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WARLOCK

La ciudad del diablo

Warlock, una localidad minera y ganadera situada en una polvorienta comarca próxima al norte de México y despreciada por la vecina Bright's City, sede administrativa del territorio de Nuevo México, debe enfrentarse a la constante amenaza de los matones a sueldo del temible cuatrero Abe McQuown. Clay Blaisedell, el enigmático hombre de las pistolas de oro, es su última esperanza.

Sin embargo, deslindar el bien del mal es una tarea a menudo imposible, cuando no extremadamente comprometida. La ironía siempre espera a la vuelta de la esquina. Además, todos tenemos un pasado, y no precisamente en línea recta o ascendente, sino más bien oblicua y tortuosa. La aparente bondad actual puede ser fruto de un sombrío pasado marcado por fechorías innombrables.

El Comité de Ciudadanos de Warlock, una entidad alegal cuyos servicios básicos son sufragados por los comerciantes y el dueño de la mina, decide contratar al comisario de Fort James, célebre por haber dado muerte al bandido tejano Big Ben Nicholson. El objetivo no es otro que mantener la paz y la seguridad, que no la justicia –¿o acaso no es la justicia sino la prevención de la anarquía, el crimen y la violencia?– y acabar con la mala reputación del pueblo, el mayor impedimento al progreso del comercio y la población. Desde el principio, la cuestión que se plantean los miembros del Comité, y por ende el lector –la novela se presenta como los fragmentos del diario de uno de ellos– es:
Por modestos y provisionales que puedan ser nuestros esfuerzos, quizá demuestren que en un anárquico estado de cosas es posible establecer una especie de sociedad ordenada. Consideramos que, en el fondo, nos encontramos dentro de la República, separados de ella únicamente por un gobierno territorial increíblemente inepto y perezoso, de manera que es preciso respetar las formas. ¿O es que estas están tan arraigadas en la mente de los hombres que sólo podemos ver las cosas desde su punto de vista?
Desde su llegada a la capital no oficial del valle de San Pablo, Clay Blaisedell y Carl Schroeder, quien deja su puesto como guardia de la línea de diligencias para unir su destino al de su mejor amigo, sorprenden e intrigan a los lugareños. Por un lado, el rigor y la frialdad con que aplican la ley ("Está por encima incluso de aquellos que la consideran una impostura... [y] es para todos, no sólo para lanzarla contra aquellos a quienes se odia a muerte") para mantener a raya tanto a los hombres de Abe como a la turba justiciera. Por otro, la sospechosa amistad que une al comisario con Morgan, dueño del local de la casa de juego Glass Slipper, y la relación que mantiene con la señorita Jessie, una de las pocas damas que habitan esas tierras donde toda mujer es considerada prostituta o concubina mientras no demuestre lo contrario, algo que no parece importar a casi nadie.

Por si fuera poco, la contratación del hermano de uno de los cuatreros como segundo introduce un poderoso elemento de estupor y anticipación trágica que ilustra los dilemas morales a los que debe enfrentarse cualquier agente de la ley. La previsible, aunque no por ello menos excitante, sorda batalla que estalla entre la traición y la redención, el poder de los lazos de sangre y las convenciones sociales es uno de los conflictos que con más fuerza impulsan al lector a adentrarse de lleno en ese mundo feroz y presuntamente irreal, del que a veces querría apartar la mirada, aunque a medida que avanza la narración renunciar a presenciar el destino de los habitantes de Warlock resulta simplemente impensable.

Para colmo, el tiroteo de la diligencia, saldado con el asesinato del acompañante de Kate Dollar, una vieja conocida de los nuevos hombres fuertes del pueblo, desencadena una serie de conflictos irresolubles entre los forajidos y la población de Warlock, ésta y el Estado y el dueño de la mina y sus empleados. La tragedia está, por tanto, servida.

A partir de este momento nada será lo que parece, o quizá sí, pero no queríamos admitirlo, o simplemente hemos sido engañados en nuestra vana pretensión de torcer la voluntad de unas leyes que el narrador cree inmanentes y nosotros, manipulables, como los jurados de la administración de justicia de Bright's City. ¿Quién es el burlador burlado? Como en casi todas las buenas novelas, para saberlo habrá que esperar hasta el penúltimo segundo.

Mientras tanto, disfrutaremos de una historia contada de forma ágil y dinámica, plagada de polvo y sangre, pero también sembrada de inquietantes interpelaciones acerca de la naturaleza humana, la de verdad y también esa segunda que tanto se confunde con la primera, y el carácter de la gesta americana, parte insoslayable del imaginario colectivo de buena parte de la humanidad, y de cuyos episodios más célebres, reales o imaginarios, se puede decir sin miedo a exagerar que son lo que era el teatro griego para nuestros antepasados de la antigüedad clásica.

En efecto, la década de 1880 en la vasta superficie limitada al este por las llanuras de Texas y las praderas de Kansas y al oeste por las Montañas Rocosas y el Valle del Sol, ubicación de la actual Phoenix, es sin duda una de las fuentes de inspiración más fructíferas y populares de los últimas décadas, también en España, donde tres generaciones de hombres consumieron buena parte de su ocio devorando las novelas de Marcial Lafuente Estefanía e imitadores. Ningún lector de aquellas historias, que, a juzgar por su destacada presencia en numerosas librerías de viejo y en las ferias de libros antiguos y de ocasión, siguen circulando a un ritmo saludable, debería perderse Warlock, una reproducción fiel de las reglas del canon del western (de hecho, algunas de ellas fueron fijadas precisamente en esta obra, publicada en 1958 y que rápidamente adquirió el estatus de clásico) y cuya versión cinematográfica, El hombre de las pistolas de oro, debemos al ingenio de Edward Dmytrick, quien un par de años antes había dirigido el fallido drama ambientado en la Guerra de Secesión El árbol de la vida.

En cuanto a la edición de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, cabe felicitar a la editorial por la inclusión de la introducción que Robert Stone escribió para una reedición de 2001 y que nos sitúa en la mitología de la frontera americana, un asunto que sigue inspirando tanto a los más entusiastas anarquistas de mercado como a quienes contemplan con horror la trayectoria de aquella nación. Asimismo, Benito Gómez Ibáñez ha realizado una traducción brillante. El único pero podría ser la lentitud que su afán por la exactitud y por evitar redundancias introduce en algunas escenas de acción. 

En definitiva, Warlock es mucho más que una gran novela americana. Un relato trepidante cuya intensidad estimulará su cerebro con igual o incluso mayor fuerza que estremecerá su corazón. 


OAKLEY HALL: WARLOCK. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores (Barcelona), 2009, 687 páginas.

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