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OTTO WEININGER

La lucidez patológica, el Yo insoportable y el suicidio como refutación

El 3 de octubre de 1903, Otto Weininger, judío antisemita y homosexual homófobo, de 23 años, alojado en la habitación vienesa en la que había muerto Ludwig van Beethoven, se dispara en el pecho.

El suicidio viene a concluir –o a refutar– una serie argumentativa iniciada con Sexo y carácter (Geschlecht und Charakter. Eine prinzipielle Unterschung, 1903) y Sobre las últimas cosas (Über die letzten Dinge, 1904). Pero ¿es el suicidio un argumento? ¿Acaso el acto suicida forma parte de la obra de Weininger? ¿Cómo separar en su caso vida (muerte) y obra?

Mínimo Tránsito, de Antonio Machado Libros, ha tenido el acierto, y aun la osadía, de traducir el texto póstumo de Weininger, autor incómodo y poco conocido, Sobre las últimas cosas, el que viene a completar algunas de las ideas de su obra clave, Sexo y carácter. El libro fue publicado en Viena pocos meses después del suicidio del autor, gracias a Moriz Rappaport, amigo y albacea del finado, a quien pidió que publicara este texto tras su muerte.

El caso Weininger se enmarca en un contexto histórico y cultural del mayor interés para entender algo de la deriva adoptada por la Europa del s. XX. Se trata de la Viena de finales del XIX y principios del XX, el foco intelectual de mayor relieve en los años que preceden a la Gran Guerra, el núcleo del decrépito Imperio Austro-Húngaro y la mayor concentración de talentos del momento por metro cuadrado. En medio de ese esplendor de una intelectualidad y de una Europa a punto de desaparecer aparece un joven estudiante de Filosofía y Psicología (también cursó estudios de Ciencias Naturales y Medicina) que escribe una curiosa tesis doctoral. Este texto acaba siendo publicado, salvando algunos obstáculos, con ciertos añadidos bajo el título Sexo y carácter (Losada, Madrid, 2004, trad.: Felipe Jiménez de Asúa).

Es imprescindible señalar, ante todo, que ambos textos se complementan y que los postulados del pensamiento de Weininger están asentados y desarrollados pormenorizadamente en Sexo y carácter y, por tanto, dados por supuestos en Sobre las últimas cosas, que, sin embargo, no está exento de ciertas aportaciones decisivas e incluso de alguna matización con respecto al primero. En todo caso, este texto no deja de ser un conjunto de notas que no pudieron ser revisadas por el autor de cara a la publicación, por lo que su lectura debe contar con esta precaución elemental.

El valor filosófico de la obra de Weininger radica en la lucidez con que yerra, en lo fructíferos que son sus errores. Wittgenstein, que leyó fascinado su obra, dijo de él a G. E. Moore:
No es necesario o, aun, no es posible estar de acuerdo con él, pero su grandeza reside en aquello con lo que no estamos de acuerdo. Su enorme error es grandioso.
La obra de Weininger puede resultar llamativa y aun escandalosa, principalmente, por su caracterización del judío y de la mujer:
Groseramente expresado, el hombre tiene un pene, pero la vagina tiene una mujer (Sexo y carácter, pág. 151).

La mujer absoluta no tiene Yo (ob. cit., pág. 285).

La mujer es la culpa del hombre (ob. cit., pág. 466).

La mujer ya no tiene ningún significado si el hombre es casto (Sobre las últimas cosas, pág. 134).
Aunque:
Se puede pretender la equiparación legal del hombre y de la mujer sin por ello creer en su igualdad moral e intelectual (Sexo y..., pág. 399).
 
Las mujeres son seres humanos y deben ser tratados como tales, incluso aunque ellas no lo pretendan. La mujer y el hombre tienen iguales derechos (ibíd., pág. 525).
Todo su pensamiento gira en torno a una tesis clave, brillante en su desnudez expositiva, volteada y desbaratada, sin embargo, por los principios de los que se alimenta. La tesis, cuya formulación más concisa se halla justamente en el texto que reseñamos, es: "La creencia crea el ser" (Sobre las…, pág. 86). Al respecto, la expresión empleada en Sexo y carácter (pág. 295) es "la identidad del ser y del pensamiento". Ambas, tomadas en sí mismas, muestran notable confusión, y su acierto conceptual, como hemos adelantado, se ve sacrificado por las bases doctrinales a las que se hallan atadas. Imposible precisar su significado y alcance sin definir las nociones que las constituyen. Una vez definidas, se alcanza a vislumbrar la inversión sufrida por la tesis central que enuncian.

La distorsión del planteamiento del suicida vienés radica en que acierta fijando la construcción de identidad en el poder de la creencia, pero queda desenfocado, fatalmente, al conferir consistencia ontológica a lo que no puede tenerlo más que como trasunto de un Absoluto, de una Trascendencia, cuya sede es el reducto enfermizo del imaginario humano. No hay ser, en el sentido postulado por Weininger. Olvidando a Heráclito olvida que no podemos llamar ser más que al furioso devenir de cuanto existe, a la pertinaz ausencia, al vacío incesante de lo real. Así, toda la existencia humana se edifica sobre esa insoportable falta de soporte ontológico, sobre el estallido de toda permanencia, de toda constancia, sobre el vano desesperado (y vanidoso) que precisa ser inflado, para la mera supervivencia, con las pompas de los rituales, las costumbres, las ideologías. El ser que nos aqueja no es más que el anhelo psicótico de eternidad que nos constituye generando la ficción de la permanencia, es la caricatura patológica de esa precaria inmortalidad (revestida de mayor o menor belleza litúrgica, según los casos) de que todo ente finito es capaz. Ese simulacro de Absoluto opera en el sujeto humano como identidad, como Yo, otorgándole una consistencia psicológica (o existencial) que toma por real, resultante de una función gramatical elevada a categoría ontológica. Pero sin esta ilusión de eternidad real no hay satisfacción psicológica (virtual) del deseo de inmortalidad. Y lo ilusorio es una afección patológica de la psique humana, fuera de la cual no tiene existencia. O lo que es lo mismo: no es, en rigor, nada real. Así, la grandeza de Weininger estriba, en consecuencia, en dar con la clave que permite disolver el mito de la identidad –esa nada tiránica y destructiva–, con la paradójica y fascinante particularidad de que no la destruye, sino que procede a construirla dialécticamente con dicha clave, suponiéndole una entidad real de la que carece:
Por tanto, existe la identidad completa, sólo los momentos temporales son distintos (Sobre las…, pág. 147).
Pero la "identidad completa", el Yo atemporal (como sugirió Freud, a quien Weininger conoció) no es otra cosa que psicosis.

Esa es la razón por la cual el judío, aún más que la mujer, tomado como arquetipo platónico realizado históricamente, es el enemigo en el pensamiento de Weininger:
He elegido el judaísmo como objeto de especial consideración porque, como podrá verse, es el más tenaz y peligroso enemigo de los conceptos que hemos desarrollado, y especialmente de los que vamos a desarrollar, así como de todas las deducciones que se derivan de tales conceptos (Sexo y…, pág. 471).
El judío encarna la nada, es el arquetipo de la ausencia de realidad, es la fugacidad, el nomadismo más puro, el éxodo incesante, la falta de fe, la negación de la inmortalidad:
[Al judío] le falta el ser metafísico, verdadero, inalterable (ibíd., pág. 498).
Para Weininger –y ésta es la clave a la que aludíamos antes, la columna vertebral de su pensamiento–, el judío no es nada porque no cree en nada:
El judío es el hombre incrédulo. La fe es aquel acto del hombre por medio del cual se acerca a un ser. (…) Y la causa esencial de que el judío no sea nada debe buscarse en que no cree en nada. La creencia lo es todo (ibíd., pág. 499).
Y, completando la secuencia lógica establecida por las premisas, carece de alma (de ser, de Yo, tomados en sentido estático, inmutable) por carecer de fe:
Lo divino del hombre es el alma, y el judío absoluto carece de ella. Es, pues, perfectamente lógico que en el Antiguo Testamento no aparezca la menor referencia acerca de la inmortalidad. Quien carece de alma no podrá sentir la necesidad de la inmortalidad (ibíd., pág. 488).
 
Es algo como un estado anterior al ser, un eterno vagar ante las puertas de la realidad. El judío no puede identificarse verdaderamente con nada, y por nada ni por nadie expondría su vida (ibíd., págs. 504-505).
Por tal motivo representa, para él, lo más odioso de lo humano, lo absolutamente incapaz de libertad por ser ajeno al bien y al mal. Weininger concibe la libertad en sentido voluntarista como libre arbitrio, como capacidad de elección, siguiendo la estela del pensamiento cristiano, agustiniano para ser precisos, y, por ello, no ve (y aquí su lucidez se ciega en una vuelta de calcetín que da cuerpo a su obra) el carácter servil del ser inmutable generado por la fe, el anclaje férreo de los fundamentos inalterables, la pesantez del Yo estático, enraizado en la tierra, en la patria, en la sangre, en la raza, encadenado al dogma, al Padre, no concibe como mal más que la ausencia de realidad, de bien, al estilo plotiniano, no ve el potencial liberador del incrédulo, del nomadismo judaico, de la alegría de no ser:
El judaísmo es lo peor de todo (Sobre las…, pág 240).

En este sentido, el judaísmo es el mal radical (ibíd., pág 246).
El judío es el enemigo que acecha en cada esquina de la Historia, el mal (la nada) del que se liberó Jesús:
Cristo es el hombre que superó en sí mismo la más fuerte negación, el judaísmo, y creó la posición más fuerte, el cristianismo, como el extremo opuesto a aquél. (…) En la historia del mundo, cristianismo y judaísmo se condicionan como posición y negación. En Israel se dio la posibilidad máxima de que ha dispuesto un pueblo: la posibilidad de Cristo. La otra posibilidad es el judío.

(…) Cristo era un judío, pero sólo para poder superar del modo más completo el judaísmo que llevaba en sí. (…) El judaísmo era el especial pecado original de Cristo. (…) Quizá es y será el único judío que haya logrado una victoria tal sobre el judaísmo.

(Sexo y…, págs. 512-513).
Es el mal del que trata de liberarse el propio Weininger con una conversión al cristianismo que resulta insuficiente, por lo que el suicidio se revela, para él, como el único modo de ganar la batalla (de hecho, ésta es básicamente la tesis del capítulo de Sobre las últimas cosas dedicado a Peer Gynt):

El hombre completamente bueno [Jesús] debe morir joven (Sobre las…, pág. 236).

(…) vencer de este modo al judaísmo que encierran en su interior (Sexo y…, pág. 486).

Con el suicidio, Otto Weininger logra acabar con el judío más peligroso, más dañino, aquel que se interpone entre él y el ser, entre él y el Yo: el propio Otto Weininger. De ahí el carácter trágico del personaje, incrustado sin remedio en ese callejón sin salida al que su propio pensamiento le condena, la peculiaridad de una aporía en la que un acto concreto (el suicidio) parece completar la obra que lo precede. Lo fascinante aquí resulta ser la posibilidad de interpretar dicho acto como una refutación –más que como una conclusión– de la obra, ya que muestra la imposibilidad misma de consolidar el ser más allá de la única eternidad que le cabe a todo ente finito: la muerte, la nada.

Weininger, arquetipo de ese auto-odio radical, constituye algo así como una unidad de medida del antisemitismo, un canon de la judeofobia germánica, un síntoma del antisemitismo pre-nazi, una premonición de lo que vendrá:
De igual manera que sólo se ama en otros aquello que se quisiera ser, y, sin embargo, no se es completamente, así también sólo se odia aquello que en modo alguno se quiere ser, y, sin embargo, se es en parte (Sexo y…, pág. 473).
El antisemitismo de Weininger fue sin duda atractivo para los ideólogos nazis, y aun el personaje mismo, resuelto a acabar con el judío incluso en su propia persona (como reconoció Adolfo Hitler). Sin embargo, cabe recordar que hay un salto de la judeofobia del primero a la judeofobia nacionalsocialista. La del primero es de corte romántico y opone el cristianismo al judaísmo:
En los Evangelios, la nueva idea se halla en estrecha relación con otras dos ideas cristianas, no judías, como son las del amor y la vida eterna (Sobre las…, pág. 59).
La del nazismo pretende ser "desapasionada", no romántica, "racional" (exterminar "sin odio", dice Himmler) y pagana.

La judeofobia de Weininger se alimenta de un corpus doctrinal marcado por un peculiar idealismo (que se reclama heredero de Kant, pero que apunta más bien hacia Hegel) y un humanismo nada revolucionario. Un abismo de ceguera idealista se erige, al concebir al ser humano, a la poesía, a la ética, etc., en clave metafísica, por encima de la lucidez con la que caracteriza, por ejemplo, a la ciencia.

El suicida vienés apunta hacia la clave de un pensamiento materialista volteándolo, paradójicamente, hasta apurar un acabado idealismo humanista y resolviéndolo en un discurso a veces brillante, a veces disparatado, basado en la concepción más metafísica del ser y de Dios. La vuelta de calcetín que supone el pensamiento de Weininger puede aportar valiosas e inquietantes pistas para la comprensión de las ideologías históricamente hegemónicas de la Europa de entreguerras, aunque, por la peculiaridad de su caso, resulta fácil, a su través, malinterpretar u olvidar los matices del idealismo totalitario que ha producido los engendros políticos del s. XX.


OTTO WEININGER: SOBRE LAS ÚLTIMAS COSAS. Antonio Machado Libros (Madrid), 2008, 246 páginas. Traducción, notas e introducción de José María Ariso.

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