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EL PROFESOR EN LA TRINCHERA

Surcando el Matrix educativo

Al igual que otros análisis recientes sobre el sistema educativo español, este libro nace de la frustración. Entre tanto estudio sobre los problemas de la educación, faltaba uno que se planteara el provecho que el docente puede sacar del actual estado de cosas. El profesor en la trinchera viene a cubrir ese vacío.

José Sánchez Tortosa, profesor de Filosofía en Secundaria y Bachillerato, anima a los profesionales de la educación a reflexionar y a reivindicar el papel de la enseñanza como proceso liberador que puede "provocar la duda, el escándalo incluso, llevar al otro a ese punto en que se choca de bruces con su propia ignorancia y conducirle en el proceso del conocimiento sin poner en él nada más que la duda y la incertidumbre, que son las que le permiten avanzar". Una tarea posible, a despecho de todos los impedimentos que los maestros han de superar a diario.
 
A través del recurso a su propia experiencia y a la de sus colegas, Tortosa realiza un certero diagnóstico de la situación de la Enseñanza Media en España e invita a los maestros a perseverar en su empeño recordando algunas verdades que, tal vez, el desastre académico actual y una legislación carente del más mínimo realismo han hecho olvidar a algunos. Haciendo un uso cabal de analogías con la película Matrix, Tortosa derriba los mitos de la supuesta libertad de los alumnos y de la espontaneidad infantil, "que no es hipócrita, pero tampoco libre".
 
En efecto, las aulas son y serán siempre una suerte de batalla en la que los profesores deben hacer ver a sus alumnos que la restricción de libertad que implica la escuela guarda la promesa de una emancipación basada en la superación de las limitaciones creadas por algunas características innatas. Es aquí donde reside el igualitarismo de la escuela, y no en la falsa nivelación que propugna la pedagogía que inspira nuestra legislación educativa.
 
Miedo a la soledad y a la diferencia, renuncia a la asunción de la madurez y ciega acomodación a las modas y al grupo son las mayores dificultades a que se enfrentan los adolescentes españoles. Unos inconvenientes cuyas causas el profesor debe conocer si es que pretende cumplir con su tarea, consistente no en sacar a los estudiantes de su ignorancia, sino en ayudarles a descubrir, mediante el artificio de la educación ("El hombre es por naturaleza un ser artificial, o dicho de otro modo, que está programado genéticamente para el artificio"), esa capacidad para hacer las cosas por ellos mismos y luchar contra la tendencia natural a la pereza nutrida de estímulos externos, "que cada vez adquiere más fuerza".
 
Sirviéndose de varios ejemplos prácticos de conductas que tal vez los profesores pasen por alto o achaquen superficialmente a la mera "falta de educación" de los niños, Tortosa nos descubre los mecanismos que dificultan el aprovechamiento de las clases por parte de los alumnos y ofrece algunos consejos útiles, que presenta no como panacea ni al modo de los manuales de autoayuda, sino como pistas para quien quiera basar su método de enseñanza en la naturaleza del receptor y no en los prejuicios del emisor. Nos guste o no la realidad actual, el bien del alumno y sobre todo el del profesor exige afrontarla tal y como es, pues de otra forma el docente no estará contribuyendo a mejorarla, sino a que todo siga igual.
 
Ha de resistirse la tentación de proporcionar las respuestas a los problemas planteados al alumno. Las "donaciones desinteresadas de datos" suministradas "para que el niño se calle" no son conocimiento. El autor parece sugerir que al actuar así el profesor se deja llevar por las circunstancias y, en cierta forma, se convierte en cómplice involuntario de lo que denuncia. Por otra parte, la "reconquista" del silencio y de la autoridad requiere energía y tiempo. Esto no es nuevo, siempre fue así. Que en estos momentos los profesores posean menos armas que antes para conseguirlo no debería hacerles pensar que, por alguna razón, los estudiantes de ahora poseen una naturaleza diferente a los de antes. El silencio es una "anomalía" que el profesor debe ayudar al alumno a valorar, teniendo en cuenta que la enseñanza no tiene por qué dejar de ser un juego, aunque sus reglas vayan mudando. En particular, la regla del paso de curso sin estudiar hace que el juego pierda interés y deje de merecer la pena para los alumnos.
 
Además de entender esto, es decir, que los estudiantes no son ni peores ni mejores hoy que ayer, sino que responden de forma coherente a las variables ambientales e institucionales, los profesores deben buscar otros recursos que les permitan contrarrestar las dificultades. Uno de los fragmentos más brillantes del libro, titulado "Educación por contagio", recuerda la capacidad del docente para suscitar el interés a partir de su propio entusiasmo y de la destreza en el manejo de una serie de técnicas de comunicación imprescindibles en nuestro días. De nuevo, Tortosa insiste en que sólo el realismo puede conducir al éxito. Un realismo que asimismo aplica a la hora de denunciar la conversión del maestro en "una especie de policía o guarda jurado antes que fuente de conocimiento".
 
No obstante, el docente es ante todo un actor, incluso un bufón que debe esforzarse por ocultar sus avatares personales y sus sentimientos: "Lo peor no es que hoy el profesor sea un bufón, objeto de la mofa de los alumnos. Lo peor es que es un bufón al que la mayor parte de su público no hace el menor caso".
 
Otro de los malentendidos que el profesor debe desterrar es eso de pensar que representa un modelo para el alumno. Tal vez lo fuera en otros tiempos, pero ya no, y pretenderlo constituye un error de consecuencias trágicas. Más bien, el profesor actual es el Hombre Invisible, un superhéroe frustrado por su incapacidad para hacerse oír que no debe, sin embargo, convertirse en lo que no es (padre, hermano, amigo) para conseguir esta atención que precisa: atajos de este tipo propician la confusión y a la larga demoran el aprendizaje.
 
¿Qué hacer, pues, ante este aparente dilema? En primer lugar, ser consciente de que los jóvenes de hoy padecen, en general, "una incapacidad bastante extendida para distinguir entre contextos y espacios diferentes que exigen conductas diferentes". Esto no es un asunto que deba ser objeto de nuestro juicio –que, nos guste o no, es lo de menos–, sino de una actuación eficaz basada en el conocimiento de los efectos que fenómenos como la televisión provocan en la conducta del adolescente.
 
La cuestión es, por tanto, cómo activar el egoísmo inteligente del alumno y ayudarle a alejarse de lo que el autor denomina acertadamente idiotez egoísta, esa "obsesión de lo propio (...) que entorpece y obstaculiza el desarrollo de lo racional". Que las respuestas a este problema, expuesto por medio de varios ejemplos derivados de la multiculturalidad (que existe, y punto; otra cosa es que el Estado renuncie de forma equivocada a su papel arbitral y la fomente), no sean fáciles no significa renunciar a hacerse esa pregunta y a ensayar distintas técnicas, dada la inutilidad de los cursos de formación pedagógica impartidos por las administraciones públicas.
 
Al final, todo se reduce a una cuestión de libertad y responsabilidad, como la que asalta continuamente a Peter Parker, es decir, a Spiderman, tentado siempre a renunciar a la responsabilidad que va unida a su poder, igual que el adolescente que evita afrontar los resultados de su comportamiento y "renuncia al ejercicio de su libertad cuando ésta ha sido ya ejercida en una sola de sus dos caras".
 
Ser profesor no es tarea fácil, pero tampoco es fácil ser alumno. Comprender el origen de los falsos dilemas de éste es un paso imprescindible para poder indicarle una salida adecuada.
 
Y a todo esto, ¿quién educa a los padres? ¿Quién es el valiente que apaga la tele o, peor aún, que no la enciende? Eso es lo primero que los padres deberían enseñar a sus hijos, a apagar la tele. ¿O por qué no obligarlos a ver los programas más aburridos, para que acaben odiando el medio? Piénselo.
 
Si embargo, no todo se reduce a esto. Por desgracia, la labor del profesor está siendo continuamente dinamitada por los padres, convertidos en "aliados del enemigo". Otra propuesta provocadora para el sobreprotector papá moderno, que por muy fresco que parezca es a veces peor que el de antes:
Los padres deben aprender a vencer la resistencia que el temor a pensar y conocer por uno mismo presenta y dejar que sus hijos se conviertan en adultos por sí solos, en lugar de perpetuarlos en una falsa infancia, impuesta y disfrazada de una mayoría de edad torpe, irresponsable y exclusiva para los fines de semana.
En definitiva, Sánchez Tortosa –cuyo enfoque, una combinación de acervo clásico y análisis de la cultura popular espero siga cultivando y anime investigaciones posteriores (el potencial de este método se me antoja casi inagotable; a buen seguro muchos lectores tendrán que realizar grandes esfuerzos para no llenar los márgenes del libro con sus propias notas o salir disparados al vídeoclub. Háganlo)– consigue trascender el pesimismo actual y transformar la esterilidad de algunas críticas nostálgicas en una propuesta realista para los que todavía no hayan perdido la esperanza. Y si así fuera, este libro es la mejor herramienta para recuperarla. Valentía, perseverancia y amplitud de miras, justo las aptitudes que debemos fomentar en el alumno y que son precisamente las que tal vez convendría que los profesores recuperaran para ellos mismos.
 
Y ni que decir tiene, también la modestia:
(...) la enseñanza es inútil en cierto sentido, porque su esencia no es la utilidad, sino la posibilidad de liberar conocimientos, de forjar libertad (...) Cuando el niño ya es adulto queda fuera de la zona de influencia del profesor, ha pasado de largo y el profesor se queda en el espejismo de perdurar más allá de los que tienen la poca delicadeza de hacerse mayores (...) El proceso de enseñanza se mutre de la tradición teórica y cultural de cada momento y se tensa hacia el futuro individual y social, pero su valor más auténtico se ancla en el presente.  
A veces la mayor utilidad de las películas de superhéroes no reside en lo que el héroe es capaz de hacer, sino en lo que no, y en cómo consigue adaptarse a la realidad para proseguir su lucha. Las derrotas son casi igual que las victorias, siempre relativas.
 
 
JOSÉ SÁNCHEZ TORTOSA: EL PROFESOR EN LA TRINCHERA. La Esfera de los Libros (Madrid), 2008, 176 páginas.
 
ANTONIO GOLMAR, politólogo y miembro del Instituto Juan de Mariana

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