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LOS GLUCKSMANN Y LA REVOLUCIÓN DE MAYO

Subversión y totalitarismo. El legado del 68

Durante la campaña para las presidenciales francesas, Sarkozy se sacó de la manga un eslogan memorable. Había llegado la hora de "liquidar la herencia de Mayo del 68", dijo en un mitin al que asistió su partidario André Glucksmann, nuevo filósofo en los 70 y partícipe de la revolución del mayo de marras.

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Para aclarar su posición, y también para conmemorar el cuadragésimo aniversario de las jornadas de Mayo, André Glucksmann ha sacado un libro que en francés se llama Mai 68 expliqué à Nicolas Sarkozy y en español, Mayo del 68. La subversión permanente. Vale la pena intentar comprender el cambio.
 
El título español se basa en la última parte de la obra, titulada "Elogio de la subversión permanente" y firmada no por André Glucksmann, sino por su hijo, Raphaël. Y es que Mayo del 68 se compone de varias partes, llamadas "Actos" tal vez porque al final Raphaël hace un elogio de Hamlet y saca a relucir algunos ejemplos teatrales. El Acto I es una conversación entre los autores; el Segundo, un ensayo de Raphaël; el Tercero, uno de André; luego vienen un nuevo ensayo de Raphaël y, como broche final, una carta a Sarkozy.
 
Al elegir como título general el del último acto, el editor español ha subrayado uno de los aspectos de la obra. Cuando Revel visitó Estados Unidos a finales de los años 60, se quedó deslumbrado con la explosión de libertad que vio y vivió allí. Para celebrarla, escribió un libro de título un tanto absurdo pero de gran éxito: Ni Marx ni Jesús.
 
Nicolás Sarkozy.Para los Glucksmann, el potencial emancipador de las jornadas de Mayo permanece intacto. Así parece pensarlo, sobre todo, Raphaël. Según el joven ensayista, le toca a Sarkozy encarnar ese potencial y ponerlo en práctica. La última frase del libro resulta ser un eslogan de Mayo para uso presidencial: "Corre rápido, camarada presidente, el viejo mundo está detrás de ti". Resulta conmovedor, la verdad. Bastante tiene Sarkozy con ir sacando adelante sus reformas como para pedirle que levante la antorcha de la subversión permanente.
 
Claro está que lo de la "subversión permanente" viene bien para un país como España, que ha respaldado en las elecciones a un estalinista metido a permanente "subvertidor" o emancipador, o lo que sea que pretenda hacer Rodríguez Zapatero. Se entiende, por tanto, el cambio.
 
Pero, aunque se entienda, no se debe escamotear lo que el título francés significa. Más allá de la presunta inspiración sesentayochista de Sarkozy, los Glucksmann quieren denunciar cómo quienes participaron en aquellas jornadas emancipatorias y liberadoras se plegaron pronto al statu quo. Lo que empezó como subversión acabó chapoteando en la charca infecta del mitterrandismo, perpetuado en el lodazal chiraquiano. La "perpetua subversión" desembocó así en esa trama de privilegios y protecciones que han hecho de Francia uno de los países más conservadores o, mejor dicho, más inmovilistas del mundo.
 
La especulación ensayística no viene mal, pero sería interesante estudiar si las regulaciones de hoy son o no, y en qué medida, y con qué promotores, achacables al espíritu supuestamente libertario de Mayo del 68. En este aspecto, Daniel Cohn-Bendit, el famoso Dany el Rojo de las barricadas parisinas, reconvertido en mandarín perpetuo de la euroburocracia, resulta ejemplar. Bajo los adoquines, el presupuesto, cabría decir…
 
No seré yo quien niegue la realidad de la gran ruptura social y moral de los años 60, ni siquiera que bastantes de sus efectos fueron positivos. Pero atribuirla en exclusiva a los estudiantes parisinos es una broma. El propio André Glucksmann lo sugiere cuando recuerda que, más que una revolución, aquello fue una "mutación" (p. 88).
 
Los autores no dan mucha importancia, por otra parte, a la pulsión autodestructiva de aquel despliegue de narcisismo, con efectos inmediatos en los 70. Los neoconservadores de EEUU resultan más consistentes que esta singular pareja de neocons franceses. Al menos del otro lado del Atlántico se ha tratado de proponer una reconstrucción democrática de algunos de los consensos pulverizados en los 60, entre ellos el que se refería a la familia. Que sean padre e hijo quienes sigan preconizando la "subversión permanente" no deja de ser curioso.
 
Queda el núcleo del ensayo de André Glucksmann, que interpreta Mayo del 68 en clave antitotalitaria. Son las páginas más interesantes del libro, escritas con lo que los franceses llaman panache, es decir, teatralidad y gancho, con frases à la Malraux y sentencias casi pascalianas. El análisis de la relación entre violencia y Mayo del 68 también resulta atractivo, más aún desde la perspectiva española: aquí no existió nada parecido a las jornadas francesas, pero sí existió y existe el terrorismo.
 
Aun así, es dudoso que el antitotalitarismo sea lo único, ni siquiera lo principal, de lo ocurrido entonces en la capital francesa. No es casual que el recuento de los enfrentamientos posteriores del propio Glucksmann con la izquierda y la extrema izquierda francesas –es decir, con lo que quedó de esa clasificación después de la tormenta de los años 60– a cuenta de la denuncia del totalitarismo ocupe una parte importante del escrito.
 
Por eso conviene aclarar la elección de la expresión de "subversión perpetua" como título general. Queda corroborado así que buena parte de la izquierda occidental no ha hecho todavía la crítica del totalitarismo, por mucho que haya asimilado las formas emancipatorias de esa parodia de revolución, más fecunda cuanto más paródica, que fue Mayo del 68.
 
 
ANDRÉ Y RAPHAËL GLUCKSMANN: MAYO DEL 68. POR LA SUBVERSIÓN PERMANENTE. Taurus (Madrid), 2008, 245 páginas.
 
Pinche aquí para acceder a la web de JOSÉ MARÍA MARCO.
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