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NUEVO LIBRO DE ADELA CORTINA

La justicia en una ética de mínimos

La definición de justicia probablemente más recurrente en Occidente, desde la antigüedad clásica, sea la de Ulpiano: "La voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo suyo". Para la mentalidad usual, resulta sumamente llamativa, pues el viejo jurisconsulto no habla de que sea un impalpable atributo del Estado, o uno de sus órganos; ni tan siquiera se trata de una idea pura que tenga que tener un pálido reflejo en nuestro mundo. La justicia, en esta clásica definición, es una virtud.

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Es lo propio del hombre justo, de quien determina libremente su voluntad, no esporádicamente, sino con constancia y permanencia, dar a cada uno lo suyo. En consecuencia, hablar de una sociedad justa es posible hacerlo en la medida en que sus miembros tengan voluntad de dar a cada uno lo suyo; no es algo que haya que esperar primeramente de una vaga instancia o de los otros, sino que empieza por uno mismo. Y, claro, voluntad no es vaga intención.

Sí, dar a cada uno; pero ¿qué se entiende por "cada uno"? ¿Y qué es "lo suyo" de cada uno? Porque en nuestras sociedades occidentales, en cuyas raíces cristianas brotó la idea de persona, ya no todos tienen claro qué sea esto; y hay, en ellas, herederos de otras culturas en las que no se oteó ese concepto y no tiene el mismo peso ser varón o mujer, o tener unas u otras creencias; y hay quienes creen que el quisque, el cada uno, puede serlo un gran simio. ¿Y tendrá algo que ver la justicia con el bien? Si no es bueno ser justo, ¿habrá que serlo?

A éstas y a otras cuestiones estrechamente relacionadas hace frente Adela Cortina en Justicia cordial. En diciembre de 2008, la autora ingresó en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas con un discurso titulado "Lo justo como núcleo de las ciencias morales y políticas". Es lo que ahora aparece en forma de libro, y con nuevo título.

 A pensar una ética de lo que llama razón cordial ha dedicado Cortina en los últimos años distintos trabajos. En estas páginas trata de esbozar sus rasgos fundamentales, así como los principales retos a los que se enfrenta éste su pensamiento. El niño le parece que está lo suficientemente crecido, y llega el momento de presentarlo en sociedad.

Se trata de una obra de marcado carácter programático, por tanto, tiene ese sabor de lo aún por hacer, de lo pendiente de ulterior maduración, pero que ofrece, a la par, el desarrollo suficiente como para ponderar hasta dónde pueda dar o no de sí. La autora sitúa la ética en relación con la política y la economía; aborda el papel que tenga en la democracia, en un mundo globalizado, etc. Por otra parte, en sus páginas el lector puede encontrar también una guía bastante útil para situar distintas corrientes actuales del pensamiento ético.

El texto pertenece abiertamente a la corriente del reconocimiento recíproco, que se remonta hasta Hegel y en la que podemos encontrar nombres como los de Mead, Apel o Habermas. Para Cortina,

la ética no es entonces expresión de la pura subjetividad, pero tampoco de verdades objetivas en lo moral, independientes de los sujetos que pueden conocerlas. Es expresión de esa intersubjetividad humana, que nunca debería ser dañada.

¿Pero es solamente eso? En el cuarto de los capítulos, "Ética cívica y reconocimiento cordial", es donde se juega el momento decisivo de esta partida. Frente a las éticas que tienen en el horizonte la felicidad y el fin último del hombre, Cortina opta por una que no presenta –lo que no quiere decir que lo niegue– un modelo de felicidad al que todos los hombres aspiren; su propuesta es de corte deontológico, prima lo justo sobre lo bueno, y procedimental. Esta opción se debe a que en las sociedades occidentales, en la actualidad, concurren diversas propuestas morales, bien seculares, bien religiosas.

En ellas, distintos grupos que presentan diversas ofertas de vida en plenitud trabajan codo con codo porque comparten unas exigencias de justicia a las que no están dispuestas a renunciar, por entender que eso significaría caer bajo mínimos de humanidad.

De modo que

la opción por un modelo u otro de vida en plenitud es cosa de las personas y de los grupos, mientras que las exigencias de justicia deben ser compartidas por todos.

Todo lo cual es asaz problemático. Esta ética "reconstruye el quehacer social desde el paradigma de reconocimiento recíproco de quienes se saben y sienten como interlocutores válidos, como seres dignos de respeto y compasión". Lo cual supone una idea del hombre, de todo hombre, es decir, una idea universal. Pero también conlleva que es bueno respetar a los demás, es decir, que la justicia se inscribe en la bondad y que parte de ésta, parte de lo suyo que a cada quien hay que dar, entre otras cosas, comporta respetar la idea que cada quién tenga de la vida plena. Ahora bien, las exigencias de justicia deben ser compartidas por todos. ¿Y por qué, si no es porque se considera que es bueno que todos compartan la misma idea de justicia?

Dicho de otra manera, esta ética pretendidamente de mínimos, en realidad lo es de máximos, y de unos máximos en los que ciertamente la felicidad individual está subordinada a lo compartido por todos, pues lo que no fuera considerado por todos como justo, por muy social que alguien lo viera, tendría que relegarlo a lo privado. Si no fuera así, si no hubiera una idea universal de hombre, de bondad, etc., más que una ética, serían unas normas de urbanidad construidas con lo concurrente de todas las ofertas morales de felicidad y bondad humanas, expresión del encuentro de las distintas subjetividades para poder vivir de la forma más llevadera posible. Y el orden público no es precisamente lo mismo que la ética.

 

ADELA CORTINA: JUSTICIA CORDIAL. Trotta (Madrid), 2010, 152 páginas.

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