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'DESEO, MEMORIA Y EXPERIENCIA'

Lo bueno de la "muerte de Dios"

Nietzsche es el profeta de la "muerte de Dios" no porque anuncie que vaya a morir, sino porque pone de manifiesto lo que ha tenido lugar en la Modernidad, que el hombre ha prescindido de Dios: "¿Qué ha ocurrido con Dios? Yo os lo diré. Nosotros lo hemos asesinado, vosotros y yo. ¡Nosotros somos sus asesinos!".

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Un hecho totalmente insólito en la historia de la humanidad, el vivir como si Dios no existiera, de espaldas a Él, sin creer en Él e incluso dando lo mismo que exista o no. Pero con ello se ha venido abajo todo el mundo cultural de Occidente, todos sus valores quedan sin cimiento donde sostenerse, la vida del hombre está en vilo:

¿Qué hacemos separando la tierra de su sol? ¿Adónde irá ahora? ¿Adónde iremos nosotros, lejos de todos los soles? ¿No continuamos cayendo, hacia atrás, hacia los lados y hacia delante? ¿Existe aún un alto y un bajo? ¿Acaso no avanzamos errantes en una nada infinita?

Gabriel Amengual, en Deseo, memoria y experiencia. Itinerarios del hombre a Dios, parte de este hecho, del íntimo desfondamiento en el que está el hombre occidental, pero sacando de ello unas consecuencias distintas de las de Nietzsche, pues esa situación pone de manifiesto la limitación del hombre y, por tanto, es posibilidad de encuentro, no sólo con la propia finitud, con la incapacidad para auto-fundamentarse, sino con el carácter trascendental de todo hombre, es decir, con el balcón que se abre en nuestra casa al fundamento último y único.

El conocimiento de ese desfondamiento de la propia interioridad es a la par una experiencia religiosa. El camino de la búsqueda de Dios no se puede realizar solamente en una línea metafísica, sino que también es posible una línea antropológico existencial que

toma como punto de partida la constitución esencialmente abierta del hombre, que lo lanza necesariamente más allá de sí, de modo que en sí mismo se caracteriza por la capacidad receptiva, de oyente y acogedor de la Palabra y del don, de la revelación y la autodonación de Dios. (Página 14).

En esa perspectiva se sitúan las páginas que Amengual nos brinda. En un primer momento centra la atención del lector en las grandes líneas de la crítica a la religión, tratando de tomar de ellas aspectos positivos tanto en la concepción de Dios como en la comprensión de la religión. Fruto de esa crítica es el "situar todo el complejo mundo de la religión en el nivel de la experiencia de lo vivido por el hombre, tanto psicológica como socialmente" (p. 15). Desde ahí, los siguientes capítulos tratarán de la trascendencia del hombre en su memoria, deseo y en el sufrimiento del otro –el mal es presentado no como el cuestionamiento de Dios, sino como la más radical situación que lo demanda y necesita–; del deseo visto desde L’Action de M. Blondel; la relación entre experiencia mística y filosofía; la apertura a la Cruz desde el sufrimiento humano; y, por último, una panorámica de cómo, en la historia del pensamiento de los últimos dos siglos, tras el abandono de la teodicea clásica, ésta ha sido sustituida por la filosofía de la religión y cómo el pensamiento sobre ésta, desde Kant, ha girado en torno a la experiencia.

Tras este recorrido por la filosofía de la religión, Amengual hace balance del mismo; constatando primero la centralidad que ha ido tomando la experiencia y cómo en ella lo sentimental tiene preferencia sobre lo racional. Esto tiene para él una serie de elementos positivos. Permite poner de relieve lo específico religioso, que no se ha de confundir o reducir a ideas y conceptos; el conocimiento religioso no es puramente objetivo, se trata de un conocimiento existencial, una convicción que remite a ser vivida. Por ello, algo característico en la exposición de dicho conocimiento es el testimonio y que las afirmaciones religiosas, sobre todo en nuestro contexto cultural, tengan su peso ante todo en la credibilidad de quien las hace, no tanto en las razones. La religión, en este sentido, sería una experiencia.

La filosofía de la religión, fundamentada en la experiencia, trata de mostrar que lo religioso no está ligado a un determinado planteamiento ontológico, que es algo anterior al problema metafísico. Desde la crisis de la metafísica, la idea de Dios, según nuestro autor, puede ocupar su lugar antropológico y su sentido religioso; lo propio de la filosofía sería dar razón del hecho religioso y no tanto llegar al conocimiento de Dios.

Pero también cabe decir que esta acentuación de la experiencia presenta su lado negativo: el relativismo nacido del subjetivismo. Se necesita por tanto el elemento cognitivo para que la experiencia no acabe escindida de la trascendencia y de la intersubjetividad.

Toda experiencia presupone conocimiento, se da en un horizonte cultural de significados y valoraciones. La experiencia propiamente se tiene cuando es expresable en palabras, pues entonces es plenamente consciente y puede ser transmitida; la experiencia es por tanto un acontecimiento cognitivo y lingüístico. Pero además la experiencia, al expresarse, forja conocimiento y cultura y posibilita la identidad personal y grupal. Experiencia y conocimiento se implican mutuamente.

Esta necesidad de no desconectar la experiencia religiosa del conocimiento se encuentra en filosofías contemporáneas de la religión que tratan de recoger la riqueza de la teología filosófica, sin dejar de ser filosofía de la religión, como es el caso de K. Rahner, B. Welte y X. Zubiri. En ellos, lo ontológico respecto a Dios se da concerniendo esencialmente al hombre.

Así resume Amengual su propia postura (p. 215):

Al encuentro personal se llega después de tener noticias de aquel al que queremos encontrar. Es el encuentro y la experiencia personal lo que nos acoge, nos sobrecoge y nos transforma. No son lo mismo las noticias que el encuentro personal, pero éste no es posible sin aquellas. Normalmente no hay encuentro personal con Dios sin unas condiciones culturales previas.

En el oratorio Pasión según S. Mateo, tras negar Pedro a Jesús, la contralto interrumpe el relato evangélico y, tomando la palabra en nombre de todo el auditorio, canta una de las más bellas arias de toda la obra vocal de Bach: "Erbarme dich, mein Gott..." ("Apiádate, Dios mío..."). La cantante y después el coro reconocen su culpa en el asesinato de Jesús; los cristianos siempre supieron que todos los hombres habían matado al Hijo de Dios.

 

GABRIEL AMENGUAL: DESEO, MEMORIA Y EXPERIENCIA. ITINERARIOS DEL HOMBRE A DIOS. Sígueme (Salamanca), 2011, 224 páginas.

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