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CIENCIA

El sexo del cerebro

La igualdad de oportunidades entre los miembros de los dos sexos es un objetivo político inaplazable, pero tratar de justificarla a partir de una supuesta igualdad biológica es una estupidez científica. Ese es el argumento que el neurólogo español Francisco J. Rubia desentraña en El sexo del cerebro.

Hombres y mujeres somos distintos por naturaleza. A simple vista es evidente. Pero Rubia trata de demostrarnos que la mayor diferencia no se encuentra en el aspecto externo. No son los genitales visibles lo que nos distingue, sino la invisible disposición de nuestra estructura neuronal.
 
A la hora de argumentar al respecto, siempre desde el punto de vista de la neurofisiología, Rubia toma todas las precauciones posibles. Y hace bien. No quiere en ningún momento que sus ideas puedan ser tachadas de sexistas. Entre otras cosas, porque no hay nada discriminatorio en la simple reseña de las diferencias físicas entre los miembros de una especie, la del Homo sapiens, caracterizada por su profundo dimorfismo sexual. Aun así, Rubia aclara que, si bien es estúpido buscar la igualdad sexual a partir de la biología, más aún lo es el empeño de justificar la discriminación de uno de los sexos por mor de las diferencias físicas.
 
Aclarado que el objeto del libro es aséptico, y salvado el autor del posible ataque de quienes no lo entiendan como tal, el resto de la obra es una delicia de divulgación sobre neurología. Rubia nos enfrenta al estudio del cerebro humano desde dos perspectivas: de dentro afuera y de fuera adentro. En el primer caso, da cuenta de los conocimientos que la ciencia tiene sobre las estructuras cerebrales de hombres y  mujeres y, tras un repaso por tamaños, composiciones, redes neuronales y dendritas, nos muestra las diferencias registradas.
 
El cerebro, nos ilustra, no es, al fin y al cabo, más que un producto de la evolución. Quizás el más ilustre. Pero, como tal, ha de responder a una función evolutiva. En la naturaleza sólo existe un ejemplo de cerebro como éste, por lo que ha de ser parte de la clave por la cual la especie humana ha sobrevivido, superando en la escala evolutiva a otros muchos intentos de homínido que se quedaron por el camino.
 
Si la estrategia de supervivencia de hombres y mujeres se mostró distinta desde el principio, tiene que ser porque las funciones de sus órganos pensantes también lo eran. La dicotomía hombre-cazador y mujer-madre nos puede dar dolor de corazón, y ha derivado sin duda en ominosas injusticias sociales, pero nace de un evidente dimorfismo sexual, que tiene su representación en el cerebro.
 
Con el paso de los milenios, las funciones sociales se han ido igualando, pero el sustrato neurológico sigue ahí, produciendo habilidades cognitivas más propias de un sexo que de otro. Esa es la razón de nuestras evidentes diferencias emocionales y cognitivas, de la disparidad de eficacia en tareas espaciales, ejecutivas, de abstracción o emocionales, en unos casos a favor de los hombres y en otros a favor de las mujeres.
 
De esta idea surge el segundo acercamiento a la materia de Rubia, el que llama "de fuera adentro". Consiste es seguir el camino contrario: analizar precisamente las diferencias de ejecución de distintas tareas entre hombres y mujeres para buscar la respuesta fisiológica a las mismas.
 
La neuropsiquiatría ofrece abundante literatura respecto de cómo unos y otros nos comportamos de manera muy distinta ante la amenaza, el miedo, el dolor, el amor, la pasión, el ejercicio matemático, la literatura, el arte… Esas diferencias son parte fundamental de nuestra riqueza como seres humanos, y han de servir para entendernos mejor. Deberían tenerse en cuenta como virtudes que potenciar, y tienen sin duda un sustrato neurológico.
 
 
FRANCISCO J. RUBIA: EL SEXO DEL CEREBRO. LA DIFERENCIA FUNDAMENTAL ENTRE HOMBRES Y MUJERES. Temas de Hoy (Madrid), 2007, 224 páginas.