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LA REBELIÓN DE ATLAS

¿Quién es John Galt?

El pasado martes se cumplieron cien años del nacimiento de Ayn Rand, una de las mentes más poderosas del pasado siglo. Un aniversario que ha llegado poco después de que la primera traducción sin censura de su principal obra, La rebelión de Atlas, haya llegado a las librerías españolas. La dictadura franquista cercenó parte de la primera edición en nuestro idioma; ahora la editorial bonaerense Grito Sagrado ha rescatado el texto completo, con una versión de altura sólo lastrada por el loísmo.

La rebelión de Atlas es una anti-utopía, comparable a Un mundo feliz de Aldous Huxley y a 1984 de George Orwell. Como en las otras dos novelas, publicadas respectivamente en 1932 y 1949, la novela de Rand presenta el triunfo del totalitarismo y de la negación de individuo. Rand dedicó dos grandes obras a profundizar en la filosofía individualista. Una de ellas es El Manantial, llevada poderosamente al cine por King Vidor, donde se acerca a esa filosofía desde el punto de vista del individuo. La otra es el volumen al que nos referimos; en él trata las consecuencias sociales de la antihumana filosofía totalitaria, que ahoga a la persona, su razón y su impulso, su creatividad y su orgullo por el trabajo propio en una ideología que hace de la virtud un pecado y que justifica como expresión de la máxima moralidad el esclavismo.
 
El título que originalmente había concebido la autora era The strike (la huelga), hasta que su marido, el actor Frank O’Connor, le sugirió el título definitivo. La novela describe un mundo en decadencia. Un mundo en el que la ideología colectivista ha triunfado. Una sociedad que ha sacrificado, en palabras del personaje central (John Galt), la justicia por la misericordia, la independencia por la unidad, la razón por la fe, la riqueza por la necesidad y la autoestima por la negación de uno mismo. En vista de ello se produce una huelga de los “motores principales”, de quienes aportan valor y bienes con su trabajo y con la aplicación de la razón. De los artistas, empresarios, científicos, filósofos, creadores de todo tipo, que hartos de ser expoliados en nombre del bienestar general y de valores como la igualdad y la estabilidad se retiran de un mundo que no es ya el suyo.
 
El resultado es, seguramente, la mejor descripción que se haya hecho jamás de una involución económica, en la que las complejidades de la división del trabajo se van abandonando paulatinamente; incluso se llega a retroceder en el uso de métodos productivos avanzados, que son sustituidos por otros más primitivos. Se llega a dar el caso, como ocurría en la antigua China, en que los escasos inventos de valor se abandonan, y no son, por tanto, aplicados a la industria.
 
Cartel con la efigie de Ayn Rand.Un elemento original de la novela que nos ocupa, y que la separa tanto de Un mundo feliz como de 1984, es que los héroes randianos crean su propio espacio; en este caso, una utopía capitalista que tiene al dólar como símbolo.
 
La rebelión de Atlas tiene pasajes absolutamente memorables; son aquellos en que se refleja la filosofía de Rand con toda la fuerza que atesoraba ésta. Así, por ejemplo, nos encontramos con un excelso discurso del industrial Francisco D’Aconia, para quien el dinero “es la forma material del principio según el cual quienes desean tratar con otros deben hacerlo mediante transacciones, entregando valor por valor. No es el instrumento de los pordioseros, que exigen llorando el producto del trabajo ajeno, ni de los saqueadores, que lo arrebatan por la fuerza; el dinero se hace sólo posible gracias a quienes lo producen”.
 
Otro pasaje especialmente valioso es aquél en que un trabajador expone el desarrollo de una fábrica donde se aplica, hasta sus últimas consecuencias, el principio “De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades”. Con la falta de rigor intelectual característica de gran parte de la izquierda, esta idea ha sido repetida en innumerables ocasiones, sin que quienes la postulan se paren a considerar qué consecuencias prácticas tendría, teniendo en cuenta la naturaleza humana. Es precisamente esto lo que hace Ayn Rand, y estoy persuadido de que nadie que lea estas páginas podrá seguir convencido de la bondad de dicho principio.
 
Como las necesidades son potencialmente infinitas, los trabajadores las multiplican ante los responsables de la fábrica, convirtiéndose de esta manera en pedigüeños de la peor especie y creando conflictos personales en los que emergen los peores sentimientos y se llega a las peores consecuencias. Para pagar estas necesidades sin fin se explota, también sin fin, a los mismos trabajadores, especialmente a los más capaces. Como el trabajo depende de la voluntad de aplicar la razón, en consonancia con la filosofía de Rand, y esta voluntad se diluye con la desaparición del vínculo entre el propio esfuerzo y la recompensa, el resultado es el desánimo, la inacción, la holgazanería.
 
Ayn Rand crea sus personajes con unos pocos golpes de cincel. No es que carezcan de matices, sino que, más incluso que en el caso de Shakespeare, cada personaje representa una idea, de modo que a lo que asiste el lector, como habrá esperado a estas alturas, es a toda una obra de filosofía. No en vano la novela está dividida en tres partes que evocan la lógica aristotélica, en la que se basa el objetivismo, nombre que Ayn Rand dio a su propio sistema filosófico: La no-contradicción, una cosa o la otra y “A” es “A”.
 
Estatua de John Galt en la Universidad de Guelph (Canadá).Estos personajes ideales, que alcanzan incluso la perfección –caso de John Galt–, llevan a la autora, quizás sin que lo advirtiera, a fallar en dos puntos de no menor importancia por lo que se refiere a la descripción del funcionamiento de una sociedad. Uno de ellos es que todos, incluso los empresarios más brillantes, nos movemos en un mundo de parcial incertidumbre que nos impide calcular o prever con certeza las consecuencias de nuestros actos o de los de los demás, ya que dependen de un conocimiento que todavía no se ha creado. Es la misma creatividad humana la que da lugar a la incertidumbre, por lo que Rand, que insiste con toda justicia en la creatividad del individuo, es traicionada aquí por su racionalismo extremo.
 
La creación de valor consiste en el alumbramiento de nuevas ideas. Pero si bien la novelista incide en la aplicación práctica de la razón, no tiene en cuenta suficientemente la infinidad del conocimiento práctico y disperso del que siempre habló Friedrich A. Hayek, y que abre la posibilidad de hacer contribuciones prácticas a todos los individuos. En La rebelión de Atlas eso queda en exclusiva para personas absolutamente extraordinarias, lo que parece dejar al individuo común en un papel secundario, incluso en parte prescindible, en el proceso social. Lo que se antoja contradictorio con una filosofía individualista, que es precisamente la que intenta fundamentar la autora. O esa es la impresión que puede uno llevarse de la novela. No es así, en realidad, ya que, fuera del desarrollo concreto de los hechos, lo que nos presenta la filósofa es un conjunto de ideas accesibles a la razón de cualquiera, y por tanto aplicables por todos.
 
Una encuesta realizada por The New York Times preguntó a los norteamericanos cuál era la obra que más había influido en sus vidas. La más citada fue la Biblia; la segunda, la novela de Ayn Rand de que venimos hablando. Pese a su carácter anti-utópico, es una celebración de la vida y de la libertad, de los derechos de la persona. Creo sinceramente que su lectura no puede dejar indiferente a nadie.
 
 
Ayn Rand, La rebelión de Atlas, Buenos Aires, Grito Sagrado, 2004, 1.113 páginas.

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