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'LOS GONDOLEROS SILENCIOSOS'

Navidades en Venecia

Hace unos días andaba yo buscando un libro que recomendar para estas fiestas, y lo cierto es que no estaba teniendo mucha suerte. No quería nada demasiado ñoño, sentimental o típicamente navideño, pero tampoco era cosa de recomendar una tragedia tremebunda o un libro de terror y vísceras. Aunque, claro está, hay gustos para todo.

Carmen Pulín Ferrer
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Lo que buscaba era algo apropiado para leer, por ejemplo, en la tarde del día de Navidad o en Año Nuevo, mientras la familia duerme la siesta y digiere el típico menú de cinco platos y tres mil calorías. Un libro que sirviera de broche de oro a un día perfecto... o que levantara el ánimo tras aguantar a los niños lanzándose con saña figuritas de mazapán, a la abuela que proclama, por vigésimo año consecutivo,"Ay, estas Navidades son las últimas", o al clásico y encantador cuñado progre, inevitable en toda reunión familiar.

Como he comentado, no estaba teniendo demasiado éxito en mi búsqueda; hasta que, por casualidad, encontré un libro cuyo título me llamó la atención: Los gondoleros silenciosos, de William Goldman. Se trata de un escritor muy poco conocido en nuestro país, pese a ser un reputado guionista: suyos son, por ejemplo, los textos de Marathon Man, Misery, Los demonios de la noche, Dos hombres y un destino y Todos los hombres del presidente: por estos dos últimos títulos fue galardonado con sendos Óscar.

Hasta ahora sólo había aparecido en España una de sus novelas: La princesa prometida, de cuyo guión cinematográfico también es responsable.

La reseña de la contraportada del libro que nos ocupa no resultaba demasiado prometedora: una historia sobre gondoleros cantantes que súbitamente enmudecen. Tampoco parecía una historia demasiado apropiada para estas fechas. Y no es que me atraiga mucho Venecia. Pese a todo ello, decidí probar suerte, y resultó ser exactamente lo que estaba buscando: un maravilloso cuento de Navidad.

Al igual que en La princesa prometida, Goldman emplea en Los gondoleros silenciosos el recurso al alter ego ficticio, el escritor S. Morgenstern, narrador de la historia de los gondoleros venecianos que, un buen día, y sin motivo aparente, deciden no volver a cantar. Morgenstern, emparentado con una antigua familia de gondoleros, sabe que la clave del misterio se encuentra en la historia de Luigi, un joven sencillo, optimista y bonachón, querido por todos, pero que oculta un gran secreto... que cambiará su destino y el de todos los gondoleros de la ciudad.

En su excelente libro autobiográfico Las aventuras de un guionista en Hollywood, Goldman explica que lo más relevante de la industria cinematográfica es que nadie sabe nada. Nadie sabe qué hace que una película funcione, o por qué lo que parecía un éxito seguro se convierte en un fracaso en la taquilla. Sin duda, lo mismo puede decirse de este relato: nadie sabe exactamente por qué, pero funciona. Ninguno de los elementos de la narración parece, por sí solo, particularmente sobresaliente, pero todos ellos están combinados con tal acierto, que el resultado engancha al lector.

Tampoco puede buscarse la clave de la excepcionalidad de Los gondoleros silenciosos en el escenario en que transcurre. Sin duda, Venecia es una ciudad muy bella y romántica, pero por eso mismo puede hacer que el escritor sea presa fácil de los tópicos o del ambientalismo. Afortunadamente, Goldman sabe eludir estos peligros. En estas páginas no cabe duda de que Venecia es la auténtica Ciudad de los Canales, y por supuesto comparecen sus palacios, iglesias, hoteles y tiendas de souvenirs, pero la acción principal se desarrolla en escenarios ficticios: la Taberna de los Gondoleros, la Iglesia de las Almas de los que Murieron por el Mar o la Esquina Plof. Lugares tan sugestivos que logran que nos centremos en ellos y pasemos por alto que, ¡oh sacrilegio!, no se hable apenas de la Plaza de San Marcos, de la Basílica o del Puente de los Suspiros. Estamos en Venecia, sí, pero en una Venecia muy especial, que no aparece en los circuitos turísticos.

Tampoco parece, a primera vista, que los personajes sean particularmente extraordinarios: son, fundamentalmente, un grupo de gondoleros, de los que no se nos cuenta mucho. Reman, cantan y pasan el resto del tiempo bebiendo cerveza en su taberna. Sólo el protagonista, Luigi, es descrito con algo más de detalle: sabemos que es joven, alto, agradable, y de sonrisa bonachona. Posee una asombrosa habilidad como remero, que le convertiría en el mejor gondolero del lugar... si no fuera por el terrible defecto que le obligará a abandonar su querida profesión. Los demás aparecen descritos más como grupo que como individuos (aunque hay destacadas excepciones, como la protagonizada por el terrible profesor de la Escuela de Gondoleros, Juan el Bastardo). Pocos personajes más hay: algunos turistas; los Gordi, propietarios de la Taberna de los Gondoleros; unos profesores de canto un tanto peculiares; la familia de Luigi o la bella Laura, el primer amor de nuestro protagonista. En una memorable escena, ella manifiesta su interés por él regalándole un calamar: he aquí una interesante variante del famoso eslogan "Si un desconocido te regala flores...". Algo extraño, sin duda, pero, como reflexiona nuestro héroe:

Una chica y un chico chocan; sin duda, es un accidente. Una chica y un chico chocan y a ella se le cae el pañuelo; sin duda, es otro accidente. Pero cuando una chica le regala a un chico un calamar muerto: eso tenía que querer decir algo.

Este tipo de escena nos da una idea del estilo de Goldman: es irónico, exagerado, a menudo inverosímil o incluso disparatado; le gustan las situaciones absurdas, las falsas anécdotas de personajes reales, como Caruso, o meter lugares inventados en otros bien verdaderos; y siempre resulta brillante. Es evidente que domina el oficio: nada chirría en un mecanismo construido con piezas sencillas pero eficaces. Pese a su aparente simplicidad, la narración no es, en absoluto, aburrida ni previsible: el lector cree adivinar lo que va a pasar a cada momento, pero Goldman siempre va bastante por delante, retorciendo la trama, introduciendo sorpresas, giros y, sobre todo, magia. No del tipo de la que encontramos en las historias de Harry Potter, sino de la de verdad: la magia que hay en la belleza, en la bondad, en la fuerza de voluntad y en el empeño por alcanzar un sueño. La misma magia con que nuestro autor sabe combinar unos pocos elementos para crear una historia inolvidable: la de un individuo tan extraordinario que logró que el gremio entero de gondoleros olvidara su propio interés y renunciara a una de sus más preciadas tradiciones. Sin dudarlo y simplemente porque era lo que había que hacer. Porque, como afirma Morgenstern:

Cuando llega alguien especial, ese alguien nos hace mejores a todos los demás.

Hermoso pensamiento para concluir un maravilloso cuento de Navidad.

 

WILLIAM GOLDMAN: LOS GONDOLEROS SILENCIOSOS. Ático de los libros (Barcelona), 160 páginas, 2010. Traducción de Mercedes Herrera. Ilustraciones de Paul Giovanopoulos.

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