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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

El muy sociable señor Crusoe

¡Qué locura, reseñar Robinson Crusoe como si se tratara de una novedad! ¿Qué puedo decirle al lector que no sepa, aunque nunca haya leído la novela, o la haya leído extractada, o sólo haya visto alguna versión cinematográfica, o simplemente le hayan contado algo sobre un náufrago?

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Todo el mundo conoce la historia. Hombre solo en isla, Viernes, rescate al cabo de mucho tiempo. Como se conoce la historia del Quijote, casi por ósmosis.

Yo leí una versión infantil cuando tocaba. Y después otra, para mayores, de la editorial argentina Tor –propiedad del catalán Torrendell–, que solía adaptar la extensión de las novelas a sus presupuestos. Finalmente, claro, la traducción de Julio Cortázar. Ésta la di por buena, y es cierto que daba más de sí que las anteriores. Hace de eso muchos años, más de los que soy capaz de recordar. Y cuando fui capaz de conocer un texto en inglés, no me ocupé del asunto, porque daba ya por leído a Defoe. Me equivocaba.

Me equivocaba porque resulta que ninguno de los Robinson que conocía era completo ni funcionaba como el original. Por ejemplo, alguno estaba dividido en capítulos, cosa que el autor no hizo. Y, desde luego, la extensión y el detalle no eran los mismos. Es probable que Cortázar no tuviera mala intención y se limitara a traducir una edición inglesa mutilada o reorganizada. Porque la perversión se inicia en el inglés, en las adaptaciones, en las copias piratas, en los cortes. También se pueden leer en inglés ediciones con variantes o sometidas a cirugía. Y hay ediciones inglesas fieles y completas. Las menos, hay que decir. De modo que cabe disculpar, al menos hasta cierto punto a Cortázar.

Lo que sí puedo decir con absoluta seguridad es que, por primera vez en mi vida, he leído el Robinson en español completo, y fiel y bellamente traducido, por obra de un escritor exquisito, Enrique de Hériz. ¿Aún no han leído Mentira ni Manual de la oscuridad? No pierdan el tiempo, pídanlas a su librero o cómprenlas por internet, y lean a Enrique de Hériz. Las dos novelas están publicadas por Edhasa, el mismo sello que ahora nos regala el nuevo Defoe, el verdadero. (Por cierto, también existen El día menos pensado e Historia del desorden, del mismo De Hériz, en otros sellos que lo cuidaron menos, y no doy fe de que sean encontrables).

Eso es lo que me ha permitido ponerme a reseñar Robinson Crusoe como si estuviéramos en 1719. Porque es la primera vez que se presenta la obra verdadera, completa y sin traiciones formales de ninguna especie, en español. O sea, porque tal como está editada, es una novedad.

Trata, desde luego, de un náufrago que pasa muchos años solo en una isla. Para el reaccionario Rousseau, el asunto iba de retorno al estado de naturaleza. Para Marx, prosista romántico con raíces ilustradas, Crusoe entraba en la naturaleza con un bagaje social importante, recuperado de los restos del barco semihundido, y eso era lo que le permitía, llegado el momento, someter a Viernes; por la simple posesión de una espada, decía Marx, que lo hacía más poderoso que el indígena. En realidad, Crusoe no rescata del navío perdido una espada, sino toda una civilización, incluidos papel y tinta, además de montones de herramientas, instrumentos de medición que le permiten conocer las coordenadas de la isla en la que se encuentra, ropa, armas variadas, pólvora, licores, tela de velamen y un sinfín de objetos. Le falta una pala, y la fabrica tallando un trozo de la madera de un árbol del hierro que crece en su territorio, pero lo hace en función del modelo de pala que conoce; es decir, no se somete a la experimentación que, al cabo de siglos de ensayos frustrados, desemboca en la pala de su época, que todavía en eso es la nuestra.

Ese hombre solo traslada a la isla todo Occidente, el saber acumulado de muchas generaciones. No hay hombre más social que él. Viernes sabe lo que le toca, bastante menos que Robinson, como corresponde a su nacimiento en una sociedad mucho más atrasada. Y no se trata, como afirmaba Marx, del dominio que uno ejerce sobre otro por obra de la espada, sino del diferente nivel de los estadios del desarrollo humano a los que cada uno pertenece. Robinson es un colonizador en el sentido de Kipling, que asume la carga del hombre blanco, aunque a Defoe todos estos conceptos le fueran ajenos.

Se trata de una lectura apasionante. Para muchos, en parte, una relectura. Pero les invito a hacerla. Y a añadir un auténtico Robinson a su biblioteca. No hace falta tirar el de Cortázar a la basura. Sólo que éste es mejor.

 

DANIEL DEFOE: ROBINSON CRUSOE. Edhasa (Barcelona), 2012, 416 páginas. Traducción de Enrique de Hériz. 

vazquezrial@gmail.com www.izquierdareaccionaria.com

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