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'EL CUADRANTE DEL FLUJO DE DINERO'

¿Qué quiere ser, trabajador o capitalista?

Uno de los argumentos preferidos de la izquierda para nacionalizar la escuela y tomar el control de los planes de estudio es el de la promoción de la igualdad de oportunidades. En principio, si el hijo de una familia pobre es más inteligente y trabajador que el de una familia rica, el sistema público de enseñanza le permitirá obtener un buen trabajo bien remunerado, hipotecarse para adquirir una mansión y disfrutar de todos los lujos de que disfruta la clase más acaudalada.

Al margen de los enormes y variopintos problemas que subyacen a este razonamiento –problemas que tienen que ver con la mediocridad del currículo de la escuela pública, o con el error de confundir salario alto con riqueza, por citar dos ejemplos–, la principal crítica que se me ocurre es que la educación financiera, lo más importante para poder llegar a amasar un patrimonio sustancial, se encuentra del todo ausente de nuestros sistemas de enseñanza. Por lo general, los ricos, que saben por experiencia cómo relacionarse con el dinero, son los únicos que transmiten esas lecciones fundamentales a su descendencia, así que el espejismo redistribucionista de la igualdad de oportunidades ni está ni se le espera.

En fin, que tras dejarnos un riñón y parte del otro costeando con nuestros impuestos la ineficiente y onerosísima educación pública, resulta que debemos de ser nosotros, a nuestra muy autodidacta manera, los que nos procuremos formación en lo relacionado con las finanzas personales. Peor que mejor, el Estado se encarga de formar –con cargo a los contribuyentes, claro– ingenieros, arquitectos, filósofos, historiadores y abogados, pero se olvida de proporcionar a la gente –incluyendo a quienes estudian para ser ingenieros, arquitectos, filósofos, historiadores o abogados– las nociones que precisan para ser financieramente independientes, esto es, para que acumulen un capital que les permita vivir de las rentas en vez de trabajar durante toda su vida 40 horas semanales –por lo menos– para apenas hacer frente a los pagos mensuales de sus deudas.

Libros de educación financiera los hay a decenas, y en los próximos meses iremos dando cuenta de varios de ellos. Pero algunos de los mejores forman parte de la serie de publicaciones Padre Rico, dirigida por Robert Kiyosaki. En otra ocasión ya les hablé de su muy interesante Padre Rico, padre pobre, que escribió a finales de los 90. Desde entonces, el éxito editorial ha sonreído merecidamente a este autor, que ha publicado una decena de libros más, en los que reitera sus consejos más importantes y desarrolla muchos de ellos.

A Kiyosaki le preocupa el modo de vida americano –y occidental– consistente en dedicarse a estudiar durante muchos años para obtener un título universitario que allane el camino hacia un gran salario, que a su vez abra las puertas a un endeudamiento incontrolable con el que sufragar al momento todos los caprichos que podamos tener –una casa en propiedad, un nuevo mobiliario, un automóvil, unas buenas vacaciones, etc.–. Para Kiyosaki, los analfabetos en materia de finanzas confunden ser rico con vivir como un rico. Los segundos se cargan de deudas para poder cumplir su sueño; los primeros, en cambio, tienen recursos suficientes como para hacer frente a todos sus gastos sin necesidad de trabajar.

Ahí está la clave: el pobre trabaja por dinero, mientras que el rico deja que su dinero trabaje por él.

Las personas que consumen como ricos recurriendo al crédito se vuelven esclavas de sus deudas; al contrario que los ricos, no pueden dejar de trabajar, porque en tal caso no serían capaces de hacer frente a sus deudas. Caen en la carrera del hámster: no dejan de dar vueltas en una rueda de la que no pueden escapar: cuanto más dinero ganan, más se endeudan, y cuanto más se endeudan, más tiempo y con más esfuerzo deben trabajar.

Kiyosaki insta a la gente a no vivir al día; o mejor, a no vivir el presente a cuenta del mañana. El rico utiliza sus recursos presentes para construirse un mejor, más próspero mañana.

En este sentido, El cuadrante del flujo de dinero es la continuación natural de Padre rico, padre pobre.

Una vez asentados los conceptos básicos, Kiyosaki sistematiza su división entre ricos y pobres distinguiendo cuatro estrategias para obtener entradas de efectivo: la estrategia de ser empleado, la de ser autoempleado, la de ser propietario de un negocio o la de ser inversor. Los empleados y los autoempleados deben trabajar por el dinero, mientras que los propietarios de negocios y los inversores dejan que el dinero trabaje por ellos.

Toda persona –salvo que viva del sector público– se encuentra en al menos uno de estos cuadrantes: los empleados trabajan para otra persona y, a cambio, perciben un salario; los autoempleados trabajan para sí mismos, y con la venta de los bienes o servicios que producen obtienen unos ingresos de los consumidores; los dueños de un negocio conciben un sistema empresarial generador de beneficios y pagan a otros para que trabajen en su lugar; en cuanto a los inversores, destinan su dinero a adquirir participaciones (acciones o bonos) en sistemas empresariales ya existentes.

En todos los cuadrantes puede vivirse dignamente, aunque parece claro que es en los dos últimos donde son mayores las posibilidades de ganancia y disfrute de abundante tiempo libre. Los ricos –aunque de todo haya– suelen ser o dueños de negocios o inversores, actividades que les permiten disfrutar de grandes rentas y de mucho tiempo libre. En ese sentido, a muchos les gustaría ser ricos, pero la inmensa mayoría jamás se ha planteado en qué cuadrante se encuentra ni –por tanto– qué debe hacer para dejarlo por uno mejor.

No es un asunto baladí, pues las reglas que operan y las habilidades requeridas son distintas en cada uno de ellos. Desde luego, la lógica del empleado no sirve para ser autoempleado, mucho menos para ser un buen inversor o un buen dueño de negocio.

El trabajador debe ser un muy buen reproductor de las tareas que le encomiende su empleador, y ha de tratar en todo momento que el valor de su producción supere el salario percibe. Sólo así podrá conseguir ascensos y aumentos de sueldo. En cambio, el dueño de un negocio debe saber rodearse de gente competente; no necesita ser el más listo de todos, sino el más hábil y perspicaz. Si necesita resolver un problema fiscal, no ha de ponerse a estudiar la legislación tributaria, sino contratar al experto más capacitado; si necesita personal que haga turnos largos, ha de preocuparse por buscar a gente que disfrute de su trabajo y pueda aguantar varias horas sin desmotivarse. La misión del propietario es, pues, tener una visión global del sistema empresarial que dirige; lograr que todas las piezas funcionen en armonía y sin fricciones con el propósito de servir de la mejor manera posible a sus clientes.

Kiyosaki hace un buen trabajo a la hora de mostrar los parecidos y las diferencias entre los distintos cuadrantes. Particularmente brillante me resulta su taxonomía de los inversores: están los que lo despilfarran todo (inversores nulos), los endeudados, los ahorradores, los sabihondos, los largoplacistas, los sofisticados y los capitalistas. Esta clasificación ordena de menor a mayor paradigmas de inversor en función de su nivel de sofisticación y de sus ganancias potenciales: desde los inversores que se endeudan creyendo que están comenzando a construir su patrimonio –cuando en realidad trabajan para que los bancos se enriquezcan– a los que emulan a los dueños de negocios a la hora de seleccionar su cartera de activos (como Warren Buffett).

Sin embargo, no acuda a este libro buscando técnicas concretas de inversión. Aunque Kiyosaki es un multimillonario que se ha enriquecido gracias al éxito que ha obtenido en la inversión inmobiliaria, sus libros no explican cómo se invierte; se centran en el paso inmediatamente anterior. Y es que –como le gusta repetir–, antes de invertir usted ha de comprender e interiorizar las reglas del juego de su cuadrante. Los empleados, por ejemplo, suelen tener un pánico enorme y en parte irracional a perder dinero y contentarse con obtener rendimientos cuasinulos antes que correr el menor riesgo si éste puede implicar pérdida alguna.

Si tiene usted esa mentalidad, olvídese de invertir: le queda mucho camino –psicológico– por recorrer. Los ricos aprenden y mejoran a partir de sus errores; los pobres, en cambio, se repliegan y se hunden psicológicamente. Si pierde 2.000 o 10.000 euros en bolsa, plantéese cuán distinto resulta fustigarse pensando: "Horror, ¡esto no es para mí! ¡Nunca más debo cometer el error de meterme en la bolsa!" que preguntarse: "¿Qué he hecho mal? ¿Qué debo cambiar para que, cuando vuelva a invertir en bolsa, no me pase otra vez lo mismo?".

Para eso, precisamente, sirven los libros de Kiyosaki. Como dice él, el rico conjuga de maravilla los verbos ser, haber y tener. Solemos obnubilarnos con el tener (riqueza), cuando lo cierto es que éste es consecuencia del haber (habilidades como inversor o como propietario de un negocio), lo que en gran parte es fruto del ser (predisposición a y preparación para ahorrar e invertir en condiciones de riesgo e incertidumbre).

Antes de disfrutar de una segunda o tercera vivienda, preocúpese de amasar el patrimonio con que pagarla. Antes de pretender amasar ese patrimonio, preocúpese de conocer bien cómo lograr que su dinero se multiplique –por ejemplo, estudiando las técnicas del value investing–. Y antes de aprender a multiplicar su dinero asegúrese de que verdaderamente quiere multiplicarlo, es decir, asuma que ha de afrontar ciertos sacrificios y cambiar de mentalidad. En definitiva: antes de estudiar cómo volverse rico, lea a Kiyosaki.

 

ROBERT KIYOSAKI: EL CUADRANTE DEL FLUJO DE DINERO. Punto de Lectura (Madrid), 2010, 309 páginas.

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