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THE ROAD TO WOODSTOCK

Todos los caminos conducen a la granja de Max Yasgur

El verano llega a su fin y se lleva la estela del cuadragésimo aniversario de Woodstock. Para quienes vivieron los tres días de agosto de 1969 que hicieron historia, ha sido un año de revival nostálgico, y en las librerías proliferan las obras que desempolvan los borrosos recuerdos de un evento musical que desbordó todas las predicciones. El chiste recurrente que ilustra lo que aconteció en la finca del granjero Max Yasgur, situada en el estado de Nueva York, es: si se tiene memoria de lo que ocurrió aquel fin de semana, entonces es que no se estuvo allí.

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Pero bueno: se sabe –y hay constancia de ello en el magnífico documental Woodstock (1970)– que unos 400.000 jóvenes bailaron y escucharon música durante tres días y tres noches poseídos por el influjo de drogas sicodélicas.

A pesar de la resaca y los excesos con estupefacientes peligrosos como la heroína y el mezcal, los supervivientes de la Era de Acuario evocan con esta conmemoración un episodio mítico en la memoria colectiva de los baby boomers, hoy melancólicos sexagenarios con residuos de marcha en el cuerpo. Precisamente Michael Lang, el artífice que dio origen al proyecto de Woodstock, ha escrito (junto a la periodista Holly George-Warren) unas memorias que rescatan el lado soñador de una aventura inicialmente concebida con afán de lucro. En The Road to Woodstock Lang, quien desde entonces se ha dedicado a la producción artística, relata a modo de diario, junto con las impresiones de quienes colaboraron con él, cómo se gestó un concierto que en un principio sólo pretendía ser un encuentro musical en un entorno bucólico apto para hippies amantes de los rigores de la naturaleza.

Se trata de un libro de fácil lectura porque el autor no finge pretensiones literarias de altura, sino que cuenta sencillamente y con ecos ingenuos propios de un flower child los obstáculos y vicisitudes que enfrentó su entourage para llevar a cabo el festival: la desconfianza de los habitantes de Bethel ante la invasión de unos jóvenes con vestimenta estrafalaria y afición por la marihuana; la falta de apoyo por parte de las autoridades y los malos augurios de una prensa que vaticinaba un desastre de grandes dimensiones; las gestiones a contrarreloj para pagar a The Who, Jefferson Airplane o Crosby, Stills, Nash and Young; la complicada logística que requería reunir a una multitud que iba a convivir a la intemperie durante 72 horas... Woodstock fue una mezcla de inventiva, arrojo, imprudencia, camaradería y buena suerte. Apasionado del jazz y del rock desde sus años adolescentes en Brooklyn, Lang fue, de algún modo, pionero de los conciertos concebidos como elaborados happenings. Y aunque le atraía el lema de "Haz el amor y no la guerra", su propósito era generar ingresos cobrando la entrada al festival. Otra cosa bien distinta fue lo que ocurrió cuando las carreteras comenzaron a colapsar por la interminable caravana de chicos y chicas que, seducidos por el flautista de Woodstock, no querían perderse el maratón de sexo, drogas y rock & roll durante un fin de semana mágico.

Los promotores de aquella feria no podían imaginar las consecuencias de una acampada que llegó a parecer un ejército de ocupación. Tampoco sospecharon que llovería incesantemente y que el campo se transformaría en un inmenso lodazal con las vallas derribadas, los baños portátiles inutilizados, escasez de alimentos y sin casetas para la venta de boletos. Ante semejante marabunta humana, Lang y sus socios tuvieron que renunciar a sus afanes capitalistas y se vieron obligados a ofrecer un concierto gratis, en el que actuaron figuras que poco después serían legendarias: Jimi Hendrix, Janis Joplin, Carlos Santana, o Joe Cocker entonando "Just like a woman".

Fueron tres jornadas intensas, vibrantes y cargadas de anécdotas agridulces: el concierto debía comenzar a la una de la tarde del viernes, pero para entonces muchos de los artistas no habían llegado por los monumentales atascos. Enfrentados a un público impaciente que se multiplicaba por minutos, pidieron al cantante folk Richie Havens que abriera el acto, y éste caldeó el ambiente con un número improvisado. Mientras los muchachos danzaban bajo la lluvia, Janis Joplin se pinchaba heroína por los rincones antes de tomar aliento para alzar su voz desgarrada. Pete Townshend, el guitarrista de The Who, propinó un empujón al activista radical Abbie Hoffman para impedir que lanzara una arenga política desde el escenario. Temeroso de que el público se electrocutara por el contacto del cableado con el agua, uno de los organizadores juró suicidarse si aquello desembocaba en tragedia.

Para sorpresa de casi todo el país y alivio de muchos padres, el lunes 17 de agosto el Festival de Woodstock concluyó sin un muerto o un altercado fatídico. Inspirado por los paraísos artificiales, Jimi Hendrix cerró el espectáculo con una prolongada jam session que supo a gloria a aquellas huestes empapadas y hambrientas, que dejaron la explanada como una zona de catástrofe tras el paso de Atila y su ejército.

Cuarenta años después, Michael Lang se ha tenido que conformar con un libro, al no conseguir sponsors dispuestos a invertir en otro megaconcierto. De toda la fotogénica y colorida parafernalia que dejó el movimiento hippy, hoy quedan los souvenirs, los CD coleccionables, los tours a Woodstock, una película mediocre de Ang Lee (Taking Woodstock) y un puñado de testimonios sentimentales de quienes estuvieron allí.

Dentro de 10 años, el aniversario de Woodstock se habrá difuminado aún más en las nubes del tiempo. Para entonces, aquellos hombres y mujeres que se desmelenaron un fin de semana de agosto del 69 estarán instalados en la ancianidad. Pero en la finca del granjero Max Yasgur se sintieron eternamente jóvenes. Han vivido para contarlo.


MICHAEL LANG: THE ROAD TO WOODSTOCK. Harper Collins, 2009, 320 páginas.
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