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TECNOLOGÍA Y LIBERTADES

El efecto Facebook

Zapatero gustaba de regalar libros. A Barack Obama le regaló la guía turística Barcelona y Catalunya, y a sus ministros las obras completas de Miguel Hernández, Cuentos del libro de la noche, de José María Merino, y Todos mis cuentos, de Ana María Matute. A Íngrid Betancourt, tras su liberación, El libro de la vida de Santa Teresa y la Divina comedia ilustrada por Miquel Barceló.

De Rajoy no se conocen aficiones literarias, más allá de los estupendos artículos de Alfredo Di Stéfano en Marca, pero me quedaría más tranquilo si comenzara a repartir a diestro y siniestro El liberalismo no es pecado de Rodríguez Braun y Rallo; Lucro sucio. Economía para los que odian el capitalismo, de Joseph Heath, o biografías de grandes emprendedores que con su ejemplo sirvan de acicate para cambiar una mentalidad con más querencia por el funcionariado que por la actividad empresarial. Biografías como la magnífica que sobre Steve Jobs ha escrito Walter Isaacson o la que ahora le presentamos, de David Kirkpatrick y sobre el último prodigio del panorama innovador, el creador de Facebook Mark Zuckerberg.

Mientras que en Multimillonarios por accidente (base de La red social de David Fincher y Aaron Sorkin) Ben Mezrich trazaba un ácido y sarcástico retrato de Zuckerberg, a medio camino entre la genialidad y el cretinismo, Kirkpatrick se introduce con mucha más delicadeza, no exenta de crítica en ocasiones aunque siempre respetuosa, en los dormitorios de Harvard donde empezó la leyenda, en las mansiones de Palo Alto en que la idea originaria se transformó en negocio –entre fiestas cerveceras y noches de insomnio programador–, en los despachos de los ángeles financieros que arriesgaron capitales millonarios en lo que entonces no era más que una promesa sin beneficios concretos con que nutrir las cuentas corrientes.

Como en el caso de Jobs, al que admiraba por sobre todas las cosas, Zuckerberg, el chaval callado que prefiere escuchar a hablar pero que cuando abre la boca sería capaz de silenciar al mismísimo Hugo Chávez, es ante todo un visionario, un emprendedor conceptual, uno de esos héroes randianos que plantean asaltar los cielos sin salirse de las reglas del juego de la economía de mercado. La utopía zuckerbergiana consiste en llevar a su culminación la conexión entre todos los individuos de la inmensa tribu humana, desparramada por todo el planeta. En este sentido, Facebook se puede considerar como el fin de la historia (entendida la expresión más bien como metáfora que como concepto) de los movimientos de masas que comenzaron en las postrimerías del siglo XVIII, con las protestas populares inglesas, y llegan hasta nuestros días, en los que aún sigue vivo el recuerdo de las movilizaciones del sindicato polaco Solidaridad y de los estudiantes chinos masacrados en Tiananmen, que destruyeron simbólicamente las tiranías comunistas y dieron paso al neocapitalismo digital, en el que Steve Jobs era Dios y del que Mark Zuckerberg ha quedado como su más genuino profeta.

David Kirkpatrick, que fue editor jefe de Internet y Tecnología de la revista Fortune, ha escrito un relato bien trenzado y a la distancia justa, sin insistir gratuitamente en el reverso tenebroso de Zuckerberg pero sin ignorar las polémicas, los errores y las manías que adornan a alguien tan idiosincrático como él, que no se limita a ser un geek, el friki obsesionado por la tecnología y la informática. Y es que Zuckerberg tiene una formación mucho más amplia y culturalmente compleja que el tópico informático obsesivo, analfabeto funcional en su burbuja unidimensional de chips y código binario.

Por el contrario, Kirkpatrick es capaz de comprender la inquietud intelectual que lleva a Zuckerberg –émulo aquí también de Jobs– a dirigir Facebook como si fuese algo más que una empresa: una herramienta política en su más alta y amplia acepción:

Lo que ocurrió en Columbia es un indicador muy temprano de que el modo de gobernar está cambiando... [y de cómo] se pueden formar poderosas organizaciones políticas. Esto puede alterar realmente las libertades de la gente y la libertad en general.

Este foco por la ampliación de la libertad, que Zuckerberg identifica con una voluntad de transparencia respecto de nuestra identidad, encuentra su contradicción más flagrante en el poco respeto que Zuckerberg ha mostrado, en general, por el derecho a la privacidad de los usuarios de su red a la hora de decidir qué se puede hacer público y qué no en las páginas personales:

Tener dos identidades demuestra falta de integridad. El nivel de transparencia que el mundo tiene hoy en día no permitirá que una persona tenga dos identidades

Como en el célebre anuncio en el que Apple denunciaba las tendencias orwellianas implícitas en el dominio cuasi monopolístico de IBM, Mark Zuckerberg puede estar convirtiéndose, paradójicamente, en alguien que pretendía hacer de su empresa un emblema de la libertad en internet, en la enésima encarnación del Gran Hermano. Porque... ¿no estamos haciendo peligrar nuestra libertad al confiar tanta información a una empresa como Facebook, para la que, al fin y al cabo, somos un producto que vender a los anunciantes? Sobre todo porque no hay reciprocidad, ya que nosotros, los usuarios de la plataforma, sabemos muchísimo menos de ellos, pues no practican la transparencia con la que sermonean a los demás, con lo que estamos completamente a su merced. En cualquier momento puede Facebook despojarnos de nuestro perfil, algo que, en cambio, no podemos hacer nosotros, o no sin complicaciones.

Este libro es también un ejemplo más de cómo el capitalismo necesita de la figura del destructor creativo –como quería Schumpeter–, un iconoclasta que piense que es mejor pedir perdón que pedir permiso, que no se limite a observar qué necesidades tiene el prójimo sino que se atreva a crear otras nuevas, que nadie haya siquiera imaginado. Por otra parte, Kirkpatrick muestra que Facebook, de la lucha ciudadana contra el terrorismo en Colombia hasta los movimientos de liberación en las dictaduras árabes, es la herramienta más importante para la promoción de la democracia en el mundo.

Tras el fenómeno de la burocracia que pensó Weber y el de los mercados que tematizó Hayek, hoy en día el tercer factor que ordena las sociedades humanas son las redes, de las que este libro de Kirkpatrick sobre Zuckerberg es uno de sus mejores mapas (del tesoro).

Señores presidentes: regalen menos divinas comedias y más ciencias lúgubres.

 

DAVID KIRKPATRICK: EL EFECTO FACEBOOK. Gestión 2000 (Barcelona), 2011, 456 páginas. Traducción de Mar Vidal.

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