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EL MALESTAR DE LA DEMOCRACIA, DE V. PÉREZ-DÍAZ

La crisis permanente

La democracia está en crisis, pero ¿acaso no lo ha estado siempre? La democracia convive con la inquietud, el malestar, la esperanza, la precariedad. Ahora bien, antes de apresurarnos a anunciar el advenimiento de nuevas realidades políticas deberíamos preguntarnos por el alcance y los límites de la fragilidad de dicho sistema. Sólo así podremos reforzarlo.

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La crisis existencial de la democracia liberal contemporánea, esa "flor rara" creada por la especie humana, quizá se deba más a la falta de gente empeñada en que perdure que a otros factores. El "escepticismo trascendental" del mundo moderno reduce la política a una cuestión de intereses y pasiones. Más que de crisis de la democracia, deberíamos hablar de una "crisis trascendental" originada en el exceso de escepticismo y de individualismo, que nos hace creer que podemos "controlar el destino". Lo que se echa en falta es una dirección o determinación, anota Víctor Pérez-Díaz en El malestar de la democacia.
Como diría Zhiang Zi: está bien que el hombre consiga lo que quiere, a condición de que sepa lo que quiere.
Pérez-Díaz ilustra esta situación recurriendo a varios ejemplos que contienen las claves de lo que está pasando. En primer lugar, a los que nos brindan Rusia y China, países que marcan el límite de la difusión de la democracia, "quizá por mucho tiempo". En Rusia, la "unanimidad obligatoria" impuesta por el Kremlin y la probable recuperación del poder por parte del aparato soviético desmienten los pronósticos de los más optimistas. En China, el "partido comunista de empresarios privados", que cada año ve engrosar sus filas con dos millones de nuevos militantes, dificulta cualquier predicción; y la capacidad del Estado para satisfacer la demanda de servicios de la población podría alargar esta situación por tiempo indefinido.
 
En cuanto a los EEUU, la polarización que tanto preocupa a los observadores extranjeros es un fenómeno restringido a las elites que no ha calado en la sociedad. Sin embargo, la incapacidad de los políticos para enfrentarse a problemas como el fundamentalismo islámico ha dado lugar a un pesimismo preocupante. Con todo, Pérez-Díaz piensa que el enfrentamiento con el islamo-fascismo podría producir un resurgimiento de la identidad americana, aunque –advierte– los estadounidenses podrían terminar equivocándose de adversario o peleando con sombras.
 
Por lo que respecta a Europa, el panorama viene definido por la ausencia de una política exterior común, la reticencia de Alemania a asumir responsabilidades y la amenaza que representa para la orgullosa Francia la presencia en su seno de grupos inasimilables. Por cierto: el temor de los franceses a que la globalización acabe con la identidad de su país y debilite a su Estado (v. Informe Védrine) podría hacer a Europa aún más prudente (ya lo es en exceso), que es lo que explica que vaya a remolque de los acontecimientos.
 
En España, leemos aquí, se observa un bajo nivel de autoestima y la ausencia de "una narrativa de la que [los españoles puedan] sentirse orgullosos". La vanidad, la dejadez y sobre todo la envidia son los principales problemas de nuestra sociedad, zarandeada por la confluencia de dos proyectos hegemónicos, el de los nacionalismos periféricos y el socialista. El efecto de todo ello podría ser la ruptura y fragmentación de la comunidad política, algo que depende en buena medida de las tendencias soberanistas presentes en el PSOE. Mientras tanto, asistimos a una revisión de la Constitución mediante nuevos estatutos de autonomía y a la peligrosa estigmatización del adversario, ejemplificada en la "puesta en cuestión del civismo o la inteligencia del electorado popular [del PP]". Pérez-Díaz alerta del peligro que conlleva el sonambulismo de las elites, más pendientes de la aquiescencia de su reducido círculo de interlocutores que de los sentimientos de una buena parte de la población.
 
Tras este diagnóstico moderadamente pesimista, nuestro autor pasa a reflexionar sobre las herramientas que podemos emplear para revertir la situación. En primer lugar, debemos ser conscientes de las llamadas "triarquías oligárquicas", que minan la sociedad civil y colocan la democracia al borde de la tiranía. Apoyadas por un gigantesco aparato propagandístico y un sistema educativo basado en la repetición de estereotipos, estas estructuras se dedican a la difusión de "simbolismos borrosos", imágenes deformadas de la realidad, políticas y retóricas dobles que manipulan el espacio público, determinando de qué toca o no hablar, y simplifican la realidad apelando al juego imaginario de izquierda y derecha.
 
El resultado de todo esto es el debilitamiento de la relación entre la ciudadanía, el Estado y los grupos de presión, así como la generación de una "ilusión política" que hace creer a los ciudadanos que poseen un poder del que en realidad carecen. Las campañas electorales, durante las cuales los políticos se dedican al ejercicio de la falsa humildad ante unos votantes ofuscados, no son sino una muestra más de la infantilización de la vida política.
 
Apelando a la tradición republicana y las virtudes cívicas antiguas, Pérez-Díaz propone una serie de remedios al actual estado de postración ciudadana y degeneración institucional. En primer lugar, debemos cuestionar la división izquierda-derecha, pues provoca una escalada de odio y resentimiento. Cooperación, deliberación y recuperación del centro como compromiso moral, rechazo de la utilización de la Guerra Civil como arma partidista, autolimitación y juego limpio son algunas de las soluciones por las que aboga, todas ellas basadas en la experiencia británica. También contamos con el ejemplo de Sarkozy, empeñado en difuminar las líneas divisorias políticas, para lo cual cuenta con el respaldo de la mayoría de los franceses.
 
La "división incivil del espacio público" en izquierda y derecha, que ni siquiera autores de la talla de Bobbio pueden justificar (su defensa de este esquema polar suena a "juego de palabras"), así como la aparición de triarquías oligárquicas, supone una pérdida de libertad y dificulta el dinamismo económico, lo cual alimenta el enfrentamiento y dificulta la comprensión y el diálogo. Esta "regresión de los ciudadanos a un estadio infantil" sólo podrá ser superada por una "filosofía moral política de afirmación, al tiempo, de la libertad y de la virtud cívica, liberal y comunitaria", que pasa, entre otras cosas, por la revitalización de los mercados como procesos conversacionales y de las asociaciones voluntarias de todo tipo, para fomentar un espíritu de pertenencia y de confianza generalizada.
 
Cómo conseguir el encaje entre el cosmpolitismo y unos grupos pequeños a menudo autárquicos y encerrados en sí mismos es un desafío que no se afronta en estas páginas, tal vez porque en este punto el mundo clásico no sea un ejemplo especialmente satisfactorio.
 
¿Qué ocurre cuando alguien se niega a comerciar y prefiere hacer la guerra, tal y como sucedió en buena parte de la Antigua Grecia? He aquí una pregunta incómoda, a la que Pérez-Díaz se enfrenta de forma oblicua, apelando a la globalización como mecanismo difusor de la democracia; postura que podría contradecir su tesis anterior sobre los límites de la expansión de la democracia. Por otra parte, ¿cómo evitar que el auge de las comunidades evite el "imaginario centrado en la afirmación de la particularidad"? Mediante la inculcación en las mentes de la benevolencia y el altruismo y la activación de la alerta ciudadana ante el lado oscuro de las asociaciones. Pero ¿quién va hacerlo? Y, sobre todo, ¿cómo? No, ciertamente, mediante "una asignatura escolar (...) sino como el desarrollo de unas formas de vida".
 
Pero si, por otra parte, las sociedades democráticas son, como afirma el autor, "modus vivendi entre agentes diferentes y enfrentados en torno a valores inconmensurables", y los bienes comunes "están ligados a visiones diversas de una "vida buena", no parece que las formas de vida puedan converger de forma automática. Otra cuestión que Pérez-Díaz cierra de forma incompleta. Su alusión a los valores "trascendentales" de los griegos de hace veinticinco siglos suscita más dudas de las que resuelve.
 
Lo que sí deja claro, y esto abre un nuevo frente en uno de los debates más interesantes de la teoría y la práctica política contemporáneas, es que debemos abandonar la visión de libertad negativa y libertad positiva de liberales como Berlin y afirmar unos "valores absolutos que no deben cuestionarse". Si al menos supiéramos cuáles son...
 
 
VÍCTOR PÉREZ-DÍAZ: EL MALESTAR DE LA DEMOCRACIA. Crítica (Barcelona), 2008, 272 páginas.
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