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CLASES MAGISTRALES DE ALBIAC

Espejismos de libertad

Entre el 24 de febrero y el 27 de mayo del año 2005, Gabriel Albiac dictó, como en años anteriores, una serie de clases basadas en comentarios de los textos clásicos (de los siglos XVI y XVII) acerca de lo que, según el título del curso, y el subtítulo del libro que reseñamos, denominó "la invención del sujeto político".

Desde Maquiavelo hasta Spinoza, pasando por Guicciardini, La Boétie y Pascal principalmente, pero no sólo, el curso sigue el recorrido de cómo los teóricos de la modernidad ven nacer el Estado moderno y, con él, las claves de la construcción y sumisión del sujeto político.

Las dos últimas décadas del siglo XX son una concatenación de acontecimientos decisivos en el declinar de una época: mayo del 68, últimos años de lucha antifranquista, crisis de los partidos comunistas europeos, ascenso de la socialdemocracia, caída del Muro, 11-S y 11-M. Gabriel Albiac, inmerso en ellos, sumido en la vorágine biográfica de un habitante de Europa y de España, desarrolla su obra con la perplejidad y el hastío pegados a las teclas de la máquina de escribir, siempre con el aliento de entender lo que ante sus ojos –y con su propia vida– sucede. En su pensamiento, forjado en el estudio de los clásicos (Heráclito, Platón, Maquiavelo, Pascal, Spinoza, Marx, Freud...), el rigor del análisis racional es la única apuesta irrenunciable. No admite concesión. Y es este postulado el que talla el estilo resultante: una descarga implacable de lucidez y precisión a cuchilladas contra la demagogia, contra los amables y consoladores autoengaños de la escritura al uso. Frases cortas. Enumeración, a veces, de palabras separadas por puntos. El esfuerzo incesante de escapar a toda tentación de retórica, esa patología del lenguaje. Ésta es su munición. Semejante ataque a los biempensantes de todo signo no es otra cosa que esa manía por tratar de ser libres a toda costa que solemos llamar filosofía, esa racionalidad siempre en conflicto que se volvió sospechosa a un lado y otro del espectro ideológico y que fue arrinconada convenientemente en los márgenes más residuales e inocuos de los planes de estudios. Ahora, Albiac vuelve con este libro al refugio –nunca abandonado del todo– que la belleza y la inteligencia de los clásicos ofrecen.

Lo primero que hay que decir es que se trata de un libro que no es un libro o, más bien, que no es sólo un libro. Supone la plasmación en escritura de la oralidad del pensamiento. Es el producto de la labor minuciosa y tenaz de Alberto Mira Almodóvar, que se ha consagrado a la grabación y transcripción prácticamente literal de las clases. Cuando la lectura es un residuo, un anacronismo devastado por los sistemas educativos y mediáticos de la postmodernidad pedagógica, esta obra de oralidad hecha escritura se afana, a la contra, en la lectura y análisis de los textos, en esa fidelidad innegociable y paciente a la textualidad de los clásicos y al contexto intelectual e histórico en el que esas obras fueron concebidas. Es una suerte de regreso en forma escrita a la palabra hablada. Es pensamiento ejercitado en acto. Verdadera cadena argumental en la que cada pieza enlaza con la siguiente con lógica estricta y perfectamente engrasada, sin saltos ni vacíos. El lector puede asistir a la escenificación del pensamiento en marcha, casi en vivo, como una maquinaria de engranajes conectados unos con otros en pleno funcionamiento. Cada capítulo, cada pasaje es conclusión necesaria de los precedentes y encaja con los siguientes con exactitud matemática, mostrando al espectador-oyente, con claridad que deslumbra, toda la cadena expositiva, sus derivas, astucias, problemas y claves.

La cuestión esencial que la serie de clases aborda es la construcción política de la subjetividad, la consciencia, el consenso, el acatamiento, esto es, la producción de sumisión bajo máscaras cada vez más refinadas de libertad. Sostenida por la mera formalidad de la libertad, formalidad que es jurídica, económica, ideológica, simbólica, y que hace cada vez más innecesaria y redundante la coerción directa por parte del Estado, se genera una sumisión material, real, garantizada, precisamente, por presentarse como libertad, por medio de pantallas simbólicas, mediáticas en las sociedades postmodernas, en las que en lugar de imponer creencias se dinamitan directamente los anclajes del pensamiento:

Escribirá Spinoza que quien domina por la fuerza ejerce un dominio precario, limitado, y que puede en algún momento quebrar. El dominio por la esperanza es, por el contrario, un dominio casi invulnerable, porque lo que consigue es la identificación del siervo con el amo, y la identificación de cada una de sus expectativas con las expectativas del amo. (Pág. 52).

Y es la identidad construida lo que permite la pervivencia de sistemas de dominación masivos al alimentarse de la sumisión (voluntaria) de los dominados:

Para que la violencia constituyente pueda estabilizarse bajo una forma económica, es necesario que, a partir de un punto, se desplace a otro terreno en el cual el automatismo supla al ejercicio directo de la violencia. (Pág. 272).

Ese otro terreno es el simbólico, el que precisa del lenguaje como instrumento de identificación, de producción de identidad y, por tanto, de poder, esto es, de sumisión. En palabras de Spinoza,

[las palabras están] constituidas conforme a lo arbitrario y a lo que seduce al vulgo, de tal modo que no son más que los signos de las cosas en función de lo que éstas son en la imaginación, y no de lo que puedan ser en el entendimiento. (De intellectus emendatione).

El sujeto político de la modernidad no puede escapar a ese sometimiento porque ese sometimiento se alimenta de sus propios deseos y sentimientos, constituye su identidad cuando lo afectivo se ha desplazado de lo privado a lo político. No puede escapar porque él mismo es ese sometimiento en tanto que producto de ese doble eje, material y simbólico, en que radica el poder estatal. El sujeto político es construido por medio del lenguaje oficial y de la capacidad estatal de imposición por el monopolio de la fuerza. Y lo hace electoralmente, jurídicamente, administrativamente, económicamente, ideológicamente, mediáticamente. De ahí que la sumisión sea, en diversos grados, su modo específico de ser y no una cualidad añadida o un accidente impuesto. Un ejemplo nítido de esta construcción de identidad por parte del poder estatal nos lo ofrece el principio de responsabilidad colectiva que el nacionalsocialismo puso en práctica con la población judía y con la de los países ocupados. Es el Estado el que procede a categorizar administrativamente a los sujetos bajo su autoridad en función de parámetros grupales, identitarios. El sujeto responde por los actos atribuidos al grupo de pertenencia impuesta por el Estado, independientemente de su conducta individual. El judío era designado tal por la administración del Tercer Reich en función de criterios claramente delimitados, con las consecuencias que eso entrañaba, y lo que el individuo concreto sobre el que reposara tal categoría sintiera al respecto era por completo irrelevante. El ser (ser judío, mestizo, ario...) lo impone el Estado.

Albiac nos descubre con este trabajo las huellas de un materialismo filosófico intransigente con los idealismos, voluntarismos y psicologismos en la comprensión de la teoría política, y lo hace abordando los soportes filosóficos (ontológicos), muy especialmente en Spinoza, que lo sustentan. Y uno de los problemas filosóficos más relevantes que el sefardí holandés pone en juego, y que merecería ser afrontado por el liberalismo filosófico, es el de la libertad, que entiende como conocimiento de la necesidad de las causas que determinan el comportamiento, y no como libre albedrío o liberad para elegir o modificar a capricho el curso de esa cadena causal múltiple en que todo ente finito está envuelto.

Pero el libro no se reduce a un estudio erudito o académico del siglo XVII (y sus antecedentes desde inicios del XVI). Proporciona, además, las claves para entender la eclosión de los sistemas de poder en el siglo XX y para vislumbrar su sofisticación relativista en la postmodernidad que nos aqueja, es decir, esa deriva que ha ido reemplazando las máscaras del Absoluto cuando han dejado de ser operativas en cada fase histórica (Dios dejando su lugar al Estado, al Pueblo, a la Patria, a la Historia, a la Naturaleza), manteniendo así intactas las nociones de finalidad y de sentido que lo fijan en la mentalidad hegemónica del momento.

El siglo veinte nos ha mostrado hasta qué punto esa teología regulable de las finalidades históricas no precisa del Dios de las Escrituras para ser aniquiladora. Basta la finalidad. En la historia. Y la fe supersticiosa en estar viviendo las vísperas del paraíso. Entonces sí, todo, absolutamente todo está justificado. Auschwitz como Kolima. (Pág. 284).

Una sociedad no se ha secularizado por haber matado al Dios de las religiones de salvación si sigue sosteniéndose sobre engendros metafísicos que ocupan su lugar y desempeñan idéntica función mesiánica. La filosofía se presenta en este punto como el arma de destrucción masiva que se dedica a aplicar el corrosivo de la racionalidad finita y de los principios de la lógica contra la amalgama de prejuicios y dogmas que forjan la identidad, para disolverla, o, en el caso del relativismo que define la postmodernidad como tendencia dominante, sobre las imágenes que ocultan la ausencia de pensamiento.

Como diría Chesterton: "Cuando se deja de creer en Dios, ya no se puede creer en nada, y el problema más grave es que, entonces, se puede creer en cualquier cosa".

 

GABRIEL ALBIAC: SUMISIONES VOLUNTARIAS. LA INVENCIÓN DEL SUJETO POLÍTICO. Tecnos (Madrid), 2011, 285 págs. Edición a cargo de Alberto Mira Almodóvar. 

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