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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Nunca estamos a salvo

Hace unos años, en 1994, estuve en La Habana por última vez, en busca del fantasma de Gustavo Durán, que había pasado un tiempo largo en Cuba, en los años 40. Pasé por Trocadero 162, dirección mítica de la literatura cubana: allí vivió José Lezama Lima. Iba en compañía de un poeta, que había pertenecido al círculo de Orígenes. Lo digo porque, como la muerte se lo ha llevado antes que a Castro, puedo.

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El poeta conocía a la directora, encargada o responsable, como se suele decir en comunista, de la que ya era, o pretendía ser, la casa-museo de Lezama Lima. De modo que llamamos al timbre y nos hicieron pasar encantados: no recibían demasiadas visitas.
 
Había cosas evocadoras, como el "ciervo de la escribanía" del poema, y la escribanía misma. La cama en la que había dormido el maestro ya no estaba, reemplazada por otra, escuálida, en la que no hubiese el hombre podido reposar su asma, y menos aún en compañía de su mujer. Pero nos dijo la responsable, una negra elegantísima, de manos largas y sonrisa generosa, que ésa era la cama verdadera. Y después vino lo peor: la biblioteca, que ni siquiera era el resto de la biblioteca de Lezama, sino un montón de libros, en su mayoría de Letras Cubanas, edición oficial, publicados después de la muerte del antiguo habitante del lugar. Si alguien la hubiese robado por interés particular, yo me habría quedado tranquilo. Pero sabíamos, todos los presentes, que había tenido otro destino: los archivos policiales o el abandono en cualquier ignoto edificio del patrimonio.
 
Recordé todo esto al leer, en el segundo volumen de la inmensa obra de Vitali Shentalinski sobre los archivos literarios del KGB, Denuncia contra Sócrates, lo ocurrido con la célebre casa y hacienda de León Tolstói, Yásnaya Poliana, en los años de la revolución soviética. Tolstói había sido el honor de Rusia, como Lezama lo había sido de Cuba. Los dos habían sido cristianos, cada uno a su modo. A ninguno de los dos habían podido renunciar los nuevos dictadores sin una enorme pérdida de prestigio entre sus principales seguidores: los intelectuales (de izquierdas) de otras naciones.
 
Hace unos días tuve la ocasión de contárselo (con la mediación como intérprete del profesor Ricardo San Vicente, gran traductor y difusor de la literatura rusa en España, y que codirige con Shentalinski la colección "La tragedia de la cultura", de autores clásicos rusos del siglo XX) al propio Shentalinski en una comida, en la que nos reunimos con motivo de la aparición del tercer y, al menos de momento, último volumen de la trilogía, editado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
 
Shentalisnki es un hombre notable, de modales exquisitos y una gran ternura, que sostiene sin ambages que en la Rusia de Putin tampoco hay libertad y que la censura va en aumento. Para él, el asesinato de Anna Politkóvskaya es un aviso de tiempos peores, que probablemente se abran con el nuevo triunfo electoral de Putin, con o sin fraude.
 
El primer tomo de la trilogía fue Esclavos de la libertad. Los archivos literarios del KGB, aparecido en esta edición en 2006 –y antes, en 1999, como libro único, en Anaya & Mario Muchnik, con el título De los archivos literarios del KGB–. El segundo, Denuncia contra Sócrates. Nuevos descubrimientos en los archivos literarios del KGB. El tercero es Crimen sin castigo. Últimos descubrimientos en los archivos literarios del KGB. En ellos, el propio Shentalinski cuenta cómo se fueron elaborando. Con intuición de periodista de fino olfato, este hombre que, además, es poeta y narrador comprendió que los aires de libertad de la perestroika iban a ser pasajeros, así que se procuró una autorización para entrar en la Lubianka, de siniestra memoria, y leer los expedientes de los escritores represaliados, que eran casi todos. Son notables los diálogos con los policías, militares y espías que tenían (y tienen) a su cargo ese tremendo archivo.
 
Al final del último tomo, que compensa la carencia en los anteriores de un índice onomástico, imprescindible para el manejo de la obra, Shentalinski incluye un "martirologio", la lista de escritores ejecutados en prisiones y en campos de trabajo y de confinamiento. En muchísimos casos, tras presenciar la destrucción por el fuego de sus propios manuscritos, su única esperanza de inmortalidad y lo único que podía dar sentido a su muerte.
 
La lectura de los tres volúmenes, que se puede emprender como la de una novela terrible pero imposible de abandonar, supone el tránsito por una historia de la literatura rusa del siglo XX casi completa. Es cierto que Iliá Ehrenburg no pasó por la experiencia de la prisión, y él mismo decía que había ganado "una lotería", pero también aparece en relación con no pocos de sus colegas, obligados a contar, por ejemplo, los pormenores de sus encuentros con André Malraux.
 
"Se propuso [Stalin] arrestar a Iliá Ehrenburg a principios de 1949, a propósito del caso del Comité Antifascista Judío, pero Stalin, después de marcar otros apellidos con las letras Ar (arrestar), al lado del apellido de Ehrenburg escribió una señal confusa, semiinterrogativa. ¡Eso fue su salvación!", explica Shentalinski.
 
También es cierto que Vassili Grossman tampoco pereció en el Gulag, y en esta obra se le cita sólo un par de veces, en referencia a los dramas de otros colegas; pero murió aislado y convencido de que Vida y destino nunca se publicaría. Son las excepciones contadas entre los más grandes de un grupo excepcional.
 
Vitali Shentalinski.Hasta cabría arriesgar que los que no figuran en la colección de Shentalinski son los menos importantes, o simplemente los que fungían de escritores en el mundo oficial y no lo eran en términos estrictamente literarios. El caso más notorio de esta segunda y muy breve lista es el de Aleksándr Fadéiev, que terminó suicidándose en 1956, después de haber contribuido al procesamiento de muchos de sus colegas. No es un ejemplo menor.
 
Naturalmente, tampoco figura en los expedientes de la Lubianka Mijaíl Shólojov, el escritor oficial de la URSS, premio Stalin en 1941, que a mí me parece de segundo orden literario. Lo digo a conciencia de que, después del forzado Nobel de 1956 y de la edición por Planeta de El Don apacible, Shólojov se ganó el aprecio de no pocos lectores en España y en Hispanoamérica, muy entusiasmados, en plan antropológico, con el universo cosaco que retrata el autor; retrato infiel, buenista y exculpador de un grupo que, sobre todo en Rusia y Ucrania, encabezó los pogromos del siglo XIX y principios del XX, al servicio del Zar.
 
Mientras Shólojov escribía su novelón, Stalin se dedicaba con fervor a exterminarlos, continuando la obra iniciada por el Ejército Blanco durante la Guerra Civil, cuando las fuerzas de la contrarrevolución se oponían también al proyecto de un Estado cosaco independiente. En cualquier caso, aunque sea por insistencia y capacidad política, Shólojov tiene un lugar en la historia de la literatura; lo que no significa que lo tenga en la literatura. En 1959 viajó a Occidente acompañando a Kruschov, y al cabo de un tiempo pasó a formar parte del inaccesible y poderoso Comité Central. Es asunto aún en debate la verdadera autoría de su novela, que Solzhenitsin y Medvedev atribuyeron a Fiodor Kryukov (1870-1920), un escritor cosaco que ya no podía protestar.
 
Hubo unas cuantas cosas que se pudieron hacer en los días de la perestroika, y no todos aprovecharon debidamente la oportunidad. Por ejemplo, no lo hicimos, en general, los españoles, que podríamos haber sabido un poco más sobre la Guerra Civil hurgando en los archivos entonces accesibles, que ya no lo son.
 
Honra a Vitali Shentalinski por su sabiduría vital, que tanta espantosa verdad nos ha proporcionado. Y una advertencia a los confiados beneficiarios de las prebendas literarias oficiales: nunca estamos a salvo.
 
 
VITALI SHENTALINSKI: CRIMEN SIN CASTIGO. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores (Madrid), 2007, 589 páginas.
 
Pinche aquí para acceder a la página web de HORACIO VÁZQUEZ-RIAL.
 
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