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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Por fin, Grossman

Desde que hice el elogio de Vida y destino, de Vasili Grossman, al aparecer el libro de Anthony Beevor sobre el autor ruso, muchos lectores me han escrito con la idea de que yo podía orientarles en la búsqueda de un ejemplar de la novela. Cosa decididamente imposible, pasados veinte años de la primera edición. Ahora les respondo: estará en todas las librerías a partir del 18 de setiembre.

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Es posible que a algunas ya haya llegado, y que tarde unos días en llegar a las demás, pero ya existe físicamente: lo ha publicado Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Ya no, como en la edición de Seix Barral, traducido de una lengua puente, para el caso el francés, sino directamente del ruso (por Marta Rebón). Mil ciento y pico de páginas de impagable lectura.
 
Dicho esto, expreso mis dudas acerca de la pertinencia de este comentario.
 
Dice Borges que hay escritores que forman parte de la historia de la literatura y escritores que forman parte de la literatura. Grossman se cuenta entre estos últimos. De modo que no cabe decir que Vida y destino es una gran novela, ni que es la más grande en su lengua después de Tolstoi (lo que probablemente sea cierto, con la sola competencia de El maestro y Margarita de Bulgákov), ni que es una de las mayores escritas en cualquier lengua en el siglo XX. Esto último se puede predicar igualmente de El siglo de las Luces, La montaña mágica o En busca del tiempo perdido. Pero yo me sentiría tan ridículo afirmándolo, haciendo de Pero Grullo reseñante, como si dijera que son grandes novelas Don Quijote de La Mancha o Tristram Shandy. Usted no me leería y yo no escribiría para tamaña memez.
 
El problema es que dudo muy seriamente de que cualquiera de los libros mencionados sea reseñable. Pueden justificar estudios académicos, servir de escuela a lectores y, sobre todo, a escritores, y hasta dar lugar a conversaciones inteligentes, pero no ser objeto de reseñas.
 
Recuerdo haber leído reseñas de El siglo de las Luces y aun de Cien años de soledad antes de que adquirieran su condición de clásicos. Su aparición fue un acontecimiento que cambió muchas cosas, pero en el momento en que llegaron a las librerías nadie sabía, como suele suceder en la historia, que aquello era un acontecimiento. (A tal punto es esto cierto que Cien años de soledad pasó por las manos de varios ilustres editores, a los que no interesó en lo más mínimo, antes de llegar a las de Francisco Porrúa, en Sudamericana). En el caso de Vida y destino, sí se sabe: su publicación ha sido un acontecimiento en otros idiomas, empezando por el propio, y lo es en español.
 
Es un acontecimiento literario y es un acontecimiento histórico. Mucho mayor que el de otros autores rusos del período soviético, sobrevalorados por efecto de la Guerra Fría, desde el insoportable Sholojov hasta el abrumador Solzhenitsyn, a los que el tiempo pondrá en su justo lugar en la historia de la literatura y, tal vez, a unos pocos, en la literatura misma. Grossman no pertenecía a la especie de Sholojov ni a la de Solzhenitsyn: no era un hombre de aparato partidario ni un propagandista heroico de la resistencia. Era, simplemente, un escritor empeñado en contar la verdad. Un tipo de verdad que no se percibe desde la ideología; más aún: que pone en tela de juicio las ideologías en general.
 
Sin embargo, Grossman no era del todo consciente de su propia posición: de ahí que llevase su obra a los burócratas y censores de las editoriales oficiales soviéticas. Concretamente, a Novi Mir. Es cierto que no había otras, pero también lo es que, al menos a partir del caso Pasternak, otros escritores procuraron que sus textos pasaran a Occidente en un viaje sin escalas.
 
He contado la historia de Vida y destino en mi prólogo a la edición española de Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, de Vladímir Voinóvich (Libros del Asteroide), y apenas si la abrevio al reproducirla aquí:
En la Segunda Guerra Mundial, Grossman había sido corresponsal del periódico oficial del ejército, Estrella Roja, en el frente de Stalingrado y había seguido a las tropas hasta su entrada en Berlín. Stalin murió en 1955 y Kruschev, en el XX Congreso del PCUS, reunido al año siguiente, emprendió lo que en aquella época se llamó, con exagerado optimismo, "el deshielo", proceso que daría título a una novela de Ilya Ehrenburg, íntimo amigo de Grossman, con quien elaboraría el Libro Negro, un muy completo informe sobre la persecución de los judíos por el nazismo en los territorios provisionalmente ocupados por Alemania. En ese clima, ese espejismo que pronto se revelaría tal, y que se cerraría con la caída de Kruschev y el restablecimiento del poder omnímodo de los servicios secretos, prolongado hasta el ascenso de Gorbachov, empezó Grossman a escribir Vida y destino. Lo terminó en 1960, hizo acopio de coraje e ingenuidad, a partes iguales, y lo envió a Novi Mir (Nuevo Mundo), que la mutiló y dio a conocer unos fragmentos adaptados. Los esbirros no tardaron en presentarse en su casa y secuestrar el original completo. Pero Grossman había tomado una precaución: había hecho una copia y se la había entregado a su amigo Semyon Lipkin.
 
Grossman dio su batalla, escribiendo una carta a las autoridades, a la que respondió nada menos que Mijail Suslov, la eminencia gris del breznevismo, el hombre que había derrocado a Kruschev y que más tarde impulsaría las invasiones de Checoslovaquia y Afganistán. Suslov consideraba que la novela no se podría publicar antes de que pasaran dos siglos: era mejor crítico literario que profeta político, porque concedía a la obra la supervivencia de un clásico pero se excedía en cuando a la del régimen. Naturalmente, Grossman se deprimió y el cáncer le encontró con la guardia baja: murió en 1964, convencido de que su libro nunca se editaría.
 
(Lo escribo y se me hace un nudo en la garganta).
 
Entre tanto, Lipkin había conseguido la colaboración de Andrei Sajarov, quien microfilmó el original y le entregó las películas a Voinóvich, que tardaría años en sacarlas del país. Apuestas arriesgadas varias: conservar el texto con la misma responsabilidad y el mismo amor que si fuese propio, luchar por difundirlo, llevarlo al extranjero. Gente con principios, generosa y valiente: Lipkin, Sajarov y Voinóvich.
 
En Vida y destino se narran, entre otras infinitas cosas, la Segunda Guerra Mundial y la defensa de Stalingrado. Pero eso corresponde únicamente al marco de la novela, donde se hace el mejor retrato posible del sutil y selectivo antisemitismo staliniano (y no olvidemos que Grossman era judío), del pragmatismo del Padrecito en contradicción con la ineficacia y el horror de los aparatos de poder, de la existencia en los campos alemanes.
 
Es en un campo alemán de prisioneros donde se inicia el libro. "De la niebla emergió el recinto del campo: filas de alambradas tendidas entre postes de hormigón armado. Los barracones alineados formaban calles largas y rectilíneas. Aquella uniformidad expresaba el carácter inhumano del enorme campo", reza el quinto párrafo. Y el sexto: "Entre millones de isbas rusas no hay ni habrá nunca dos exactamente iguales. Todo lo que vive es irrepetible. Es inconcebible que dos seres humanos, dos arbustos de rosas silvestres sean idénticos... La vida se extingue allí donde existe el empeño en borrar las diferencias y las particularidades por la vía de la violencia".
No lo dude ni un instante: corra a comprar Vida y destino.
 
 
VASILI GROSSMAN: VIDA Y DESTINO. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores (Madrid), 2007, 1.113 páginas.
 
Pinche aquí para acceder a la página web de HORACIO VÁZQUEZ-RIAL.
 
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