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'UNA POSTAL DE 1939'

Descubrir la tiranía

Carmen Pulín Ferrer

"Nunca juzgues un libro por su portada", aconseja un dicho inglés. Cuántas veces habremos elegido un libro porque en su cubierta aparecía una imagen atractiva u original, para luego descubrir que lo narrado carecía por completo de esas dos características. Y es que, a veces, las cubiertas parecen elegidas para despistar más que para ayudar al lector.

No es el caso de Una postal de 1939, cuya imagen de cubierta responde perfectamente a la trama del libro: una fotografía de época –finales de los años treinta– en la que aparece una jovencita sonriente que pega un cartel en un escaparate. A juzgar por el título y la foto, nos aguarda una historia costumbrista, posiblemente romántica. Una muchacha que empieza a vivir su juventud en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Nada extraordinario que no hayamos leído antes.

Sin embargo, si nos fijamos en el cartel del escaparate, la cosa cambia. Al leer ese cartel, en apariencia inofensivo, nos estremecemos: "Este negocio es ario", pone en italiano. Y comprendemos que esa foto refleja la mayor tragedia del siglo XX.

Marcella Olschki consigue reflejar aquí esa tragedia; sutilmente, pero sin dejar de conmovernos. Olschki nos cuenta su último año de liceo, cuando con diecisiete años siente que se le abren las puertas de la edad adulta, del mundo real. Es una jovencita llena de ilusiones, que ríe con las ocurrencias del gracioso de la clase, que pasea con sus amigos y vive su primer amor.

Olschki posee un estilo limpio, sin florituras, muy adecuado a la narración. Resulta a veces casi cinematográfico, y recuerda a las clásicas películas españolas e italianas de los años cincuenta que nos mostraban una juventud pobre pero alegre e ilusionada, con esos pequeños infortunios cotidianos que a los dieciocho años se viven como tragedias griegas, con los bailes, paseos y primeros flirteos que suelen asociarse con el Amor.

Pero en este mundo amable, casi aburrido, que nos muestra las primeras páginas de la narración se ha introducido un monstruo, el del totalitarismo, y lo trágico es que nadie parece verlo. El fascismo italiano, en su decimoséptimo año triunfal, se ha convertido en algo cotidiano, corriente, asumido por todos. Profesores que al entrar en clase hacen el saludo romano; arengas radiofónicas; loas al Duce; exhortaciones al patriotismo tan ridículas como la que invita a reutilizar los posos de café para fabricar jabón y así contribuir a la ansiada autarquía... Todo esto es ya tan corriente, que nadie lo cuestiona. Los adultos protestan por el incordio de tener que soportar tanta ridiculez, los jóvenes se ríen, pero nadie se rebela, al contrario: todos tratan de aparentar que son más fascistas que el vecino, que a patriotas no les gana nadie; disimular para no parecer diferentes. A fin de cuentas, ¿qué importa? Lo importante es la familia, los amigos, el día a día; lo demás es política, cosas de los que mandan, parecen pensar todos.

Los jóvenes tampoco cuestionan el Régimen. Es un tostón tener que escribir una redacción cada 28 de octubre loando la Marcha sobre Roma; es aburrido interrumpir la clase para escuchar la emisora fascista con sus absurdas proclamas; pero es divertido poder saltarse las clases improvisando una manifestación de apoyo a Mussolini o reivindicatoria de la soberanía italiana sobre Libia. Da igual el motivo, el caso es disfrutar de un día libre con los amigos, riendo lejos de las aulas y sabiendo que no habrá represalias; de hecho, la prensa alaba esos espontáneos gestos patrióticos.

Pero de pronto todo cambia para Marcella. Una postal dirigida como broma a un profesor tiene consecuencias trágicas. La joven no ha contado con que el profesor en cuestión es un destacado militante fascista y ella, hija de un judío. El fascismo, bajo su apariencia casposa, ridícula, antigua, que tantas risas les provocaba a ella y a sus compañeros, se le revela ahora como lo que es: un régimen violento, tiránico, que no admite bromas y domina mediante el miedo.

Marcella tendrá que comparecer ante un tribunal: la experiencia le cambiará por completo y la preparará para la inminente tragedia de la guerra. Su despertar al mundo adulto no puede ser más diferente de lo que imaginaba: la Italia en la que vive no es el alegre paraíso que proclama la propaganda mussoliniana, sino un país en el que hay ciudadanos de segunda, como su padre, y en el que dominan la fuerza, la injusticia y el absurdo.

Olschki concluye con una nota de esperanza: en su caso no triunfó el más fuerte, pero sabemos bien que no todos tuvieron, ni tienen, tanta suerte. Los totalitarismos siguen muy vivos: siguen dominando mediante el miedo y la sospecha, y contando con el arma más poderosa de todas: la indiferencia de aquellos a los que someten.
 

MARCELLA OLSCHKI: UNA POSTAL DE 1939. Periférica (Cáceres), 2012, 108 páginas. Traducción de Francisco de Julio Carrobles.

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