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'¡SACADME DE AQUÍ!'

El martirio de Asia Bibi

Ana Richard Marcial

Hace ahora cien años la española Anita Delgado, blanca y católica, era maharaní de Kapurthala, en el Punyab colonial. Hoy, a Asia Bibi, una cristiana del Punyab pakistaní, ni siquiera le está permitido vivir como una humilde campesina.  

Asia Bibi, madre de familia, buena esposa y buena pakistaní, una sencilla mujer del campo, es la más célebre víctima de la ley antiblasfemia de su país. Injustamente acusada de haber insultado al Profeta, Asia va a cumplir tres años en la prisión de Sheikhupura. Condenada a muerte, espera por una vista de apelación que la Alta Corte de Justicia de Lahore pospone eternamente.

Puedo escribirles hoy, desde la celda en la que me han enterrado viva. Para pedirles que me ayuden, que no me dejen desfallecer.

Les necesito.

A pesar del miedo, de la tortura y de la inmensa soledad que padece en su cautiverio, Asia no se ha rendido. Desde un calabozo siniestro, la mujer más valiente del mundo nos pide ayuda, quiere dar testimonio, que su lucha no caiga en saco roto. Su celda de poco más de seis metros cuadrados no tiene ventanas. Sólo un agujero por letrina, una cama de cuerda y una cámara que le ha robado la poca intimidad que le podía quedar. Sólo se relaciona con los carceleros que la desprecian y con Ashiq, su marido. Como un imán ha puesto precio a su cabeza, Asia incluso se cocina su propia comida por si a alguien se le ocurriera envenenarla.

Ningún ser humano puede vivir así, ni siquiera yo, una campesina. El olor y la vista son insoportables. Busco cada día en lo más profundo de mí misma la fuerza para seguir, me peleo para encontrar todavía un poco de dignidad.

La periodista francesa Anne-Isabelle Tollet le ha prestado su pluma para que pueda hacernos llegar su mensaje. Asia es analfabeta (también lo es su marido), lo único de lo que se lamenta verdaderamente. Quizás podría haberse defendido mejor, piensa. Y habría escrito ella misma la más enternecedora carta de amor y despedida a Ashiq y a sus cinco hijos.

Asia revive para nosotros los humillantes detalles de su detención y de su fraudulento proceso. Se rebela. No comprende tanta violencia en nombre de Dios:

Dios, que no es sino amor, no puede ser responsable de la locura de los hombres, de todo el odio del mundo.

Pero, en medio de tanta miseria, cuando más nos hace estremecer, esta mujer admirable nos da el regalo de la esperanza, de la luz que ha sostenido su alma: sus recuerdos, el amor a su familia y su fe en Jesucristo. Asia rememora su vida anterior a ese fatídico junio de 2009. Se refugia en su infancia, reza como le enseñó su adorada abuela, vuelve a sentarse en el regazo de su padre, nos descubre el Pakistán cotidiano, celebra la Navidad con sus hijos, se enamora de Ashiq.

Hoy, en mi triste celda, no poseo nada, ni una foto, ni un objeto, sólo me quedan mis preciosos recuerdos.

Su vida estaba llena de alegría. Incluso ya cautiva, al saber que Benedicto XVI ha rezado por ella en la Plaza de San Pedro, salta de gozo en su silla. Desde la soledad de su celda, nos confiesa que intenta sonreír; pero, claro, no le resulta fácil.

Comienzo a preguntarme si, más que una tara o un defecto, ser cristiano en Pakistán no se ha convertido directamente en un crimen.

Ante las falsas acusaciones del mulá de su pueblo, Asia podía haberse salvado renegando de Cristo. Hizo todo lo contrario, dar testimonio de su fe inquebrantable. "Dios me acompaña". Arrodillada frente a los mugrientos muros que la encierran, Asia reza por sus verdugos, a quienes dice haber perdonado, pide a Dios que proteja a su familia, que vive escondida por su causa, implora tener fuerzas para resistir. El Amor de Dios y la fe en Jesucristo le dan fuerza y la sostienen.

La Fundación Masihi, que le proporciona ayuda legal, ha denunciado el penoso estado de salud en que se encuentra. Tras más de dos años de secuestro y tortura, Asia ha envejecido mucho, y su mirada y su cabeza cada vez se alejan más de este mundo. Por eso, cuando sólo la presión de gobiernos y asociaciones occidentales la mantiene protegida y con vida, este ¡Sacadme de aquí!, cuyos derechos de autor se destinan íntegramente al sustento de su familia, es un testimonio imprescindible. Desde su encierro, Asia clama por la libertad. Por la suya y por la de todos los cristianos perseguidos por su fe. Por la de sus compatriotas hindúes y musulmanes no radicales. Por la de tantas mujeres sometidas a la tiranía de la sharia. Tollet inmortaliza la historia de esta mujer valiente y ejemplar, salpicándola de pequeñas gotas de emotividad que quiebran el corazón del lector en lo más profundo. Imposible no llorar con ella. Imposible no responder a su llamada.

Por eso les animo a que lean este libro, a que escuchen el grito de socorro de Asia Bibi antes de que su voz y sus ojos se apaguen del todo. A que aprendan de este ejemplo de dignidad, de fuerza, de amor y de fe. Les animo a que lean su mensaje y a que, como ella misma pide, lo difundan.

No sé todavía cuándo me cuelgan, pero estad tranquilos, amores míos, iré con la cabeza bien alta, sin miedo, porque estaré en compañía de Nuestro Señor y con la Virgen María, que me acogerá en sus brazos. (...)

Ashiq, hijos míos amadísimos, os voy a dejar para siempre, pero os amaré por toda una eternidad.

No soy sino una mujer más en el océano de mujeres de este mundo, pero creo humildemente que mi calvario es reflejo de tantos otros. Me gustaría que los ojos de mis verdugos se abrieran, que la situación de mi país cambiara...

Ahora que ustedes me conocen, cuenten lo que me ha pasado a cuantos les rodean. Háganselo saber. Creo que es la única oportunidad que tengo de no morir en el fondo de este calabozo.

¡Les necesito!

¡Sálvenme!
 

ASIA BIBI y ANNE-ISABELLE TOLLET: ¡SACADME DE AQUÍ! Libros Libres (Madrid), 2012.

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