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EDUCACIÓN Y CIUDADANÍA EN UNA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA

Qué educación, para qué ciudadanía

Óscar Elía Mañú

Septiembre de 2006. Oyarzun, Guipúzcoa. Tres terroristas suben a un escenario armados con rifles de asalto, pronuncian un discurso y disparan sus armas al aire mientras, abajo, unos cuantos más desfilan paramilitarmente. Pero la realidad se vuelve ficción cuando la valoración estatal se reduce a la respuesta del ministro de Interior, el jefe de la policía: "Tenemos razones para la esperanza de alcanzar la paz, que quiere decir la desaparición de la violencia, de toda violencia, del chantaje, de cualquier tipo de chantaje". Eso es todo.

¿Qué está ocurriendo?, ¿por qué nadie hace nada?, ¿de qué nos hablan?, se pregunta desesperado el español, que asiste atónito a la pasividad civil e institucional, a la comprensión hacia los criminales, a la parálisis ante quienes hacen el mal con total impunidad.
 
Algo parece haber cambiado desde el 14-M, y no sólo en el sillón de La Moncloa. Es toda una mentalidad lo que parece haberse acelerado con el impulso gubernamental. Es el escepticismo y el rechazo a los valores tradicionales. Es la imposición de unos valores nuevos. Es una nueva manera de educar a la ciudadanía a golpe de telediario, polémicas y telebasura al por mayor.
 
La apología de la nueva asignatura, aprobada el 6 de abril de este año con la Ley Orgánica de Educación (LOE), se extiende por periódicos y televisiones y, convertida en propaganda, amenaza con llevarse por delante cualquier oposición al proyecto. La multitudinaria oposición en la calle parece haber sido barrida, pero sólo momentáneamente; hay que volver a empezar. El libro Educación y ciudadanía en una sociedad democrática es la primera respuesta intelectualmente contundente a la ofensiva lanzada por el Gobierno de la Paz y su "Educación para la ciudadanía". Contundente por la solidez de su contenido y por la llamada a la acción que contiene.
 
Así las cosas, la obra coordinada por Montserrat Herrero y Concepción Naval constituye una primera trinchera intelectual desde la que hacer frente a la avalancha nihilista-populista que nos rodea. Las editoras presentan además al gran público a algunos de los pensadores de mayor fuste de la derecha liberal-conservadora española. Todos ellos se mantienen al margen de las querellas mediáticas y culturales que dominan la España heredera del 14-M; intelectuales de altura, presentan desde la retaguardia las bases filosóficas, sociológicas y pedagógicas sobre las que articular la defensa urgente de la sociedad civil y del humanismo cívico frente a la nueva ideología, que parece dominar cada vez más a los españoles.
 
¿Acaso es posible estar en contra de una educación para la ciudadanía?, se pregunta el televidente que come cada día con los telediarios del frente mediático; ¿acaso es mala la educación?, ¿acaso no queremos buenos ciudadanos?, se dice justo antes de que en la tele se emita Gran Hermano, la serie de Ana Obregón o los muñecos del guiñol. En vano se esforzarán aquellos que intuyen lo perverso de la jugada en desenredar racionalmente la neolengua con que el Frente de la Paz defiende la nueva asignatura. Neolengua en la que la guerra de Irak, la negociación con ETA, el matrimonio entre homosexuales y la nueva cristofobia se entremezclan con las nociones de educación, ciudadanía, libertad, tolerancia y democracia. El círculo parece inabarcable para quienes se oponen desordenadamente al proyecto.
 
Las preguntas están más allá de los discursos buenistas, y la batalla se debe presentar en el origen del problema: ¿qué educación?, ¿para qué ciudadanía? (Francisco Altarejos, pág. 61). La primera parte de la obra aborda precisamente el estudio del concepto de ciudadanía, que no es ni tan neutral ni tan indiscutible. José María Barrio, Dalmacio Negro y Francisco Altarejos nos proporcionan el primer elemento de crítica, una verdad que la izquierda oculta y la derecha parece a veces olvidar: en un Estado democrático y liberal los valores no son neutros, y exigen del ciudadano ser algo más que un simple consumidor encerrado en sí mismo y desentendido del mundo que le rodea. Un ciudadano así es materia inerte en manos de la política estatalista.
 
La pretensión moderna de separar radicalmente la ética individual de la política ha convertido el espacio público en algo vacío de cualquier pretensión humana y mutilado la aspiración ciudadana del individuo. Contra ello, Barrio pone de manifiesto un hecho fundamental que se desprende de Aristóteles, "la profunda convergencia que el estagirita ve entre ética, economía, política y derecho"; para la sociedad de hoy, son precisamente antitéticos. Para los autores, una ciudadanía plena exige una plena conciencia de los derechos y deberes morales de la persona, y no su reclusión en la vida privada.
 
Despreciando cualquier unidad entre política y moral, Europa deambula sin rumbo político, económico o moral. Juguetea con islamistas y dictadores, se regodea en el colapso económico, se acerca al suicidio demográfico y, sobre todo ello, es incapaz de recordarse a sí misma quién es y de dónde viene. Y es que, como afirma Dalmacio Negro, "Europa está sumida en un proceso de descivilización muy preocupante" (pág. 49). Y España es ahora su mascarón de proa: se negocia con los asesinos de Miguel Ángel Blanco, se persigue a la familia, el Estado se reserva el monopolio educativo.
 
Zapatero.Sobre el proyecto de Rodríguez Zapatero, Negro es tajante: es a partes iguales nihilista y populista. Nihilista, porque si ningún valor es preferible a otro, si cualquier ideal es igualmente valioso, negociar con etarras y apaciguar islamistas es tan honorable como enfrentarse a ellos y denunciar sus crímenes; este respeto a la pluralidad es el que se enseñará a nuestros hijos. Pero además es, como decíamos, populista.
 
Y es aquí donde los autores del libro dan la voz de alarma: tras determinadas doctrinas pedagógicas y educativas se esconden aberraciones totalitarias. Son aquellas en las que la responsabilidad del ciudadano es pasiva, legal y penal y en las que se aboga por que el Estado decida por éste. Tal es el peligro, el déficit de la democracia estatista (Altarejos, pág. 70), y ello porque, como nos recuerda Concepción Naval (pág. 137), "si es educación, tendrá que ser personal, y si es personal, no puede prescindir de los aspectos morales". La "Educación para la Ciudadanía" es educación moral; sólo que es la educación moral de Rodríguez Zapatero, José Blanco y Pedro Zerolo.
 
Y es que la falsedad de la neutralidad plural que promete la LOE es evidente: recordemos con Rafael Alvira lo que los clásicos veían muy claro: "Toda educación es política y toda política es educación" (pág. 81). Separar ambas realidades es acabar convirtiendo lo privado en íntimo y lo público en estatal. Y cuando lo público es lo estatal sólo quedan dos opciones: o la corrupción, el manejo de lo público desde una privacidad desgajada previamente de lo público, en su versión partitocrática, grave enfermedad democrática que aqueja a los países centroeuropeos y latinos (Alejandro Llano, pág. 109), o el dogmatismo democrático, que sustituye a la religión como origen de valores.
 
Esto parece ser, precisamente, lo que se intuye tras la neolengua con que el Frente de la Paz defiende la nueva asignatura; "hacen temer que con ella se pretenda imponer a los jóvenes, de modo totalitario, los dogmas de la ideología dominante"( José Antonio Ibáñez-Martín, pág. 179).
 
El dogmatismo de valores se mueve etéreamente entre los medios de comunicación, el mercado y el establishment estatal, realidades anónimas y deshumanizadas; ¿cómo dejar en manos de ellos la educación de nuestros hijos? Seamos pesimistas: "Vendría a ser algo así como poner al lobo a cuidar de las ovejas" (Alejandro Llano, pág. 109). Y es que el liberalismo no es ajeno a los lodos que ahora parecen querer arrastrarlo a golpe de buenismo: eliminando del mercado y del Estado todas las alusiones morales, religiosas o humanistas, queda un hueco que ahora los oportunistas tratan de llenar.
 
Pero la observación de este nihilismo no esconde el verdadero hecho preocupante: bajo la pretensión laicista y anticristiana, el Frente de la Paz trae sus propios dogmas y sus propios profetas, con la pretensión de cambiar al ser humano. Y perversamente lo hacen en nombre de la razón y el diálogo, primeras víctimas de su proyecto.
 
Interior de la Cúpula de San Pedro.Claro que, para que los nuevos dogmas propuestos den lugar a una nueva sociedad, es preciso vaciarla antes de cualquier creencia: el laicismo busca recluir la religión en los límites de la privacidad, olvidando su dimensión social. Y, más allá, incluso se le niega legitimidad para participar siquiera en la discusión (González Quirós, pág. 105).
 
En el momento actual, el libro de Herrero y Naval pone de manifiesto la necesidad de una actitud desinhibida, que reivindique lo que Habermas y Ratzinger reivindicaron hace un par de años: la pérdida de la fe va unida a la pérdida de la razón. Y hoy, entre el acoso islamista que amenaza llenar el vacío europeo y los ingenieros de almas de la "Educación para la Ciudadanía", puede ser la hora de reivindicar abiertamente, como hace González Quirós, la enseñanza de la religión, "hacer que se conozcan ciertas verdades acerca de las razones por las cuales nuestro pasado ha sido el que ha sido y por las que muchos pensamos como lo hacemos (pág. 106).
 
Y es que, como afirma Ibáñez-Martín, "el asunto de fondo es el rechazo visceral que un pequeño pero poderoso porcentaje de la sociedad tiene contra la religión y, concretamente, contra la religión católica" (pág. 172); sector que constituye la coalición gubernamental que gobierna España desde el 14-M. Ante ello, lo mejor que se puede hacer es desmontar los dogmas que trae consigo. María Calvo Charro apunta directamente a uno de ellos: el de la educación diferenciada (pág.199).
 
Adentrándose en materia estrictamente pedagógica, Concepción Naval recuerda los nuevos aspectos de los que una educación cívica debe hacerse cargo: la globalización, las nuevas tecnologías, el medio ambiente, las virtudes cívicas, la educación superior y la familia. Pero ¿acaso no parece que el Gobierno se propone suplantar el papel de ésta? "Bajo el sutil y falso argumento del respeto a las decisiones de los adolescentes y su individualidad, está realmente en cuestión el papel de la familia" (Reyero García, pág. 185).
 
Fruto de una sociedad en crisis, educar a la ciudadanía, como advierte Ibáñez-Martín, parece ser el bálsamo de Fierabrás que solucionará los problemas que la razón científico-técnica es incapaz de resolver, pero no de exigir. No obstante, la verdadera ciudadanía no exige desapego a la propia identidad, sino precisamente la vuelta a ella: "Me parece muy oportuno que a los ciudadanos se les enseñe que ellos han de sentirse responsables tanto del presente como del futuro de su país" (pág. 179); actitud falta de complejos con la que será necesario actuar a partir de ahora.
 
Apoyada en un fabuloso frente mediático que abarca casi todos los sectores de la cultura y el entretenimiento, la "Educación para la Ciudadanía" y su conjunto de valores parecen cabalgar poderosamente por España. No es fácil hacerle frente, pero tampoco es imposible: bastará con acudir al fondo del problema para desenmascararla. Para ello, la obra reunida por Montserrat Herrero y Concepción Naval proporcionará un formidable bagaje intelectual acerca de la ciudadanía, la educación y la problemática relación entre ambas. Proporcionará, además, una certeza gratificante: alejados del ruido mediático, profesores y pensadores de prestigio académico participan de la misma preocupación que los ciudadanos, y se ponen a trabajar en una dirección necesaria y acuciante. Un punto de tranquilidad entre tanto desasosiego.
 
 
MONTSERRAT HERRERO Y CONCEPCIÓN NAVAL (EDS.): EDUCACIÓN Y CIUDADANÍA EN UNA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA. Encuentro (Madrid), 2006; 267 páginas.
 
ÓSCAR ELÍA MAÑÚ, analista del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES).

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