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UNA HEROÍNA DE LA POSMODERNIDAD

Esperando a Lisbeth

A finales de mes se estrena en España la versión cinematográfica de la novela Los hombres que no amaban a las mujeres, y en junio sale a la venta el último volumen de la trilogía Millenium, del fallecido escritor sueco Stieg Larsson (1957-2004).

Tardé mucho en leer las primeras dos novelas de Millenium. Cuando supe que se trataba de un cruce entre género negro y thriller contemporáneo, temí que no me engancharía la fórmula de un bestseller, como no lo había logrado otro reciente éxito literario, La sombra del viento (Planeta, 2001), de Carlos Ruiz Zafón, cuya trama me decepcionó desde el comienzo.

Hace apenas un mes me decidí a leer Los hombres que no amaban a las mujeres (Destino, 2008), por aquello de no quedarme callada frente a los amigos que habían devorado febrilmente el primer volumen de la saga póstuma que concluyó Larsson unos días antes de morir fulminado por una ataque al corazón. El escritor sueco falleció sin tener idea de la conmoción que causaría la historia del periodista Mikael Blomkivst y la hacker Lisbeth Salander. O tal vez sí imaginó, tras entregar sus manuscritos a la editorial, que su obra estaba destinada a triunfar porque la había escrito con el entusiasmo y el arrojo de quien está seguro de haber construido una narración –si bien desigual y atropellada por momentos– que cuenta con los ingredientes necesarios para atrapar al lector en una suerte de montaña rusa, cuyo clímaxse sostiene hasta el final con el sabor de la adrenalina en la garganta.

Durante una semana me desperté a horas intempestivas para avanzar en las peripecias del dúo Blomkivst-Salander, a la búsqueda de pistas en un caso típico de asesinato perpetrado por un criminal entre varios sospechosos. Agatha Christie fue precursora del género con cadáver que aparece en una casa llena de invitados con motivos para haber cometido el crimen. Pero las suyas eran novelas con trasfondo victoriano a la hora del té. Larsson, en cambio, apuesta por el trasiego brutal y decorado por los efímeros muebles de Ikea de este comienzo del tercer milenio: violento, desestructurado, desparejado y huérfano. Tan huérfano y solitario como el alma desarbolada de Lisbeth, una heroína de la posmodernidad. La fierecilla indómita que desde niña, cuando le ocurrió "Todo Lo Malo", se convirtió en "...la mujer que odiaba a los hombres que no amaban a las mujeres".

Leí en trance y como una posesa la primera parte de Millenium para, de inmediato y sin tregua, comenzar la lectura de La muchacha que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Destino, 2009). En realidad, al final me sentía un poco aturdida por tantos personajes, términos informáticos y giros de tuerca para afilar una intriga con subtrama de crítica social por parte del débil corazón progre de Larsson. Y no era tanto el atractivo Blomkvist (alter ego idealizado que el autor se auto-regaló por derecho propio) lo que acabó por seducirme, sino el retrato mental que poco a poco me hice de Lisbeth, indiscutible protagonista de esta vertiginosa trilogía no apta para menores y pensada para todos aquellos fatigados por el aprendiz de mago Harry Potter, incapaz de hacer una transición efectiva de la adolescencia a la adultez, como un Mickey Rooney de la literatura juvenil. Atrapado para siempre en el beso casto y la mirada de asombro.

Sólo he visto en internet el trailer de la adaptación cinematográfica de Los hombres que no amaban a las mujeres y ya sé, de antemano, que la Lisbeth Salander de la pantalla grande no es la Lisbeth Salander que bosquejé en mi cabeza cuando de madrugada abría los ojos para saber más de ella, sobre todo en el segundo tomo, que es donde conocemos su pasado y comprendemos su autismo emocional. No es casualidad que uno de los personajes sospeche que padece del síndrome de Asperger. Lisbeth apenas tolera el roce de un abrazo tímido y en sus encuentros bisexuales (con Blomkivst o la deliciosa Miriam Wu) no se le conoce una palabra de afecto, sino el goce gimnástico de una criatura casi anoréxica que esconde sus sentimientos tras el tatuaje de un fiero dragón.

Una vez más, el cine apuesta por afear a una mujer muy guapa hundiendo su mirada en la negrura del Kohl para dar vida a una muchacha marginada y poco atractiva en apariencia. La Lisbeth del celuloide es una actriz con rostro y cuerpo 10 disfrazada de chica punk y capaz de pegar patadas a lo kung fu, más al estilo de Anne Parillaud en La femme Nikita (1991). Pero la Lisbeth que me arrebató el sueño no es de carne y hueso porque pertenece al género del cómic, emparentada con los héroes de la serie Marvel, proteica y escurridiza. Larsson quiso homenajear a Pipi Calzaslargas porque es un personaje mítico en la infancia de todo niño escandinavo. Sin embargo, también me revelo contra esta noción del novelista. Nunca soporté a aquella chiquilla híper-cinética y con poderes paranormales. Agradezco en Lisbeth sus silencios, sólo interrumpidos para soltar frases cortas y tajantes. La inercia zen y agazapada bajo el edredón de Ikea hasta que los resortes exteriores (casi siempre activados por la crueldad y la pulsión sexual del género masculino) la transforman en una vengadora justiciera muy a su pesar. Lisbeth, herida y mancillada desde jovencita, es un ser de buceos interiores y horas muertas frente la pantalla de su Power Book. Una mente maravillosa pero rota. La ecuación de Fermat sin solución. Un jaque mate sobre el tablón de ajedrez. Una infalible rival que habría pulverizado a Bobby Fisher, otro genio desahuciado.

La única Lisbet Salander que habría tolerado más allá de mi imaginación es la que hubiese podido interpretar Jodie Foster mucho antes de que protagonizara demasiado tarde The brave one (2007), filme fallido en el que una mujer venga su violación y el asesinato de su novio a manos de una pandilla de indeseables que los abordan en Central Park. De eso hace sólo dos años, y ya no había rastros de la turbadora niña-actriz de Alice doesn’t live here anymore (1974) o la formidable Taxi Driver (1976). Eso me lleva a la única otra candidata posible: Ellen Page, quien saltó a la fama por su papel de una brillante y subversiva adolescente en Juno (2007). Pero fue en un filme anterior, Hard Candy (2005), donde esta mujer de veintitantos con aspecto de niña púber logra provocar escalofríos en su afán por castigar a un depredador sexual en busca de Lolitas que aún no han cumplido la mayoría de edad. Menuda, elástica y andrógina, esta muchacha dispuesta a aniquilar sin piedad para hacer el bien es el génesis cinematográfico de Lisbeth, su alma gemela y Doppelgänger. Ambas funcionan en Terminator mode.

En cuanto se publique La reina del palacio de las corrientes de aire, la última parte de la trilogía Millenium, correré a comprarla para disfrutar de lleno mi última cita con Lisbeth Salander. Por muy cruel que parezca, en su destino estaba escrito que Stieg Larsson muriese antes de tiempo. Una heroína de su calibre está condenada a desvanecerse en la niebla de la noche.

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