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EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN

Lenin, el exterminador

Mientras Stalin es recordado como el carnicero que mandó asesinar a millones de personas, Lenin ha pasado a la historia como el pacífico revolucionario que implantó el comunismo en Rusia. Sin embargo, amenazó con eliminar al "80% de la población" para alcanzar sus fines.

Gorka Echevarría Zubeldia
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Con ocasión de la reedición de su libro El Estado y la revolución, analizaremos la verdadera faz de uno de los más importantes socialistas de todos los tiempos.
 
Como todo revolucionario, Lenin aparece en los libros de texto como un hombre preocupado por la penosa situación de sus compatriotas; ahora bien, en realidad, y al igual que personajes como Che Guevara o Mao Tse Tung, odiaba a la Humanidad.
 
A pesar de que atacara el capitalismo porque, a su juicio, bajo tal sistema sólo los ricos eran libres, y de que prometiera destruir el Estado para acabar con el aparato de opresión por excelencia, llegó a considerar que el hambre cumplía "una función progresista", porque conseguía que los campesinos "reflexionasen acerca de los hechos fundamentales de la sociedad capitalista" (sic). Como dijo el socialista Pekanov, Lenin "confundió la dictadura del proletariado con la dictadura sobre el proletariado".
 
Durante los siete años que duró su mandato al frente de la URSS, la sangre se derramó sin contención. Bastaba, como decía en sus discursos y escritos, con que una persona se opusiera a la revolución para ponerlo "contra la pared". Ya no se trataba de latifundistas y millonarios, sino de cualquiera que no demostrara su adhesión inquebrantable a la Revolución.
 
Su policía secreta, la Cheka, modelo que posteriormente fue utilizado por el PSOE de Largo Caballero y el PCE de Carrillo, pasó a cuchillo alrededor de 500.000 personas, de las cuales la mayor parte eran campesinos.
 
Cuando no se ejecutaba a los disidentes se los internaba en campos de concentración. El éxito del universo concentracionario soviético inspiró a los nazis para su empresa de exterminio de los judíos.
 
Ya en El Estado y la revolución anticipa Lenin la importancia que otorga a las convulsiones y a la represión para alcanzar la "liberación de la clase oprimida". Como muestra, baste un botón: "La fuerza especial de represión del proletariado por la burguesía debe sustituirse por una fuerza especial de represión de la burguesía por el proletariado".
 
Al margen de esta continua invocación a la acción armada, Lenin no realiza un estudio, siquiera somero, sobre la teoría de la explotación o la ley de hierro de los salarios. Si acaso, sólo algunas exégesis de textos de Engels y Marx, sobre la Comuna de París o la destrucción del Estado, lo cual resulta extraño en un libro de uno de los autores más relevantes dentro del marxismo. Es más, Lenin hasta sorprende en ocasiones por su incapacidad para desarrollar la teoría socialista sistemáticamente.
 
En cambio, lo que nos encontramos en este patético intento de presentar el ideario marxista son constantes imprecaciones y argumentos ad hominem contra los anarquistas y los socialdemócratas.
 
Sólo por este motivo merecería la pena olvidarse de esta obra… si no fuera porque nos recuerda que durante mucho tiempo las ideas que movieron a este sujeto fueron reputadas como científicas, y sus críticos de fascistas.
 
 
Lenin: El Estado y la revolución. Alianza Editorial, 2006; 183 páginas.
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