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LA IGLESIA: DE LA COLABORACIÓN A LA DISIDENCIA

Más luz sobre España en el franquismo

Peor que un país amnésico, que no recuerda quién es, es uno que cree ser lo que jamás ha sido, que se ha engañado con una fantasía sobre su ayer. Quien no recuerda su identidad sabe que le falta la presencia de su pasado y, por ello, se fatiga por hacerlo presente; quien delira sobre su identidad cree que sabe quién es, y todo cuanto construye lo hace sobre el incierto cimiento de la mentira de un fantástico pretérito que ha terminado por creerse.

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Segismundo, en La vida es sueño de Calderón, no ha perdido la memoria ni delira sobre su identidad, sencillamente lo han engañado, y cuando empieza a conocer la verdad intentan hacerle creer que es un sueño. Propósito inútil, pues la realidad tiene una fuerza de imposición que nos atrae. Aunque siempre existe la posibilidad de renunciar a lo auténtico y preferir vivir en el engaño, en una alucinación. También hay sociedades engañadas y otras que, cuando sospechan el engaño, prefieren sumirse en un delirio perpetuo.

Frente a una pertinaz lluvia propagandística, cuyos efectos agigantan unos potentes medios de comunicación que detentan un cuasi-monopolio cultural, hay también una paciente labor de verdadera cultura, en la que se encuentra la investigación histórica, que se esfuerza por darnos la verdad de lo que somos, en la que no puede faltar la verdad de lo que hemos sido. En la serie "La oposición durante el franquismo" de Ediciones Encuentro podemos leer, de Feliciano Montero, La Iglesia: de la colaboración a la disidencia (1956-1975). Libro que, en contraste con la imagen colectiva que se ha creado sobre España en la dictadura de Franco y la Iglesia de entonces, a más de uno, si no fuera por las notas a pie de página, le podría resultar un libro de ficción; a muchos les servirá para irse despertando y a otros para profundizar en el pasado que ya poseen.

La tesis que sostiene Montero es que, tras la muerte del dictador,
la Iglesia, en su gran mayoría y en sus distintos niveles de expresión, desde la Conferencia Episcopal hasta las comunidades parroquiales, pasando por las diversas asociaciones apostólicas, llegaba preparada (...), dispuesta a aceptar e impulsar una transición pacífica hacia un sistema de valores liberal-democráticos, en muchos casos con un fuerte sentido social y socializante.
La Iglesia estaba en condiciones para sumar a favor de un proceso reformista y no rupturista, aunque hubiera en ella minorías, bien aferradas al régimen anterior y con claras reticencias a la recepción del Vaticano II, bien proclives a rupturas de sesgo marxista. Además del papel decisivo de la jerarquía, un factor determinante fue que, en gran medida, quienes luego engrosarían la militancia y los cuadros de los nuevos partidos políticos se habían formado en distintos movimientos y asociaciones eclesiales. Junto a esto, otro elemento de importancia que hizo posible la transición pacífica a la democracia fue, en opinión del autor, la aportación de la Iglesia a la "concienciación y educación en valores liberal-democráticos y sociales" de "amplios sectores de la población". Labor en la que tuvo un papel destacado la Acción Católica especializada con los métodos activos de formación, como la Encuesta o la Revisión de Vida.

Todo lo cual no ocurrió de la noche a la mañana, sino que fue el fruto de un proceso histórico de décadas, en el que F. Montero distingue claramente dos etapas, sobre las que estructura su libro.

Aunque se pueden encontrar antecedentes en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, es desde 1956 que aparecen ya claros síntomas de distanciamiento de la Iglesia respecto al Régimen. Hasta 1968, el protagonismo lo tendrán los seglares y algunos sectores del clero, especialmente desde los movimientos apostólicos. A partir de ese año, y más claramente desde 1971, los obispos se sumarán a esa distancia crítica, a la par que se dará una radicalización en parte del clero y de los militantes de la Acción Católica. Pero la Iglesia no solamente fue tomando paulatinamente distancia, sino que fue cumpliendo una "función tribunicia de cauce y portavoz legal o semilegal de demandas e instituciones ilegales o clandestinas".

Este proceso, hace notar Montero, de creciente divergencia con el Régimen se vio favorecido por la recepción del Concilio Vaticano II, particularmente de la declaración "Dignitatis humanae" sobre la libertad religiosa y de la constitución "Gaudium et spes" sobre la Iglesia en el mundo actual. A la vez, hay que añadir que la asimilación de la renovación conciliar resultó, por su parte, afectada por el franquismo y el antifranquismo, lo que ha dado unos caracteres muy particulares a la Iglesia en España. Pero esto último es ya harina de otro costal y no propiamente de este libro, aunque no haya pocas pistas en él sobre esta cuestión.


FELICIANO MONTERO: LA IGLESIA: DE LA COLABORACIÓN A LA DISIDENCIA (1956-1975). Encuentro (Madrid), 2009, 360 páginas.
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