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JUAN BELMONTE, MATADOR DE TOROS

El toreo es un ejercicio espiritual, un verdadero arte

En la película de José Luis Cuerda Amanece que no es poco José Sazatornil, sargento de la Guardia Civil, recrimina a un plagiario con acento argentino haber copiado Luz de agosto en estos términos: "En este pueblo todo el mundo siente veneración por don William Faulkner... ¿Pero cómo se le ha ocurrido a usted plagiarle?".

Del mismo modo, podríamos asegurar que en este periódico, Libertad Digital, somos fans de Manuel Chaves Nogales. Hace cuatro años Aquilino Duque le dedicó una semblanza, y hace un par Horacio Vázquez-Rial se ocupó de hacer la recensión de El maestro Juan Martínez que estaba allí.

Y ahora vamos a hablar de Juan Belmonte, matador de toros, a raíz de las nuevas ediciones realizadas por las editoriales Libros del Asteroide y Renacimiento.

Este es un libro quimérico. No sólo porque Juan Belmonte fue un matador mitológico, sino porque, de forma parecida a como se mezclan en los individuos afectados de quimerismo dos códigos genéticos, aquí se presentan juntos y revueltos los códigos culturales de un torero y un periodista, seguramente los dos mejores en sus respectivas profesiones. Tipos de una sola pieza y de pura raza, dos aves raras en la España de principios de siglo, llena de pajaricos y pajarracos. Si Juan Belmonte fue discutido hasta su suicidio final por la mutación que produjo en el tradicionalista mundo de la tauromaquia, Chaves Nogales no se quedó atrás en la afirmación de una poderosa personalidad moral que le llevó a ser perseguido por los fascistas de derecha e izquierda que entonces asolaban España.

Juan Belmonte.A partir de una serie de charlas que mantuvieron el torero y el periodista, éste elaboró un relato de la vida de aquél en forma de autobiografía que parecía una novela, reelaborando las anécdotas, aventuras y reflexiones del matador para construirle un retrato estético y ético.

Si el toreo de Belmonte se caracterizaba por la quietud, la pureza y la seriedad, la literatura de Chaves parece austriaco-zweigeana a fuer de depurada, precisa y sencilla. Juan Benet defendió que a la literatura española le faltaba estilo. O bien el ingenioso ingeniero no conocía a Chaves Nogales, lo que no sería de extrañar, ante el silencio decretado sobre su obra por fascistas estúpidos y comunistas malvados, o bien lo señalaría como una de las excepciones a su dictum.

Sevillanos frente a frente, Belmonte le cuenta a Chaves su infancia difícil, en la que no faltaban hambres y duelos con los toros a la luz de la luna; su adolescencia novillera, cuando pedía limosna por los caminos y ponía banderillas muerto de miedo a porta gayola; su triunfo con los toros y las mujeres; la cariñosa sentencia de muerte que le deseó Valle Inclán, siempre tan ocurrente
–¡Juanito, no te falta más que morir en la plaza!
–Se hará lo que se pueda, don Ramón –contestaba yo modestamente;
la muerte de su alter ego, adversario y amigo, Joselito, que le pilló jugando el póker; faenas horribles y faenas perfectas en las que buscaba a Dios entre los cuernos del toro como Santa Teresa entre las cacerolas, haciendo de la mística una virtud y de la humildad una profesión:
La muchedumbre hervía de entusiasmo. Fue entonces cuando con más fe he ido en mi vida hacia un toro. Dejándome de adornos y alegrías, llamé a la res como manda la ley del toreo rondeño puro, y entregándome, con una confianza ciega, le di media verónica, que acaso sea la que mejor haya ejecutado en toda mi vida torera. Se levantó la multitud como si un resorte la hubiese alzado de sus asientos, y ante sus ojos asombrados tracé luego entre los cuernos del toro el farol más acabado y exacto que podía imaginarse... Hinqué las dos rodillas en la tierra y cité al toro. Fue un pase que resultó impecable. Seguí toreando por naturales pegado al toro y clavado en la arena. El animal prendido en los vuelos de la muleta, iba y venía en torno de mi cuerpo, con exactitud matemática, como si en vez de precipitarse por mandato de su ciego instinto, le moviese un perfecto mecanismo de relojería o, más exactamente, aquel "aire suave de pausados giros" de que hablaba Rubén. Después de hacer una faena rondeña, clásica, sobria, y de torear con la mano izquierda suave y reposadamente, me cambié de mano la muleta y burlé a la fiera con la alegría de unos molinetes vistosos y unos desplantes gallardos (...) en aquel trance en que mi abandono me había puesto, hice lo que de modo inexcusable había que hacer para seguir siendo torero;
su tránsito desde la escasez de la escuela hasta las conferencias telefónicas enfebrecidas para comentar un verso de D'Annunzio: "El peligro es el eje de una vida sublime"; la llegada de la República y sus intentos de negociar con los anarquistas cuando le querían expropiar la finca que ganó con tanta sangre, sudor y lágrimas (literalmente).

Si el torero surgido de Triana pudo triunfar fue debido a su temperamento indómito. Pocas veces se ha cumplido con más exactitud que el destino de un hombre es su carácter.

Chaves Nogales consigue con pasmosa facilidad que la figura de Belmonte emerja de una España llena de torerillos y copleras, gitanos y guardias civiles, intelectuales excéntricos y políticos golferas sin caer jamás en el tópico o el folclorismo. También son precisos sus apuntes del extranjero: a Belmonte le parece que todos los mejicanos están locos, Belmonte alterna con dictadorzuelos con aires esplendorosos de patriarcas, y ya estén en Lima o en Nueva York los miembros de su cuadrilla llevan siempre en el reloj la hora de Sevilla. A Chaves Nogales no le gustaba especialmente el toreo, pero consigue captar a la perfección la teoría taurómaca alumbrada por el genio de Triana, que el cordobés Manolete interpretó en su forma más trágica y es continuada en la actualidad por el belmontista José Tomás.
Se regía entonces el toreo por aquel pintoresco axioma lagartijero de "Te pones aquí, y te quitas tú o te quita el toro". Yo venía a demostrar que esto no era tan evidente como parecía: "Te pones aquí, y no te quitas tú ni te quita el toro si sabes torear" (...) "Tiene que morir irremisiblemente. O se quita de donde se pone o lo mata el toro". Yo no me quitaba, el toro tardaba en matarme, y los entendidos, en vez de resignarse a reconocer que era posible una mecánica distinta en el juego de la lidia, se pusieron a dar gritos histéricos y a llamarme hiperbólicamente "terremoto", "cataclismo", "fenómeno" y no sé cuántas cosas disparatadas más (...) los toreros no tienen que matar los toros a puñetazos (...) el toreo es un ejercicio espiritual, un verdadero arte...
Es imposible que el toreo prospere en un país socialista. El toreo es un ejercicio espiritual y la filosofía del socialismo consiste en el más burdo materialismo. El toreo se basa en la competencia y el socialismo detesta la concurrencia libre de individuos que buscan la excelencia a través de la emulación. El toreo implica un escalafón, una jerarquía, y el socialismo busca la igualación de la grisácea mediocridad, tan extraña a un brillante traje de luces. Por todo ello, en el capítulo "El miedo del torero", que constituye en sí mismo una obra de arte, la Muerte profetiza a Belmonte:
–Dentro de unos años, a lo mejor, no hay ni aficionados a los toros, ni siquiera toros. ¿Estás seguro de que las generaciones venideras tendrán en alguna estima el valor de los toreros? ¿Quién te dice que algún día no han de ser abolidas las corridas de toros y desdeñada la memoria de sus héroes? Precisamente, los gobiernos socialistas...
–Eso sí es verdad. Puede ocurrir que los socialistas, cuando gobiernen...
Pero sigue habiendo toros. Lo que es más dudoso es que haya socialismo, por no hablar de socialistas.


MANUEL CHAVES NOGALES: JUAN BELMONTE, MATADOR DE TOROS. Libros del Asteroide (Barcelona), 2009, 376 páginas. Prólogo de FELIPE BENÍTEZ REYES // Renacimiento (Sevilla), 2009, 528 páginas.

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