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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

El hombre perro en el Neguev

Leer a Yoram Kaniuk es una experiencia tan magnífica como desgarradora. Pasa con él lo mismo que con Singer, lo mismo que con Roth: la lectura hace que uno ya no vuelva a ser el mismo. A este hombre se le escapa la literatura por todas las costuras y, por tanto, suda tragedia. El hombre perro es, tal vez, una de las mejores novelas del siglo XX en torno de la Shoá y sus consecuencias. Pero nada tiene que ver con el testimonio de Primo Levi o de otros tantos que contaron el espanto del lager.

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Confieso que no había tenido noticias de Kaniuk hasta que su exquisito editor, Luis Solano, de Libros del Asteroide, un sello al que hay que prestar mucha atención, me hizo llegar su novela. La aparqué en un estante, convencido de que debía de tener una carga de buenismo insoportable, al modo de Yehoshua u Oz. Desde luego, en Israel se escriben estupendos libros, y muy críticos (basta con leer a la malograda Batya Gur, publicada aquí por Siruela), pero la mayor parte de lo que se traduce es únicamente buen rollito con los palestinos y mucha culpa por ser quien se es. Como yo no tengo dudas acerca del Estado de Israel y la amenaza islámica, suelo dejarlos de lado.
 
En La Razón, alguien le hizo una entrevista a Kaniuk, que leí con prisas en el café pero que me descubrió a un tipo distinto, que se quejaba de la ruptura con la tradición literaria judía que estaban cometiendo sus contemporáneos con la pérdida del sentido del humor. ¿Qué quedaría de Singer sin humor? Lo que decía es cierto: los israelíes que he leído son serios, muy serios, y la solemnidad es la peor enemiga de la tragedia, que se hace con las manos manchadas de Macbeth y los puñales plebeyos que se hunden en la carne de César. Es el humor asombroso de quien se sorprende no ante la muerte, sino ante el hecho de que le venga de mano de su amado Bruto. ¿Hay acaso frase más graciosa en el teatro universal que ese "Tú también" shakespeariano? Hay otras igual de buenas, pero ninguna mejor.
 
De modo que, al volver a casa, me puse a leer El hombre perro. Que recomiendo sin ambages.
 
Stephan Shayevitz: SHOA 3 (DETRESSE).Adán Stein no es un hombre perro simbólico: él ha sido el hombre perro, o el perro, con renuncia a lo humano por amor a la vida, de Herr Kommandant Klein. El primer hombre, Adán, tiene apellido de piedra; y quien le somete se llama Pequeño. Stein ha comido en la escudilla de Rex, con Rex, en cuatro patas, para salvar su vida en el campo de concentración. Ha sobrevivido, pero se ha vuelto loco. Y de vez en cuando hace algo que le devuelve a la casa de madame Seizling, un manicomio en el centro del desierto del Neguev en el que se alojan personas como él, supervivientes de la Shoá.
 
Madame Seizling, la fundadora, millonaria en los Estados Unidos, ha hecho construir y mantiene ese sitio por dar sentido a su propia vida; es decir, que está al menos tan loca como Stein. Y aproximadamente en el mismo nivel de desorientación que el sabio y tranquilo doctor Gross, el grande opuesto a Klein, a quien jamás se le ocurriría una idea tan grotesca como convertir a nadie en perro, al menos mientras Sigmund Freud lo mire desde el retrato que tiene colgado en su consulta.
 
Esta vez, la quinta o la sexta en que Adán Stein regresa al loquero, con la convicción de que va a morir allí, ha intentado estrangular a la dueña de la pensión en la que vivía en Tel Aviv, y que era su amante. Quizá no apretó lo suficiente, o no quiso apretar y sólo estaba jugando, o ella se defendió como una fiera, pero el caso es que no murió. Y le faltó tiempo para llamar a la casa de madame Seizling, para que vinieran a buscarlo. Mejor perder un amante, a pesar de que su edad no la favorece para dar con otro, que correr peligro cada noche, por sensual que sea.
 
En el manicomio lo espera Gross, pero también Gina, la enfermera, gélida y distante como un soplo polar para todo el mundo, pero absolutamente cálida y entregada con Adán, de quien también es amante. Gina, a diferencia de la Rut de la pensión, ama a Adán. Él es sólo demencial lujuria, como el Sabbath rothiano en sus momentos más tremendos, aunque Sabbath encuentre en la lujuria una derrota, y Stein la vea como una última instancia de poder.
 
Lo que acabo de contar está en las primeras páginas, de modo que el lector puede estar tranquilo: no le he revelado nada más que una situación inicial.
 
Comento, pues, algunas cosas que hacen de esta una novela grandiosa, al margen de su escritura febril e impúdica.
 
La primera tiene que ver con el Estado de Israel y la Shoá. Israel se ha ocupado de los supervivientes que llegaron al país. Pero se ha ocupado a su modo: sin que eso constituya un lastre ni, sobre todo, una razón de ser para el Estado, que ha sido creado por derecho histórico y no a causa del genocidio. La Shoá es una circunstancia más en la larga historia del pueblo judío, hoy más amenazado que ayer pero menos que mañana. Es políticamente explicable: una patria necesita héroes, no se puede construir una mitología con víctimas (mal que pese a los nacionalistas catalanes). Pero ahí están los hombres y las mujeres que han pasado por el horror, judíos, parte del Estado pero individuos que lo que menos quieren es ser llevados al manicomio, por bueno que éste sea. El Estado ha construido Yad Vashem, tanto para honrar a los justos como para llorar a los muertos, pero ya posee una mitología propia generada a partir de la Guerra de los Seis Días, en la que se recobra a David, a Judas Macabeo, a los guerreros de Masadá. No hay un sitio real, social, para el que escapó de Auschwitz.
 
Detalle de la cabecera del periódico en yiddish Ilustrirte Literarishe Bleter.La segunda cosa tiene que ver con la relación de los sefardíes con la Shoá, que no deja de ser un fenómeno en general ajeno a ellos. El libro de Kaniuk (y ésa es una parte de su grandeza) es un libro claramente asquenazi. Dice por ahí Stein que él viene de la extraña tribu de Yid (de donde yiddisch, el habla de Yid), lo mismo, es evidente, que el doctor Gross, que el propio Freud. El hombre perro es, pues, una novela en la tradición judía centroeuropea, altamente germanizada y contribuyente a la tradición no judía, aunque haya sido publicada en hebreo, lengua recobrada con finalidades de Estado. Lo que digo no hace mejor ni peor la literatura nacional israelí, pero habrían de pensar las autoridades del país, sobre todo en el mundo académico, que la liquidación de la cultura yiddisch es un gran triunfo de los genocidas nazis y que aún se le debe una reparación más allá de lo formal, para que el Estado no colabore con la pérdida de tal tesoro.
 
La convivencia en Israel de asquenazíes y sefaradíes no es sencilla. Incluso una novela de Batya Gur está construida sobre esa dificultad, a propósito de un amor imposible de la especie de Romeo y Julieta, con personajes montescos y capuletos que hablan de matrimonios "mixtos" cuando se dan entre miembros de las dos comunidades, y no con gentiles. Kaniuk pertenece a otro Israel, el que yo creo verdaderamente judío, señalado por la Ilustración y el cosmopolitismo, el único que tiene porvenir.
 
Me he permitido, me ha permitido Kaniuk, extenderme sobre cuestiones internas del Estado de Israel sobre la cuales no trato habitualmente, ni más allá de las ruedas de amigos. Pero descubro que hacerlo tiende a demostrar que Israel es un país como cualquier otro, con los mismos problemas, con putas y ladrones, como decía Ben Gurión, y que es precisamente por eso por lo que tiene derecho a existir y a defenderse.
 
Mientras Israel sobrevive, tal vez como un manicomio en el desierto, pero en un desierto muy codiciado, leamos El hombre perro.
 
 
YORAM KANIUK: EL HOMBRE PERRO. Libros del Asteroide (Barcelona), 2008, 480 páginas.
 
Pinche aquí para acceder a la página web de HORACIO VÁZQUEZ-RIAL.
 
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