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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La etérea historia noruega

Noruega tuvo a Vidkun Quisling como Francia tuvo a Pétain. Pero Quisling pasó a la historia como prototipo de nazi local colaborador con los alemanes y, en cambio, los franceses, grandes productores de símbolos, han enterrado el nombre del mariscal bajo el rótulo de "gobierno de Vichy".

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De pequeño, yo oía hablar en mi casa –en la que todos salieron a la calle en 1944, tres años antes de mi nacimiento, a celebrar la Liberación, así, con mayúscula, de París, cantando la Marsellesa a voz en cuello, con otros muchos miles de habitantes de Buenos Aires— del gobierno de Vichy: en mi infantil ignorancia, pensaba que Vichy era un señor considerablemente malvado. Tardé bastante en comprender que ese señor se llamaba Pétain.

A mediados de los sesenta, ya mayorcito, vi en el cine Los héroes de Telemark, una película con Kirk Douglas, que encarnaba a un resistente noruego, en la que se narraba el sabotaje que un grupo de valientes a una planta de producción de agua pesada, el gran instrumento para la fisión nuclear. Con más o menos fidelidad a los hechos, se contaba en el film una historia real, cosa que me confirmó hace unos días mi admirada Inger Enkvist, en una conversación con Mario Noya en la que, entre otras cosas, hablamos del libro que hoy reseño, única señal aquí y ahora de la Noruega ocupada.

Se trata del Diario de Petter Moen, que acaba de editar Veintisiete Letras con un diseño idéntico al de la publicación original. Moen era el encargado de la prensa antinazi, de toda la prensa antinazi, generada por resistentes y grupos de aliados, fundamentalmente a través de un sistemático resumen de las emisiones de la radio británica, que se escuchaba en Suecia, cerca de la frontera, donde también se imprimían aquellos periódicos.

Moen fue detenido por la sección de la Gestapo en Oslo en febrero de 1944, en el llamado "crack de la prensa", en el que los alemanes desmantelaron todo el aparato que él manejaba, y cayeron los máximos responsables. En setiembre del mismo año, Moen fue deportado a Alemania con otros cuatrocientos prisioneros a bordo del Westfalen, que fue hundido por una mina aliada el 8 de ese mes. Podía haber muerto en un lager o haber sobrevivido, vistas la fecha y la dedicación casi exclusiva de los nazis a "la solución final" –la conferencia de Wannsee tuvo lugar en 1942–, y los noruegos no eran prioritarios en el exterminio, centrado en los judíos. Pero sus días acabaron entonces por lo que suele denominarse "fuego amigo".

Un tiempo después de terminada la guerra, la policía noruega, al desmontar los locales de la Gestapo, encontró los diarios de Moen: una primera parte escrita en una celda de aislamiento y otra en un calabozo que compartió con otros dos presos. La editorial Cappelen, cuya edición sigue minuciosamente Veintisiete Letras, explica que, con "infinita paciencia",
el texto fue perforado en el papel higiénico de la cárcel con la ayuda de un clavo que el preso "tomó prestado" de la cortina opaca que por la noche impedía que saliera luz de la celda. Cada letra fue trazada a puntitos en el miserable papel higiénico parduzco cortado en pliegos de alrededor de 16,5 x 19,5 cm. (...) trabajaba a ciegas (...) enrollaba los pliegos de cinco en cinco y los envolvía en un sexto [y] los introducía por una rejilla de ventilación en el suelo de la celda.
Fueron hallados al levantar ese suelo, en bastante buenas condiciones.

La lectura es sorprendente porque no se trata de un texto informativo, como sería de esperar, sino de un documento íntimo en el que predominan las culpas: por haber delatado a un compañero en la tortura, por no haber sido lo bastante amoroso con sus padres y con su esposa: en suma, por no haber dado la talla.

Si los encargados de reelaborar la historia noruega para quitarse la mácula del general apoyo a Quisling pretendieron iniciar con esta publicación la creación de una leyenda nacional heroica, a la manera francesa, no han dado en el clavo. "Durante la guerra, la mayoría de los noruegos se mantuvieron unidos y se enfrentaron resueltamente a los ocupantes y al nazismo", escribe con ingenuidad casi heroica la traductora y autora del epílogo de la edición española de Moen, Cristina Gómez Baggethun. Un Cándido francés podría escribir lo mismo, apoyándose en miles de libros, películas y obras de teatro creados para decir que sus connacionales eran estupendos y que los comunistas de varios orígenes, los republicanos españoles y los pocos judíos que no habían emigrado tuvieron un papel secundario en la organización y en la actividad de la Resistencia, también con mayúscula. La leyenda se apoya en la leyenda y se va convirtiendo en historia a medida que se repite. Hasta puede hacer lo que la historia oficial de nuestros vecinos hace: dar a De Gaulle el papel que en la realidad desempeñó Leclerc. Pero no hay un Leclerc, ni siquiera un De Gaulle. Oslo no se liberó por cuenta de ninguna organización eficaz, la hiciera quien la hiciera. Por eso, éste tiene todo el aspecto de ser el mito generador.

Noruega tuvo un papel estratégico importante en la guerra, lo mismo que Suecia –desde su falsa neutralidad–, en la provisión de hierro y acero para las industrias del Reich, y ninguno de los dos países salió mal parado de la contienda. Hoy por hoy, Oslo es la sede del vergonzoso premio Nobel de la Paz, una excrecencia de lo que ya en 1917 Rosa Luxemburgo llamó "el cadáver putrefacto" de la socialdemocracia, que goza al parecer de una salud envidiable, aunque apeste. Antes de eso, fue la patria de Ibsen y de Knut Hamsun, enormes escritores ambos, aunque el segundo apoyó resueltamente al nazismo, hasta el punto de obsequiar a Goebbels, en 1943, la medalla del Nobel de Literatura, que había ganado en 1920. Desde luego, fue partidario resuelto de Quisling. Todo esto hay que tenerlo presente antes de hacer afirmaciones sobre el "resuelto enfrentamiento" de la nación con el ocupante y con los invasores alemanes.

No obstante, estoy seguro de que el Diario de Moen debe ser considerado un documento importante. Esta edición incluye una serie de fotografías de época, incluidas algunas de la prisión en la que estuvo el autor, que enriquecen notablemente el texto e ilustran las condiciones en que lo escribió.


PETTER MOEN: DIARIO. Veintisiete Letras (Madrid), 2009, 184 páginas.

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