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ESCRITOS DE LINCOLN

Cómo mantener unida la nación

Abraham Lincoln no sólo ha pasado a la Historia como uno de los mejores presidentes que ha tenido Estados Unidos, sino acaso también como uno de los más populares y ejemplares que ha conocido la Humanidad. Y es que la vida y la obra del gran estadista americano personifican un modelo de patriotismo, entereza e integridad en el quehacer político de alcance universal.

Con todo, Lincoln fue asimismo un maestro de la elocuencia y un gran orador. La reciente publicación en español de la antología El Discurso de Gettysburg y otros escritos sobre la Unión permite comprobarlo para quien no estuviese al tanto de esta circunstancia.
 
Suele hablarse, en las más variadas situaciones, de silencios clamorosos y de ausencias muy llamativas, pero ¿cómo explicar que hasta la fecha el lector en español no dispusiese de obra traducida de Abraham Lincoln con la que ilustrarse y sacar sabias lecciones de historia, moral y política? Durante los años 60 del pasado siglo la editorial argentina Tres Américas publicó una amplia compilación de discursos, escritos y debates del más emblemático presidente estadounidense, pero posteriormente la desatención a la hora de verter su obra en lengua española ha sido tan pertinaz como una sequía.
 
En España salen cada año de las imprentas más de 60.000 nuevos títulos. Cifra escalofriante para un país de raquíticos hábitos lectores. Ciertamente, el sector en cuestión exporta mucho, y eso compensa balances y trances interiores, por lo que, a pesar de todo y dejando al margen su ancestral tendencia a la tradicional lamentación, se encuentra muy animoso. Un entusiasmo, empero, y a mi parecer, poco justificado. En España, ciertamente, se publica (y traduce) mucho, pero no siempre bien, con buen criterio. Como en otros espacios de la cultura, los editores españoles no siempre distinguen con claridad entre lo interesante y lo importante, entre lo fútil e imprescindible. He aquí la cuestión.
 
La edición que ahora traemos a comentario no puede decirse, por lo demás, que llene el olvido y el vacío señalados, puesto que supone una antología no ya tardía, sino, asimismo, un tanto morosa; una ración, diríase, que queda escasa, teniendo en cuenta la enormidad de la deuda contraída, la reparación pendiente y el valor intrínseco del testimonio que tenemos delante.
 
Los discursos y escritos de Lincoln constituyen un patrimonio de la Humanidad que debería estudiarse y divulgarse con gran generosidad, especialmente en estos tiempos de estupidez (y malicia) institucionalizada, donde todo un presidente del Gobierno de la nación española, fielmente asesorado por "expertos" –jueces, militares y catedráticos– no menos institucionalizados, confiesa con descaro no saber lo que es una nación, ni falta que le hace, ni para lo que sirve, ni si merece defenderse o echarla a los lobos.
 
Seguimos, por tanto, a la espera de la edición definitiva en español de las Obras Completas de Abraham Lincoln. Mas no pierda tiempo quien no conozca todavía el contenido y el timbre patriótico de los textos del incomparable abogado llegado de Kentucky a la Casa Blanca y tenga pronta noticia, merced a esta antología, de una parte significativa de los discursos vibrantes que animaron hace más de dos siglos al pueblo americano a luchar contra la esclavitud, el fanatismo y la traición, y a defender la libertad, la tolerancia y la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos; todo lo cual pasa necesariamente, ayer como hoy, por mantener unida la Nación.
 
"No soy un maestro del lenguaje, no he recibido una buena educación, no soy capaz de entrar en una disquisición dialéctica, como creo que lo llamáis […] No me preocupan los subterfugios verbales. Sé lo que quería decir y no dejaré a esta multitud en la duda si puedo explicarle lo que realmente quise decir" (Discurso en Chicago, 1858).
 
Hoy, cuando el "subterfugio verbal", la "disquisición dialéctica" travestida de discurso funambulesco y la desvergonzada palabrería pseudopolítica llenan las bocas de ministros y ministras, de "líderes" e intelectuales en fase de ruina, resulta reconfortante leer, y casi escuchar, las palabras claras y sinceras, graves pero estimulantes, de un presidente que se dirige al pueblo como uno más ("Nosotros, el pueblo") pero consciente al mismo tiempo –no es un demagogo– de la autoridad y la inmensa responsabilidad que le conceden el puesto y el destino que tiene entre sus manos, en un momento especialmente dramático para la Unión ("Yo, Abraham Lincoln").
 
Con todo lo que tuvo que padecer el pueblo americano para seguir siendo y existiendo como Nación, sin amputaciones ni renuncias a la integridad, territorial, política y moral, la experiencia norteamericana en defensa de la libertad puede contemplarse hoy, si no como un suceso irreprochable, sí como un acontecimiento aleccionador. De este modo, por ejemplo, describe el hecho Louis Menand en su libro El club de los metafísicos. Historia de las ideas en América:
 
"Es un hecho notable que Estados Unidos haya pasado por una guerra civil sin sufrir un cambio en su forma de gobierno. No se abandonó la Constitución durante la Guerra Civil americana, no se suspendieron las elecciones y no hubo ningún golpe de Estado. Se luchó para preservar el sistema de gobierno establecido al fundarse la nación: lo que se demostró es que valía la pena preservar el sistema y que la idea de democracia no había fracasado. Éste es el significado del discurso de Gettysburg y del gran grito de batalla del Norte: 'Unión'".
 
El Discurso de Gettysburg, pronunciado el 19 de noviembre de 1863 y que da título al volumen que ahora centra nuestra atención, es breve y conciso, pero no tiene desperdicio. Representa un canto a la nación en libertad, al gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, una oración fúnebre a quienes dieron su vida por estos altos ideales. También un mensaje franco para todos los que tendrán que sacrificarla en el futuro, si no quiere perderse miserablemente lo que tanto costó ganar.
 
Lincoln, hombre apasionado y sencillo, pero no por ello crédulo ni confiado, nunca defrauda con su palabra porque con ella no engaña. Su voz firme y grave golpea aún las conciencias de todos los hombres de buena voluntad: "El mundo no tomará nota ni recordará durante mucho tiempo lo que digamos aquí, pero no podrá olvidar nunca lo que ellos hicieron".
 
Y, en efecto, no olvidamos. Por ello estamos aquí hablando de lo que hablamos.
Junto a la célebre invocación de Gettysburg, el presente volumen recopilatorio recoge poco más de una docena de discursos y arengas de Lincoln, comenzando con el 'Discurso al liceo de los jóvenes de Springfield: la perpetuación de nuestras instituciones políticas', de 1838, y finalizando con el 'Discurso sobre la Reconstrucción', de abril de 1865.
 
Una edición del Discurso de Gettysburg.Es éste el último discurso que Lincoln pronunciaría, dos días antes de la rendición del general Lee ante el general Grant en Appomattox y tres días antes de ser asesinado a manos de John Wilkes Booth, durante la representación en el teatro Ford de Washington de la pieza Our american cousin ("Nuestro primo americano").
 
Muy oportunas y significativas la obertura y el epílogo: para empezar, el joven Lincoln instruye a los jóvenes americanos sobre los peligros que amenazan a la Nación (por ejemplo, la autocomplacencia o la ley de masas) y, finalmente, el señor Lincoln, presidente victorioso de una nación malherida por la Guerra Civil pero a punto de ser recompuesta y salvada, termina (prematuramente, traicioneramente, carrera política y vida) pensando en la reconciliación nacional, en la reconstrucción de una nación invencible.
 
El concepto de Unión es "algo más grande" que la realidad subalterna de los estados que la componen, viene regido por una ley superior a la que deriva de los ordenamientos y los caudillos territoriales y está por encima de lo autoproclamado por algunos como "sagrado derecho de autogobierno" o "soberanía" fragmentaria, "subterfugios verbales" que en la práctica ocultan el afán de secesión y en el fondo contravienen el derecho natural recogido por los Padres Fundadores en la Declaración de Independencia. Ocurre, sencillamente, que "una casa dividida contra sí misma no se sostiene en pie" (Discurso en Springfield, Illinois, 1858). Y ello no es sólo algo lamentable, sino algo que debe ser solucionado, enderezado.
 
Sea, pues, bienvenida la presente antología de discursos de Lincoln, la cual se junta en el tiempo y en los escaparates de las librerías con la edición, más ambiciosa y liberal, de los "mejores discursos" de Winston S. Churchill: "¡No nos rendiremos jamás!". He aquí, en suma, dos mensajes complementarios y aliados de la mano y la voz de dos ilustres estrategas, acaso los más excelentes líderes democráticos que ha habido nunca. Dos personajes eminentes que tenían mucho más en común –la fe y la defensa de la libertad a cualquier precio, pero también la elocuencia y el buen humor derramados en sus respectivas alocuciones públicas– de lo que los caracteres nacionales, los temperamentos y los distintos posicionamientos sobre asuntos coloniales pudieran distinguirles.
 
Abraham Lincoln. De la casta de este hombre serio pero bien humorado, poco refinado pero de finísima inteligencia y sabia diplomacia, da cuenta en un sólo trazo esta sabrosa anécdota, este ilustrativo y brillante –casi diría también que lustroso– diálogo recogido y transmitido por Adolfo Bioy Casares:
 
(El presidente norteamericano recibe al embajador de Inglaterra en sus aposentos)
– El embajador: "Los caballeros ingleses nunca lustran sus botas".
Abraham Lincoln (que estaba lustrando el calzado, levanta la cabeza y pregunta): "¿Las botas de quién lustran ustedes?".
 
 
Abraham Lincoln, El Discurso de Gettysburg y otros escritos sobre la Unión, Madrid, Tecnos, 2005.

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