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MAL TRAGO

Ni dulces ni románticos

El nombre de Tennessee Williams está grabado con letras de oro sobre celuloide, por más que también fuese autor de poesía, de novelas como La primavera romana de la señora Stone y Moisés y el mundo de la razón y decuatro volúmenes de relatos cortos, entre los que se halla el emblemático Hard Candy (1954), injustificadamente traducido al español como Mal trago (2010).

Leah Bonnín
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Según los críticos, ha tenido más influencia en el desarrollo del cine americano que ningún guionista, la cinematografía de la postguerra se lo debió todo y su ascendencia en la historia del Séptimo Arte ha sido definitiva. El imaginario del siglo XX es inconcebible sin obras como Un tranvía llamado deseo (1951), La gata sobre el tejado de zinc (1958), De repente, el último verano (1959), Dulce pájaro de juventud (1962) o La noche de la iguana (1964). No hubo actor o actriz de peso –desde Marlon Brando hasta Paul Newman, pasando por Elizabeth Taylor o Bette Davies– que no interpretara sus dramas, en versión original para el teatro o en adaptaciones cinematográficas. Ni director –Richard Brooks, Elia Kazan, John Huston, Joseph. L. Mankiewicz– que no se inspirase en ellos.

Mal trago reúne relatos de corte realista que se han leído e interpretado como la incursión definitiva de Tennessee Williams en la temática homosexual, insinuada con anterioridad en sus dramas más conocidos. No obstante, ninguna de las nueve historias se convierte en panfleto, apología de la homosexualidad o defensa ideológica de una condición que el autor había asumido como "un accidente de la naturaleza", algo que no despreciaba pero de lo que tampoco alardeaba. Literariamente hablando, no veía ninguna diferencia esencial entre el amor entre dos hombres y el amor entre un hombre y una mujer: "No hay una diferencia sustancial, y los he examinado a los dos". Se había decantado por la homosexualidad a los veintiocho años, no se consideraba un maníaco sexual y reivindicaba el sexo romántico.

Ni todos los personajes ni todos los argumentos de los relatos de Mal trago tienen que ver con la homosexualidad. Todos comparten, eso sí, cierta experiencia de marginalidad: la niña gordita y acomplejada, enfermizamente apegada a la madre, de "Tres jugadores de un juego de verano"; la prostituta y el homosexual cuya razón de ser y de coexistir es la lucha contra los rectos ("Sortear a los rectos, eludir, desafiar las falsarias leyes de la convención, de ahí venía quizás la mitad del placer de su forajida existencia") de "Fiesta para dos"; la patológica atracción de un adolescente por su hermana y por el amigo de su hermana en "La similitud entre una funda de violín y un féretro"; la abrupta relación entre el escritor Kamrowski y la mexicana Amanda, en "Rubio y morena"; el baile fetiche de Olga, la dueña de un hotel, con un colchón en "El colchón entre las tomateras". Y en la mayoría se aprecian las conexiones que Williams establecía entre sodomía y cáncer y la idea de que la sexualidad suponía la confrontación con la belleza y la muerte.

De las nueve que componen el libro, "Caramelos duros" y "Los misterios del Joy Rio" constituyen las historias más sórdidas y crudas, por más que el autor pretendiese suavizar los extremos naturalistas de la vida. Tienen lugar en un puerto sureño de América y tratan de los encuentros sexuales esporádicos y promiscuos de hombres mayores con muchachos jóvenes, concertados a través de códigos secretos ("Entonces, en el preciso instante en que su mano está a punto de renunciar al contacto con la mano del joven, esa mano se da la vuelta, se gira, para poner la palma hacia arriba. Mr. Kupper sabe que el contacto se ha sellado entre ellos") en los salones de arriba del cine Joy Rio.

Tennessee Williams utiliza el registro narrativo para mirar con lupa en el interior de los hogares americanos de los años cuarenta y cincuenta, pasar el dedo por muebles y estanterías, levantar alfombras y colchones y descubrir que no todo estaba tan limpio como pensaban los rectos. Y al igual que el inmoralista (obvio homenaje a Gide) de "Los misterios de Joy Rio", para quien las mentiras suponen "una carga intolerable para el alma", decide contar y poner lo hallado en negro sobre blanco.

El autor lo dijo por activa y por pasiva, tanto en las ficciones como en las entrevistas: es vocación de los artistas encontrar y distinguir la verdad del complejo de "mentiras y evasiones" en que vivimos. Lo cual no quiere decir que tenga que confesarse o establecer una correspondencia directa entre vida y obra, circunstancias y atmósfera narrativa, sino poner las piezas juntas de la manera que parezca más expresiva, como señala el narrador de "La similitud entre una funda de violín y un féretro".

La visión de la homosexualidad que se ofrece en los cuentos de Mal trago refleja la de la era en que fueron escritos y publicados: finales de los cuarenta y principios de los cincuenta de la América de McCarthy. Momentos en que la homosexualidad estaba vinculada a traición y degeneración y que la crítica contemporánea considera marcados por una "homofobia interiorizada".

No cabe duda de que en Mal trago se respira buen hacer narrativo y, sobre todo, honestidad literaria y hondura en la descripción de personajes y situaciones. No obstante, aun a expensas de ser tildada de homófoba por quienes se consideran guardianes de la escritura de Tennessee Williams, debo decir que los mejores relatos de esta colección no están a la altura de sus mejores dramas.


TENNESSE WILLIAMS: MAL TRAGO. Errata Naturae (Madrid), 2010, 215 páginas. Traducción de Bárbara Mingo.
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