especie de aparente convención e higiene". En sus Cahiers dejó dichas cosas tremebundas sobre Flaubert, que no repetiré aquí para no ofuscar a los "corazones sencillos", pero también la más inteligente nota sobre la imperfección de Bouvard y Pécuchet (una obra que había conseguido otorgarle a la ironía de Flaubert, decía James, "la sequedad de la arena y la pesadez del plomo"): ¿qué interés puede haber en exponer la idiotez de dos idiotas? Lo interesante, añade Valéry, habría sido atreverse a exponer la de Pascal o la de Kant, y en su propio terreno.

En todo caso, bienvenidos al castellano estos dos ensayos de ficción de Maupassant.


GUY DE MAUPASSANT: TODO LO QUE QUERÍA DECIR SOBRE GUSTAVE FLAUBERT. Periférica (Cáceres), 2009, 132 páginas.

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