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'IFIGENIA EN FOREST HILLS'

La periodista y la asesina

Janet Malcolm fue una de las primeras periodistas de este lado del siglo que dejó escrito, sin llegar a verbalizarlo, que ningún cronista que se precie puede encararse con un relato sin dar noticia del proceso de producción del texto. Esta clase de grumos confirieron a El periodista y el asesino una pátina ejemplarizante que, tras la lectura de su recentísima Ifigenia en Forest Hills, se antoja pasto de melancolías.

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El periodista Arcadi Espada, cicerone de Malcolm en España, advertía en su blog de que Ifigenia era "muy discreto". Asimismo, y aplicándose el cuento de que la misión primordial de un crítico es desbrozar el camino de los lectores para, en la medida de lo posible, ahorrarles todo el tiempo del mundo, daba lustre a una de las escasas reflexiones acerca del periodismo que nos regala la autora. Ésta:

Los periodistas piden entrevistas como los mendigos piden limosnas, con un actitud nerviosa y reflexiva. Los periodistas, como los mendigos, deben estar preparados para el rechazo y no pueden permitirse que el orgullo les impida dar el paso. En todo caso no es agradable para un adulto exponerse al rechazo. Tras muchos años de dedicación al periodismo, sigo sin acostumbrarme a esta parte del rabajo. Detesto pedir. Detesto que me digan "no".

Que Malcolm, a sus 78 años, haga notar su incomodidad ante el reverso implorante del oficio da una idea de su estatura profesional. Por lo demás, el hecho de que sea mujer no parece irrelevante; máxime teniendo en cuenta que jamás se vale de ello para blindar su escritura (a diferencia, por cierto, de lo que viene siendo habitual en el gremio, donde rara es la abajofirmante que deja pasar ocasión de recordarnos que tiene la regla). Se trata, no obstante, del único párrafo de la obra que nos devuelve a la hondura introspectiva de algunos de sus trabajos anteriores, excepción hecha del también fallido Gertrude y Alice.

En Ifigenia en Forest Hills, Malcolm asiste como reportera al juicio de Mazoltuv Borujova, médico de origen uzbeco acusada de haber asesinado a su exmarido, con quien andaba enfrentada por la custodia de la hija de ambos. A partir del proceso, Malcolm evidencia que la protección de los derechos del menor es un fundamento jurídico transido de falacias, toda vez que, como patentiza el sufrimiento de la hija de Borujova, Michelle, la figura del menor no es más que un arma arrojadiza entre las partes, entendiendo como partes los dos relatos antagónicos que lidian en el juicio. Nada, en fin, que no se nos hubiera revelado en Kramer contra Kramer.

Mil veces me pregunté cómo diablos una autora como Malcolm podía haber firmado un relato tan exánime, tan cuajado de lugares comunes, tan despoblado de sutilezas. Al cabo, llegué a la conclusión de que un fiasco de semejantes características sólo está al alcance de una voz consagrada.

La convicción de la reportera, tan infundada como exasperante, de que Borujova es inocente, o el modo en que caricaturiza al juez y los fiscales (así como la circunstancia de que lo haga al punto de conocerse la sentencia, en una estrategia narrativa que recuerda la de esos perdedores que, disconformes con el resultado, rompen la baraja), acaba por empañar lo que, a mi modo de ver, constituye el único asidero de la obra.

Me refiero al hecho de que Malcolm interpele a los integrantes de la secta bujarí desde un plano moral inequívocamente superior. Una cohorte de profesionales liberales más o menos adinerados, tratados con el paternalismo y aun el prurito de comprensión típicamente socialdemócrata que merece su acervo de supercherías.

En descargo de la autora (es un decir), debo decir que no parece intencionado.

 

JANET MALCOLM: IFIGENIA EN FOREST HILLS. Debate (Barcelona), 2011, 192 páginas.

albertdepaco.blogspot.com

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